A medida que envejece, el infierno para Claude Chabrol es más una tarjeta de presentación que un paisaje de su alma, más un recurso que una obsesión. Bonachón, bon vivant, el director de «Que la bestia muera» y «El carnicero» se autoimpone, como Woody Allen, la realización de un film al año casi como si fuera a hacerse un chequeo. Sus películas son como puros de marca, de sabor reconocible y añorable, pero dignas de atención por esa marca y ya no por la pureza de antaño.
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En «La dama de honor» el viejo maestro vuelve al mundo de las mentes y los amores enfermos en pequeñas ciudades de provincia. Con más placidez que nervio, a la manera de un Hitchcock de sobremesa, la trama complica al joven Philippe, no emancipado aún de una casa con madre ansiosa y dos hermanas poco conformistas, con Senta, atractiva psicópata. Al principio, sólo hay indicios de la peligrosidad de la mujer, «dama de honor» en el casamiento de una de las hermanas de Philippe, pero el diagnóstico no tarda en verificarse: como en «Pacto siniestro», ella le propone a su enamorado -entre otras cosas- un intercambio de crímenes, a los fines de probar su compromiso.
El efecto es aquí, extrañamente en la obra del director, el de cierta desarticulación, en donde hay algunas cosas que tardan demasiado en producirse y otras que se producen demasiado rápido. La poética que guía a esta película, enraizada en la rica tradición del cine policial francés de los '60 y '70 que tan bien representó el mismo Chabrol, vuelve a ponerse de manifiesto, aunque con cierta sofocación. Es siempre un placer ver a Aurore Clément, aquí en el papel de la madre.
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