3 de septiembre 2002 - 00:00

Cautiva audaz y refinado musical

«Canciones degeneradas». Dir.: F. Luca. Coreogr.: D. Bros. Dir. mus., arreglos y teclados: G. Goldman. Int.: A. Radano, D. Bros y A. Perlusky. (Auditorio Gandhi, Corrientes 1743; viernes, sábados y lunes.)

Lo procaz y lo frívolo se entre cruzan con lo patético y lo dramático en «Canciones degeneradas», un music hall que equilibra delicadamente estas miradas antagónicas a un mundo decadente y al borde del abismo. Por eso, vale también la actualidad de la propuesta en estos días de incertidumbre y confusión.

La ironía burlona se refleja tanto en las escenas, los diálogos y las canciones que componen esta suerte de cabaret al estilo europeo, como en la intencionalidad del trío de cantantes-bailarines, encargado de diseñar a través de trazos gruesos y glamorosos una mirada anticonvencional al mundo que lo circunda.

La estructura de «Canciones degeneradas» responde a ciertos postulados de la revista musical que encadena distintos números en una sucesión inteligentemente armada que propone, además, un crescendo dramático de innegable eficacia teatral. Naturalmente, lo visual (deslumbrante a pesar de la economía de recursos) y lo auditivo (espléndidos músicos y cantantes) deben contar con la complicidad del auditorio y éste resulta cautivado.

La selección no podría haber sido más audaz: la inspiración musical y lírica de Misha Spoliansky, Frederick Hollander, Rudolph Nelson y Kurt Weill, surgida en los años '20 y '30 (también se oyen «Money», de Kander y Ebb, de 1963, y un maravilloso vals de Dmitri Shostakovich, de 1934), que se suceden según grandes núcleos temáticos: el poder del dinero, los límites del sexo y su transgresión, la estupidez de la guerra, lo fútil y lo profundo, cercados en escenas de sorprendente impacto visual.

La ambientación, la iluminación y el vestuario de Fabián Luca, asimismo hábil director del espectáculo, son esenciales para el triunfo de «Canciones degeneradas», que cuenta con la interpretación desinhibida y carismática de un trío excelente, Alejandra Radano («Chicago»), Diego Bros y Alejandra Perlusky, dúctiles para la danza, el canto y la actuación dramática.

En un show brillante en general se destacan momentos regocijantes como «Masculino-femenino»
(Spoliansky-Schiffer), con un perturbador discurso sobre las diferencias y afinidades del sexo, y todo el magnífico segmento dedicado a Weill y Brecht, de donde emerge con fuerza volcánica «La canción de la mujer del soldado». La puesta en escena recurre en algunas instancias a lo fílmico, desde la aparente ingenuidad del dibujo animado hasta la crueldad de un compilado de imágenes de las guerras y las revoluciones a lo largo del siglo que pasó, siempre con la música interpretada en vivo por siete instrumentos de impecables condiciones para el género, con la conducción de Gabriel Goldman.

Son canciones degeneradas que en realidad apuntan a despertar conmiseración por el destino del hombre.

Dejá tu comentario

Te puede interesar