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La actual representación en el Colón es altamente satisfactoria, casi dos horas y media -sin interrupción alguna-que pasan como una ensoñación y que logran atrapar al espectador.
La régie y la escenografía son de una claridad meridiana, las características de cada personaje -sean dioses o humanos plebeyos-delineados con perfiles exactos en cuanto a gestualidad, vestuario y accesorios. El escenario gira para los cambios de escena, los elementos se quitan o se agregan en respetuoso silencio, y está listo en el momento preciso. La iluminación y proyecciones son poéticas y oportunas, sin abusar de los recursos técnicos.
Sería ocioso resaltar aquí la belleza de la música, pero sí que es atendida en un nivel de superlativa calidad; los «leiv motivs» debidamente encomillados, pasajes etéreos y transparentes contrastando con otros de gran potencialidad orquestal.
El artífice de estos logros es el celebrado director sinfónico
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