26 de noviembre 2002 - 00:00

Cerró Argerich con ovaciones

Martha Argerich
Martha Argerich
El cierre del Festival Martha Argerich el sábado a la noche fue tan glorioso como insuficiente para sus adictos. Un Colón ansioso, repleto y extremadamente caluroso (en el mejor y peor de los sentidos) sabía estar asistiendo a uno de los últimos, grandes acontecimientos de esta temporada rica en cambios y sobresaltos.

El programa era inmejorable pero, para los seguidores de la Argerich (sobre todo para quienes no pudieron asistir a la apertura o a la maratón de mediados de semana), un tanto mezquino: el Triple concierto en Do Mayor de Beethoven conlleva el peligro de toda obra de fama, sobre todo cuando existen grabaciones canónicas en la memoria de cualquier melómano como la de Karajan/Rostropovich/Oistrakh/Richter.

Su ejecución fue digna y agradable, pero era imposible pasar por alto los esfuerzos del cellista Mark Drobinsky y, sobre todo, de la sufriente violinista Dora Schwarzberg, mater dolorosa de la noche, por estar a la altura de las circunstancias. Para Argerich, en cambio, fue como acariciar al piano una participación que, por mandato de la partitura, condenaría cualquier forma de virtuosismo extremo.

Fue uno de esos casos en los que el público siente que una obra le queda chica a una solista de su magnitud y, por el contrario, tensa al máximo a los restantes al punto de llevarlos a cometer algunas desafinaciones. Por fortuna, la Filarmónica conducida por Charles Dutoit sonó rotundamente beethoveniana. Dos leves incidentes ulteriores no empañaron la noche, aunque el primero estuvo a punto de hacerlo.

Al término de la obra, un fan le entregó con tan mala fortuna un ramo de rosas a la Argerich, que no solamente la ofrenda cayó al piso al primer intento sino que al siguiente le incrustó una espina en uno de los dedos de su mano izquierda. Amores que hieren. La pianista se sobrepuso, pero para tener que acallar de inmediato a otro admirador que la lastimó de una manera distinta: desde un sector alto pidió un bis gritando, con diplomacia nula, « Que toque Argerich sola». Es decir, lo peor que se le puede reclamar a esta intérprete que sólo disfruta socializando sus apariciones. Como era esperable, ella se dio vuelta, miró hacia arriba y lo hizo callar. El bis sobrevino pero sin novedades: se reiteró un pasaje de la misma obra.

El concierto se había iniciado con uno de las piezas favoritas de Arturo Toscanini, el «Carnaval romano» de Héctor Berlioz, en una límpida interpretación que fue mejorando al promediar su mitad. Después del intermedio se sucedieron el «Preludio a la siesta de un fauno» de Debussy (admirable versión, tal vez lo mejor de la noche), y concluyó con una entusiasta interpretación de los «Cuadros de una exposición» de Mussorgsky-Ravel, fervorosamente ovacionada por un público que se había desacostumbrado a percibir matices tan distintos en la Filarmónica de la ciudad. Excelente la labor de Dutoit, más allá de que seguramente nadie podrá hacer olvidar nunca una versión irrepetible, de esas que sólo se dan una vez en la vida en el Colón, y que en el caso de los «Cuadros...» será la que hizo el ya desaparecido Sergiu Celibidache en 1993.

Dejá tu comentario

Te puede interesar