"Bergman, no hace tanto, era popular como Brad Pitt"

Espectáculos

(25/04/2001) De ojos claros, vivaces, Volker Schlöndorff (ganador del Oscar en 1979 por «El tambor») presenta en el Festival de Buenos Aires comandado por Jorge Telerman su último film, «La leyenda de Rita» («Der Stille nach dem Schuss», literalmente « El silencio después del disparo»). El film se basa en la vida de una terrorista occidental refugiada en Alemania Oriental. Dialogamos con el realizador:
Volker Schlöndorff: Mientras corría esta mañana vi la grúa que hay como monumento en Puerto Madero. ¡Es de la RDA! Allí está escrito Fábrica Propiedad del Pueblo Alemán. Me causó una especie de orgullo. Aunque sus máquinas eran del tiempo de Bismark, o de los '20, ellos eran el 15° país productor a nivel mundial. Pero de un día para otro sus mercados tradicionales de Europa del Este se vinieron abajo, y ellos también.

«Hace dos semanas», continúa el director «filmé en Ucrania un documental sobre los chicos de la calle que viven entre tubos de calefacción. Son miles, y me dicen que en Mongolia y otros países ex comunistas pasa lo mismo. Me impresionó ver el subterráneo de Kiev, esos mármoles, vieja gloria del socialismo («nuestros transportes públicos son como palacios»), ahora sucios, llenos de parias y vagabundos. En esos países la transición abrupta de un tipo de economía a otra fue demasiado traumática. En Alemania también se hizo con mucha injusticia, pero al menos nadie se muere de hambre, como esos viejos ucranios, que están todo el día con tres cebollas en la mano, tratando de venderlas. Pensar que mandaron un hombre al espacio. «¡Eramos alguien!», me decían los viejos.

Periodista: ¿Y quién era Rita?

V.S.: Al final de la película puse una frase de Goethe, «Todo fue así, pero nada fue exactamente así». Si éste fuera un film norteamericano, al comienzo diría «A True Story». Yo desconfío de esos avisos declamatorios, enseguida pienso «Es todo falso». Pero esta historia fue así. Sólo cambiamos algunos nombres y sintetizamos caracteres, pero casi todos los diálogos son auténticos, tal como me los contaron sus protagonistas y testigos. Esto me tocó: ¿por qué la RDA, obsesionada por el orden y el respeto internacional, protegió a esos terroristas? No ganaba nada con ellos, al contrario.

Pero alguna gente de Seguridad (viejos que lucharon desde la Guerra Civil Española en adelante, o policías que querían
«imponer la felicidad») los veían como jóvenes románticos. La propia RDA nació como un Estado pacifista, antinazi, y pronto pasó a ser una baraja más en el juego stalinista, pero aún hoy algunos orientales sinceramente piensan que han sido «la Alemania pobre, pero la mejor». Fueron cuarenta años. La mentalidad no se cambia como cambia un gobierno, aunque hoy todos vayan al shopping. La semana pasada discutía esto con John Le Carré, que escribió en Bonn su primera novela, «Una pequeña ciudad en Alemania»: lo patético, decíamos, es que ellos se tomaban en serio. Por eso creo que no es tanto una película sobre el terrorismo, sino sobre dos Alemanias.

Debate

P.: ¿Cómo analiza sus propias películas agitadoras de los '70?

V.S.: No las analizo, las amo. Celebro haber filmado entonces, cuando el cine, la sociedad, y la política integraban un único gran debate. «El honor perdido de Katharine Blum» estaba en el centro de la polémica nacional. Ahora queda como testimonio, igual que «Los años de plomo», de Margarethe von Trotta. Desafortunadamente se ven poco. En cambio, por cable lo pasan dando las películas que hice en Norteamérica, como «La muerte de un viajante», o «Palmetto», que es divertida pero mala, pero al menos el millón que gané ahí me permitió hacer «...Rita». Pero son películas que hice para trabajar, para seguir en el maratón.

P.: ¿Cómo es eso?

V.S.:
Cuando era asistente de «¡Viva María!», e iba a debutar con «Nido de escorpiones» («Der Jünge Torless»), el director Louis Malle me dijo: «¿Querés trabajar como director? Esto es como un maratón de 40 años, así que tomá aliento». Fue a mitad de los '60, qué lindo tiempo, cuando Bergman, Buñuel y Fellini eran tan populares como ahora es Brad Pitt. Hoy los jóvenes estudiantes sólo admiran el cine americano, pero ignoran quién fue John Ford. No quieren tomar los grandes modelos. Yo les digo «La vara está muy arriba, pero hay que saltarla, no pasarla por abajo». Pero ellos no tienen ambición de inscribirse en la historia del cine. Están con el clima general, que recompensa la mediocridad.

P.: ¿Qué quedó de aquellos tiempos?

V.S.: En el plano político hay algo interesante: en el gobierno alemán está la generación del '68 y después. Hace, según creo, un trabajo bueno, nada excepcional, pero tampoco como para avergonzarse. Sin embargo (igual que en «La leyenda de Rita»), estamos al final de la utopía. Todos fallaron. ¿Qué queda? ¿Aceptar el mundo como es? ¿O la gente necesita siempre una utopía? ¿Cuál será la próxima?

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