En «Bridget Jones al borde de la razón», Renée Zellweger vuelve a mostrar su entrega en el mismo papel con el que cautivó hace tres años, pero ahora convertido en una caricatura.
«Bridget Jones, al borde de la razón» (Bridget Jones: The Edge of Reason, 2004, G.Bretaña-EE.UU., habl. en inglés). Dir.: B. Kidrom. Guión: A. Davies sobre libro de J. Fielding. Int.: R. Zellweger, C. Firth, H. Grant, G. Jones y elenco.
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La secuela de uno de los mayores éxitos cómico-románticos de los últimos años se basa en otro best-seller de Helen Fielding, la autora del original, y tiene el mismo elenco encabezado por Renée Zellwegger, Colin Firth y Hugh Grant. Pero, ay, cambió la directora. Sharon Maguire fue sustituida por la rutinaria Beeban Kidron, de quien lo mejor que puede decirse es que se precisaba mucho talento para darle vuelo al argumento de esta segunda parte.
Lo que tenía de sutil el primer film, en éste se vuelve chirriante. Bridget (la treintañera excedida en kilos, entre otros excesos, decidida a solucionar su soltería a como dé lugar) era neurótica, pero ahora parece haber perdido redondamente la cabeza. La convirtieron en una caricatura que justifica, por una vez, el título local que traduce como «al borde de la razón» lo que en el de origen es «la edad de la razón».
Entre los méritos de la primera Bridget Jones se contaban, sobre todo, su humor inteligente y la posibilidad de identificarse con los personajes, empezando por la protagonista, un ser creíble, con conflictos reales. Por eso, para disfrutar de este alegre disparate, conviene olvidar el original. La secuela se inicia con Bridget (nueva muestra de la entrega absoluta de Renée Zellweger a su trabajo) tirándose en paracaídas sin saber hacerlo, para exhibir, al cabo, su enorme trasero embadurnado con excrementos de chancho. Y ése es sólo el principio.
Aunque ella sólo vive para el amor, que encontró al fin, en brazos del estructurado Mark ( Colin Firth), en un brote paranoico lo abandona igual, no sin antes hacerle pasar por los mayores papelones posibles. Luego reaparece su antiguo jefe (Hugh Grant), el mismo canalla de siempre, con quien emprende un improbable viaje laboral a Tailandia, que a ella la lleva a prisión acusada de narcotráfico y al espectador a algo parecido a la vergüenza ajena. Ni hablar de la súbita escena lésbica que viene a «aclarar» el malentendido que alejó a Bridget de Mark.
Pese a todo, gracias al buen trabajo de los actores (Hugh Grant sigue tan sorprendentemente gracioso como en el original, lástima que acá tiene un papel más chico) y algunos de los bochornos que protagoniza Bridget, la película hace reír. El final indicaría que ya no hay chance para otra aventura de Bridget Jones, pero nunca se sabe. Tal vez en dibujos animados...
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