Los abstractos y delicados juegos con la luz y el espacio de
Gego (alemana que se inició y desarrolló artísticamente en
Venezuela) están muy lejos del estereotipo folklórico con que
suele verse el arte latinoamericano en Europa y EE.UU.
La semana pasada se inauguró en el Malba «Gego, entre la transparencia y lo invisible», una de las muestras más importantes que llegarán del exterior este año. La exposición, organizada por el poderoso Museo Fine Arts de Houston viene de la mano de su curadora, la puertorriqueña Mari Carmen Ramírez, que encabeza el ambicioso proyecto de crear en Texas el mayor centro de arte latinoamericano de EE.UU. y Europa. El arribo de las alrededor de 100 obras de Gego inicia el acuerdo que firmó el Malba, dueño hasta hoy de la mayor colección pública de arte latinoamericano del mundo, con el Museo de Houston para intercambio de muestras. Buen acuerdo, ya que con un patrimonio de 40.000 obras y un presupuesto operativo de más de 32 millones de dólares, el museo texano es el tercero en importancia de EE.UU..
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Empeñada en demostrar que el arte de Latinoamérica estuvo hasta ayer injustamente excluido de la historia que se escribió en el Norte, Ramírez ha sustentando sus teorías con elocuente solvencia desde hace casi dos décadas en conferencias, escritos y muestras. Ahora cosecha sus logros: nadie discute este concepto. La sutil e inteligente obra de Gego ( Gertrud Luise Goldschmidt, 1912-1994), arquitecta y diseñadora industrial nacida en Hamburgo y radicada Caracas en 1939, donde recién a los 40 años se inicia en el arte, calza como un guante en su discurso. En primer lugar, porque si bien Gego padece el exilio debido a la persecución Nazi, Ramírez destaca que el arte latinoamericano se produce en el desfavorable contexto de dictaduras frecuentes, en medio de la seguidilla sin fin de problemas políticos, económicos y sociales (cuestiones que tocan la fibra sensible de los países ricos).
En segundo lugar, porque las transparencias de Gego, sus abstractos y delicados juegos con la luz y el espacio, se alejan del estereotipo folklórico y el exotismo, cualidades que con una mirada reduccionista suelen considerarse (sobre todo en Europa y EE.UU.), paradigmas del arte latinoamericano. En todo caso, el conceptualismo y el arte políticamente comprometido son las vertientes que Ramírez privilegió en la muestra «Cantos paralelos», que en 1999 dedicó a Argentina ( Benedit, Distéfano, Ferrari, Grippo, Heredia, Santantonín, Suárez, De la Vega), y en las posteriores «Heterotopías» y «Utopías invertidas», dos revisiones críticas de las vanguardias latinoamericanas que excluyen surrealistas como Matta o Frida Kahlo.
En la muestra del Malba, la primera de Gego en el país, predominan acuarelas, tintas, dibujos al lápiz, monotipos y litografías, antes que las construcciones espaciales realizadas con alambres que la hicieron famosa. Pero el relato de la insistente búsqueda de la transparencia a través de las obras sobre papel resulta atrapante, por la dificultad que impone el medio a este tipo de expresión. Luego, las «Líneas», « Esferas» y «Chorros» tridimensionales realizados con alambres a partir de los años '60, los maravillosos «Dibujos sin papel», y las tramas tejidas en los '80 y '90, alcanzan para percibir el estilo inconfundible de sus dibujos espaciales.
Según Ramírez, Gego era tímida por naturaleza, hablaba poco de una obra que comparte esa condición recatada, y que sugiere más de lo que dice. La fuerza de los dibujos espaciales está potenciada sin embargo por el uso de la sombra, cuya proyección pasa a ser un elemento constitutivo de la obra junto con la luz que traspasa el vacío. Así, oscilando entre «lo invisible» y lo real, Gego genera fascinantes fantasías que van desde las pulcras y ordenadas retículas hasta la fragilidad de la línea crispada; del sosiego al nerviosismo, de los juguetones arabescos a la tensión generada por nudos de alambre. En cierto modo, el conjunto de la obra puede verse como un extenso registro de estados emotivos. La artista sostiene en uno de sus textos: «No sé de dónde viene el resultado de mi trabajo; yo sé que se origina con mis manos, mis ojos y mi emoción.»
Finalmente, enigmática e introspectiva, la sensible Gego invita a una contemplación prolongada, a sumergirse en un mundo poético y extraño que induce al recuerdo de Lévi Strauss, cuando dice que el arte es una forma sintética del universo, un microcosmos que reproduce su especificidad.
Vale la pena destacar el montaje de Gustavo Vázquez Ocampo, que se apropia del método de Gego y separa los dibujos de las paredes para proyectar su sombra. La iluminaciónde Alejandro Vautier subraya con la luz los dramáticos efectos de la sombra, le otorga un protagonismo que en ocasiones compite con el objeto.
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