«Códigos de guerra» («Windtalkers», EE.UU., 2002, habl. en inglés y navajo). Dir.: J.Woo. Int.: N. Cage, A. Beach, Ch. Slater, R. Willie, P. Stormare, F. O'Connor.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
C uando el maestro de los ballets ultraviolentos, John Woo, modera sustancialmente la dosis de violencia de una película es porque tiene algo que decir. Y no es que en «Códigos de guerra» no haya cabezas cortadas, cuerpos calcinados y soldados masacrados como corresponde a un relato sobre la Guerra del Pacífico o cualquier otra. Lo difícil del cine bélico es demostrar eso de que la guerra es un infierno sin caer en un espectáculo belicista que contradiga desde la imagen lo que trata de decir el guión. Este equilibrio se consiguió muy pocas veces; entre ellas en el film que parece haber sido la fuente de inspiración de John Woo: «Hasta el último hombre» de Lewis Milestone con Richard Widmark haciendo de marine. «Códigos de guerra» multiplica por cuatro la intensidad bélica de «Rescatando al Soldado Ryan», pero curiosamente limitando la truculencia, y anulando por completo el patrioterismo naïf que permitía que el recluta Matt Damon no quisiera abandonar el frente de batalla. Todos y cada uno de los soldados de Woo querrían estar en otro lado, y el despiegue bélico, terrible al mejor estilo del director de «Contracara», logra generar un clima angustiante, casi melodramático, que permite el equilibrio adecuado entre el espectáculo de la guerra y el mensaje que en este caso, no sólo es contra la guerra, sino contra el racismo. En este sentido -y en muchos otros-esta superproducción de guerra está a la altura de lo mejor del género. «Códigos de guerra» tiene la estructura de una vieja película de guerra: los experimentados marines Nicolas Cage y Christian Slater tienen que cuidar a dos indios navajos que intentarán poner en práctica el nuevo código secreto diseñado para que los mensajes estadounidenses no puedan ser descifrados por los japoneses. El problema es que la palabra «cuidar», en el idioma del Ejército, implica liquidar a sus protegidos pieles rojas a la primera señal de que puedan ser capturados por el enemigo.
La historia no tiene que ver con el triunfo en una batalla, sino con el aprendizaje del marine encarnado por Cage de que aún en el peor campo de batalla cada hombre debe saber cuáles órdenes no deben ser obedecidas. Los navajos de John Woo tienen una humanidad que pocas veces se vio en el cine: no son ese héroe inexpresivo e insondable, sino que son un par de inocentes que tratan de asimilar la discriminación que sufren por parte del resto de los soldados, y eso que tardan bastante en entender que las reglas del juego en el que cayeron por inconciencia.
La mezcla de ultraviolencia e ingenuidad es propia de los mejores films de Woo, pero sólo en dos de las escenas más espeluznantes de combate se notan ecos de su film de Vietnam, «Una bala en la cabeza». Aquí, Woo aparece como un cineasta mucho más maduro, capaz de reprimir algún alarde pirotécnico para darle más cabida a situaciones que expresan un mensaje antibélico irreprochable, aunque obviamente tan ingenuo como el de aquel final de «Sin novedad en el frente» con el soldado muriendo al intentar agarrar una mariposa fuera de la trinchera. Los viejos fans del cine de guerra sin duda entienden de qué estamos hablando.
Dejá tu comentario