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13 de junio 2006 - 00:00

Buenos Aires no es ya la ciudad amada por Borges

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Mañana se cumplen 20 años de la muerte de Jorge Luis Borges y entre los actos en Buenos Aires y otras ciudades del mundo, el Circulo de Bellas Artes de Madrid realizará el Congreso Borges.
Mañana se cumplen 20 años de la muerte de Jorge Luis Borges y son numerosos los actos organizados para conmemorar al gran escritor. En Buenos Aires y también, en otras ciudades, como Lisboa, Ginebra y Madrid, donde en el Círculo de Bellas Artes se llevará a cabo el Congreso Borges. El optó por morir en Ginebra, y ése es un misterio. Porque en 1921, apenas llegado de su temporada en Suiza y España, escribió: Esta ciudad que yo creí mi pasado/ Es mi porvenir, mi presente / Los años que he vivido en Europa son ilusorios / Yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires. «A comienzos del 21 regresé a la patria, hecho que fue en mi vida una gran aventura espiritual. Era algo más que un retorno: era un descubrimiento».

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Había partido a Europa a los catorce y vivió en Ginebra, Lugano, Barcelona, Granada, Murcia, Sevilla, Madrid, además de visitar Lisboa, París, Venecia, Verona. Tal vez las imágenes de esas ciudades destiñeron a las de Buenos Aires. Pero lo cierto es que la «gran aventura espiritual», el « descubrimiento» del que habla Borges, tiene que ver con la ciudad.

Borges nació el 24 de agostode 1899 en una casa de la calle Tucumán 840, en el distrito de San Nicolás, uno de los más antiguos de la capital. Dos años después, en 1901, sus padres se mudaron a una casa en la calle Serrano al 2100, que desde 1996 lleva su nombre. Era el entonces incipiente barrio de Palermo, lejano y popular, en el borde noroeste de la ciudad, que el escritor terminará por hacer suyo entre la memoria urbana y la fábula poética. Concluida la extensa temporada europea, volvió allí donde enhebró las composiciones de su primer libro, editado en 1923, «Fervor de Buenos Aires», testimonio de su descubrimiento.

Tras del segundo viaje a Europa, 1923-24, Borges y su familia abandonaron Palermo y se instalaron en el ya elegante distrito de la Recoleta, en una casa de la avenida Quintana al 200; en 1929, ocuparon un departamento en la esquina de Pueyrredón y Las Heras; una década más tarde, habitaron una casa en la calle Anchorena al 1600; pero a los tres años, en 1942, retornaron a la avenida Quintana al 200, a un departamento. Por último, en 1944, Borges y su madre se establecieron en un pequeño departamento con un amplio balcón terraza, en el sexto piso de la calle Maipú 994, frente a la Plaza San Martín, donde el escritor vivió durante más de cuarenta años, salvo el período de su matrimonio con Elsa Astete Millán (1967-70), cuando vivió en un departamento de la avenida Belgrano 1377, en el viejo barrio de Monserrat, donde se alzaba entonces la Biblioteca Nacional, que dirigió entre 1955 y 1973.

Finalmente, sabiéndose enfermo terminal, abandonó sorpresivamente Buenos Aires, en noviembre de 1985, para radicarse en Ginebra -la ciudad de su adolescencia-; allí murió el 14 de junio de 1986, al filo de los 87 años. El padre de Borges terminó ciego: la visita a Europa de 1914, que la Gran Guerra prolongó, y la de 1923, tenían por objeto la consulta y el tratamiento de Jorge Guillermo Borges con oculistas suizos. Su hijo heredó -si acaso es hereditarioeste mal. A partir de 1927, sufrió ocho operaciones de los ojos; no obstante, su vista empezó a declinar lentamente, y a fines de la década del '50 había desaparecido por completo. Desde entonces hasta su muerte, Borges dictó sus poemas, sus relatos y sus ensayos. En «Poema de los dones» (El hacedor, 1960) hizo referencia a su ceguera y a la Biblioteca Nacional («esta ciudad de libros»), que su admirado Paul Groussac dirigió entre 1885 y 1929, y donde murió, ya ciego.

Borges se opuso a vivir en la Biblioteca, como Groussac, pero utilizó su mismo despacho y el escritorio en forma de U que el antecesor se había mandado hacer para ayudarse en el paulatino deterioro de su vista.

Si Borges, a su retorno de Europa, buscó sumir en sí la ciudad, fue la ciudad la que terminó por sumir en sí a Borges: es esta la distancia -temporal y cultural- que media entre el joven poeta deslumbrado por el barrio de Palermo, y el anciano escritor guarecido en su minúscula habitación del centro de Retiro. Vivió en un limitado fragmento de Buenos Aires. Pero debemos agregar que vivió también a la ciudad eterna, ya por sus caminatas o por sus recuerdos.

Esta capital fue, hasta no hace mucho, una ciudad de Barrios autónomos, no desde el punto de vista administrativo y político sino desde lo social y cultural. La ciudad, que entre fines del siglo XIX y comienzos del XX se expandió hacia el Oeste, fue una acumulación de distritos, cada uno con su historia, sus tradiciones, sus usos y costumbres. Así era la ciudad del Borges niño y adolescente, y también así fue la del Borges joven, adulto y de principios de la vejez.

Pero hacia la década del '70, Buenos Aires inició una de sus transformaciones cíclicas, que consistió, entre otras situaciones, en la pérdida de la individualidad característica de sus barrios, que pasan a ser reliquias de un tiempo ido, estímulos de la nostalgia. Acaso el gran poeta porteño haya sido, en definitiva, el hombre que acompaño más hondamente esta desarticulación de identidadesy de pertenencias. Por eso sostuvo alguna vez: «En los sueños, no salgo nunca de Buenos Aires».

A la vuelta de Europa, quizá por contraste con las ciudades que allí había visto y en las cuales había vivido, Borges eligió el Buenos Aires de los suburbios -empezando por el de Palermo-, a los que veía como intermediarios entre el campo -la llanura, la pampa-, y la ciudad moderna y complicada, de la zona céntrica, la de su nacimiento. Imagina, por eso, una «Fundación mítica de Buenos Aires», (en su forma original, de 1926, el poema hablaba de «fundación mitológica»), no en las cercanías del Riachuelo, al Sur de la ciudad, como sucedió en 1536, sino en «una manzana entera y en mi barrio: en Palermo».

En esa ciudad eterna, que no tuvo principio humano, Borges se internó por los barrios del Oeste: Villa Urquiza, Villa Crespo, Boedo. «En las afueras están las involuntarias bellezas de Buenos Aires, que son también las únicas», dice. Pero además deambuló por el Norte: Belgrano, Saavedra, y Nuñez, sobre los límites de la ciudad. Lo atrajeron las casas humildes, los zaguanes, los patios con aljibe, los almacenes con despacho de bebidas, de muros pintados de color rosa. En 1927, Borges esbozó uno de sus grandes cuentos, « Hombre de la esquina rosada», que editara en su versión definitiva en 1935.

Con los años, sin embargo, emblematizó a los barrios del Sur (Monserrat, San Telmo, Constitución, Barracas) como paradigma urbano: «El Sur es la sustancia original de que está hecha Buenos Aires. Yo, que creí cantar a Palermo, había cantado el Sur, porque no hay un palmo de Buenos Aires que pudorosa, íntimamente, no sea sub quidam specie aeternitatis, el Sur. El Oeste es una heterogénea rapsodia de formas del Sur y formas del Norte; el Norte es símbolo imperfecto de nuestra nostalgia de Europa».

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