El violinista dio una muestra soberbia de su talento, lo mismo
que los demás integrantes del Zukerman Chamber Players,
en especial, la cellista Amanda Forsyth.
Pinchas Zukerman. Con el Zukerman Chamber Players. Obras de Kodaly, Mozart y Dvorák. (Templo de la Comunidad Amijai).
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El Templo de la Comunidad Amijai, uno de los nuevos centros de irradiación artística en nuestro medio, trajo al violinista Pinchas Zukerman. Un concierto extraordinario y otro encuadrado dentro del abono «Grandes Virtuosos del Violín» fueron los dos encuentros del público con uno de los máximos artistas del violín de la actualidad.
El primero de ellos se inició con los tres movimientos del «Dúo para violín y violoncello, Op. 7», de Zoltan Kodaly. Obra de sólida estructura clásica, de lenguaje sintético que ensambla el academicismo con el folklore húngaro con cierto sabor rústico proveniente de las formas populares, es una muestra del arte peculiar del músico que es sólo comparable con las creaciones de Bela Bartók, otro notable músico húngaro. Algo árida y de no fácil ejecución (ni audición), el Dúo de Kodaly se enriqueció ostensiblemente con la interpretación fogosa de Zukerman y de la cellista Amanda Forsyth. Ambos articularon lo aparentemente desordenado en una exposición sumamente expresiva en sus sonoridades cortantes y su clima emergente de los «rubati» que van a la par de los giros folklóricos que se acumulan a lo largo de toda la obra.
Un Quinteto (K. 593), de Mozart y un Quinteto (Op. 97), de Dvorák, siguieron a continuación. Además del arte superior ya demostrado por el violín de Zukerman y el cello de Forsyth, se admiraron las capacidades de Jessica Linnebach (violín) y Jethro Marks y Ashan Pillai (violas), conformando un excepcional quinteto de cámara. Si bien la voz del violín primero en manos de Zukerman deslumbró con su virtuosismo, no se quedaron atrás los otros cuatro intérpretes en un verdadero duelo de excelencia instrumental.
Los cuatro movimientos mozartianos y los cuatro del cuarteto de Dvorák se oyeron con toda la energía técnica y la sabia expresividad que merecen como obras maestras camarísticas que son. Zukerman dio una muestra soberbia de su talento en los tramos finales de Dvorák (Allegro giusto), donde el músico logró de su violín sonoridades de instrumentos populares del folklore bohemio.
Los aplausos del colmado auditorio de Amijai recibieron, como bis, una brillante ejecución del segundo movimiento del Quinteto para cuerdas de Felix Mendelssohn.
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