La representación, dirigida a los niños, es exquisita. El cuidado que se ha puesto en cuidar hasta los más mínimos detalles de la ropa, las maquinarias que manejan a los ruiseñores, la hermosa y variada escenografía, constituyen algunos de sus méritos. Así como también la acertada adaptación que cumple a la par un rol didáctico, al permitirle a la directora incorporar al autor como relator que ilustra sobre aspectos de la obra y de su vida.
Los personajes están adecuadamente perfilados. El jardinero-poeta que ama a sus flores es modesto dentro de su orgullo, el emperador no carece de una veta sensible, aunque no sea muy inteligente, el ambicioso mayordomo imperial es una versión de Harpagón a la china, que ama sus monedas de oro, y la inocente muchachita a la que siguen las mariposas es gentil y dulce.
Una comicidad refinada y efectiva provoca la risa de los espectadores que, como siempre sucede (afortunadamente) en estos espectáculos destinados a los niños, toman decidido partido por «los buenos», interviniendo para despistar al astuto mayordomo e inclinando la balanza a favor de los inocentes.
La visita al jardín, en el que todas las flores celebran su goce haciendo sonar las campanitas, es una delicia adicional.
Todo está cuidado. La excelente música interpretada en vivo por
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