12 de mayo 2006 - 00:00

Camerata abrió con brillo

Camerata Bariloche. Dir.: Ross Pople. Solista: D. Nordio. Obras de Mozart, Grieg, Mendelssohn y Beethoven. (Teatro Colón.)

La apertura del ciclo Nuova Harmonia 2006 se produjo con la particicpación de la excelente Camerata Bariloche, que en esta ocasión actuó dirigida por el maestro neocelandés Ross Pople, en un programa que aunó creaciones del clasicismo y del romanticismo.

Como lo hace la Camerata habitualmente cuando desea acceder a un repertorio de mayor alcance, sumó aerófonos al núcleo de cuerdas, que en ambos casos se encuentran en las manos de algunos de los más conspicuos músicos argentinos. Al elevado nivel musical se unió la personalidad sobria y disciplinada de Pople.

En celebración del 250° aniversario de Mozart, Nuova Harmonia comenzó con la obertura de la ópera «Cosi fan tutte», en la que desde el inicio se mostró el compromiso expresivo de los músicos y director. Luego llegaría la melancolía y en dos melodías elegíacas, Op. 34, del noruego Edvard Grieg. El clima cambiaría abruptamente con la irrupción del violín solista de Domenico Nordio, un extraordinario artista italiano, ex niño prodigio y ahora uno de los más importantes violinistas de su generación.

El «Concierto para violín y orquesta, en mi menor, Op. 64», de Félix Mendelssohn fue el vehículo para la presentación del artista, que impresionó por su musicalidad y riqueza de fraseo. Las exigencias de orden virtuoso que exige la partitura fueron resueltas con sonido cálido, bien al modo latino, y una precisión absoluta en la articulación.

Pople y los músicos de la Camerata acompañaron con vuelo poético este vital concierto de Mendelssohn, uno de los más bellos de todo el repertorio. Los aplausos obligaron a un bis de Nordio, que tocó una «Allemande» de Eugene Ysaye, autor del que ha grabado recientemente las sonatas para violín solo. Una auténtica joya, muy bien mediada en un magnífico «Guarnieri del Gesú» de 1735, lo que contribuyó a que el violinista haya logrado un sonido hermoso y de gran nobleza en ambas composiciones.

La conocida pero por ello menos atractiva «Sinfonía N° 5, en do menor, Op. 67» de Beethoven cerró el concierto. Fue una versión rebosante de energía con un enmarque camarístico que no le viene mal y que quizás sea más cercano a los orígenes de esta creación. Pople con su flexibilidad y su calidad conductora ofreció una mirada renovadora, aunque esto parezca imposible para una obra tan conocida.

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