Ang Lee: "Salvar al cine es una tarea urgente"

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Ang Lee, el director chino más famoso en los Estados Unidos, está convencido de que si el cine no se renueva de manera radical, si no hace un “upgrade” crítico, está condenado a desaparecer, y más allá de la pandemia. “El tigre y el dragón” fue el film que le valió su primer Oscar hace 20 años, y el que le abrió las puertas de Hollywood. Luego vendrían otros dos: por el western gay “El secreto en la montaña” (2005) y por “Una aventura extraordinaria/Life of Pi” (2013). Sobre el film que actualmente prepara es bastante elusivo (“tiene mucha acción”, fue todo lo que dijo), pero dio a entender que está llevando al extremos algunas técnicas que ya empleó en sus películas “Billy Lynn’s Long Halftime Walk” (2016, no estrenada en la Argentina) y “Proyecto Géminis” (“Gemini Man”, 2019).

Así como el cine enfrentó, a lo largo de la historia, a medios rivales como la televisión y el video mediante técnicas imposibles de reproducir en casa, como el cinemascope, hoy, en la era del home theater cada vez más sofisticado, y hasta de la tendencia a ver películas en smart phones, Lee propone una experiencia de “inmersividad”.Ya en “La vida de Pi”, el film del muchacho que viajaba en un bote con un enorme tigre, entre otros animales, el cineasta oriental utilizó 3-D y toda una batería de efectos especiales para transformar un libro aparentemente imposible de trasladar a la pantalla en un prodigio visual. En sus dos últimos films antes citados empleó por primera vez un paso de 120 imágenes por segundo, contra los históricos 24 fotogramas por segundo que fueron norma a lo largo de todo el siglo XX. Para Lee, ese tipo de innovaciones no sólo modifican al cine como espectáculo, sino que son el único recurso, más allá de lo técnico, para mantenerlo vivo. Para él, al igual que tantos otros artistas de su generación que ven con preocupación el triunfo de las plataformas de streaming, la experiencia de la sala cinematográfica que puso en jaque la pandemia de coronavirus es irreemplazable.

“La sala de cine es nuestra iglesia, nuestro templo”, ha dicho en estos días. “Es una ceremonia, es nuestra naturaleza, la congregación. Pero ahora la televisión ha venido a reemplazarla. Nos quieren hacer creer que podemos acomodarnos a eso. Y no, no podemos reiterar un ritual en nuestras casas. No es sólo la gente que ve con nosotros una película en la sala, no es tampoco el tamaño de la pantalla. Es el efecto de la ceremonia: eso es lo que debemos defender, y actualizar”, agregó. “Creo que el próximo paso, lógicamente, es la inmersividad, lo cual no puede hacerse en una pantalla de televisión. ¿Pero cómo convencemos al público para que regrese? Esa es nuestra tarea, el desafío que hoy enfrenta la comunidad de cineastas”.

En principio, su apuesta a esa inmersividad a través del 3D y el paso de la imagen a 120 fotogramas por segundo no ha dado resultado, aunque él se muestra dispuesto a insistir, “A veces uno acierta y otras falla. Pero así ha sido siempre la historia del cine. Hay que mantener la frescura, la inocencia, la curiosidad, los sueños. Hay que invitar al público a que nos acompañe; para eso hacemos cine.”

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