Christian Bale, antes de decidirse a ser Batman, con Michael Caine como Alfred
mayordomo en «Batman inicia», de Christopher Nolan.
«Batman inicia» («Batman Begins», EE.UU., 2005; habl. en inglés. Dir.: C. Nolan. Int.: C. Bale, M. Caine, M. Freeman, K. Holmes, G. Oldman, L. Neeson.
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En el pasado, entender a los superhéroes no era tarea de cineastas sino de semiólogos e historiadores. Todo era más claro: Bob Kane dibujaba a Batman y Umberto Eco lo explicaba. Hoy, si algo tiene de original este «Batman inicia» (aunque en la acepción menos laudatoria del calificativo) es la inversión de los términos: más que por un fan de la historieta, esta película parece rodada por un científico. Es tal la obsesión del director y guionista Christopher Nolan (autor de aquel sublime rompecabezas «Memento») por disecar y explicar la psicología del héroe, que al final queda muy poco del héroe.
En su afán por reinterpretar y justificar cada uno de los rasgos y atributos de Batman, por la «construcción del personaje», Nolan deja de lado un detalle no poco importante: el origen mítico del héroe, base de todas las leyendas, incluyendo por supuesto a las fantasías más populares del siglo XX, las de los superhéroes de comics. Para decirlo de una manera que hoy parece estar muy de moda, esta es una película que «humaniza» demasiado a su protagonista. Nolan tiene a su favor el hecho de que Batman no vuele, porque de ser así se quedaría sin instrumentos analíticos verosímiles para dar cuenta de esa violación a la ley de gravedad. Así, reconstruye paso a paso la transición de Bruce Wayne a Batman como si filmara la mutación de una larva en mariposa. Quizá sea fiel su crónica, pero paga esa fidelidad con falta de humor, de emoción, de diversión.
Todo es grave y trascendente, al punto tal de que la primera escena de acción auténtica recién ocurre a la hora exacta de iniciada la película, que dura dos horas veinte. Sólo allí parece acordarse Nolan de que su tarea era filmar un comic, aunque más tarde vuelva a traicionarse con algunos diálogos entre el protagonista y su amiga de la infancia, la fiscal Dawes (Katie Holmes), que se parecen a Liv Ullman con Erland Josephson en un film de Bergman.
De niño, Bruce cayó en un aljibe repleto de murciélagos, de donde es rescatado con una profunda fobia a ellos. La cura le exigirá más de una sesión porque además, por la aparición de otro murciélago (en este caso, escénico), obliga a salir antes del teatro a los padres, y en la calle un asaltante los mata. Culpa y fobia, demasiado para un superhéroe. Entonces se traslada al Tibet, como Ronald Colman, y allá un maestro ( interpretado por un Liam Neeson más solemne que en «Cruzada») intentará infundirle el arte del coraje. EL futuro Hombre-Murciélago (al que encarna Christian Bale, que parece seguir actuando en «Psicópata americano») tiene dos aliados incondicionales, el fiel mayordomo Alfred (Michael Caine, lo mejor de la película) y Lucius Fox (Morgan Freeman), ingeniero subterráneo de la Wayne Enterprises.
Entre ambos, que funcionan como padres, psicoanalistas y proveedores de material y vestuario simultáneamente, lo ayudarán a dar el salto final al heroísmo (hasta parece incorrecto hablar de superheroísmo en esta adaptación, tan distante de la de Tim Burton y mucho más de la irrepetible versión «pop» de los '60).
Los 150 millones de dólares que costó esta película están puestos en un diseño de producción tan espectacular como exterior y frío ( sería injusto no reconocer la excelencia del concepto visual. aunque persiste la duda acerca de si es lo más apropiado para esta historia). La Ciudad Gótica de Nolan es una mezcla de «Metrópolis» con «Blade Runner», futurismo, miseria y crimen. Transporte aéreo sobre rieles por razones de seguridad, ya que abajo habitan los neo-cartoneros y los matones. Una mezcla de ambos fue el que terminó con la vida de sus padres, y la escena de su juicio se parece demasiado al asesinato de Lee Harvey Oswald.
No espere tampoco el fan encontrarse con alguno de los villanos tradicionales (sólo se promete, en el final, la aparición del Guasón para la próxima secuela). En esta versión comparecen Tom Wilkinson dándole el toque de Little Italy y Don Corleone a la historia, y el psicólogo Jonathan Crane que, después, asume la identidad del Espantapájaros ( paradójicamente, como su personaje es el más «historietístico» de la película, parece desubicado, porque aquí hay poco de comic y mucho de dramatic).
Cuando Batman se decide finalmente a actuar, luego de explicar por qué la necesidad de asumir un disfraz como elemento simbólico, de emplear al murciélago como logo contrafóbico, etc., un policía negro de la seccional de Gordon (al famoso «comisionado» lo interpreta un otra vez irreconocible Gary Oldman) exclama: «Pero al final, ¿quién es este tipo? Un ridículo encapuchado?» Esta versión, que tanto esfuerzo demuestra por convertir a la historieta en digno material para gente ilustrada, tal vez no piense algo muy distinto de su protagonista.
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