«Capitán de mar y guerra: La costa más lejana del mundo» (Master and Commander: The Far Side of the World, EE.UU., 2003, habl. en inglés). Int.: R. Crowe, P. Bettany, J. D'Arcy, E. Woodall, B. Boyd.
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F ilmar un drama histórico ya de por sí es algo caro y complejo, pero si además de la ambientación de época la historia transcurre casi íntegramente a bordo de un navío de la Armada de Nelson (e incluye secuencias de combate naval), se vuelve casi imposible. Por eso, salvo los repetidos motines a bordo, el conocido y filoso iceberg dispuesto a hundir el famoso transatlántico o la flota nipona enviando sus Zeros hacia Pearl Harbor, rara vez un productor se arriesga con un film riguroso y original que requiera más dinero que tantos otros proyectos más seguros.
Pero siempre hay algún audaz, y en la mejor tradición de los viejos magnates hollywoodenses como su padre, Samuel Goldwyn Jr consiguió el apoyo de tres grandes estudios (Fox, Universal y Disney) para producir una película épica como las que ya no se hacen, o mejor dicho, como las que jamás nadie hizo. Porque «Capitán de mar y Guerra» se aproxima a la vida en una nave de guerra de 1805 desde casi todo ángulo posible: impresionantes combates, minuciosa descripción de las tácticas militares y las costumbres de la Armada inglesa, los problemas de indisciplina y tensiones entre la tripulación, los misterios y supersticiones propios de los viejos lobos de mar, la exploración de sitios exóticos y los fraternos lazos generados entre quienes viven todas estas situaciones.
•Antecesoras
Una película excelente como el «Motín a Bordo» de 1935 no tenía escenas de guerra. Con todo el carisma de Errol Flynn y sus impactantes abordajes piratas, «El halcón del mar» no tenía más rigor histórico que el que necesita una aventura hollywoodense de super acción. La tensión psicológica de la imperdible «Billy Budd» no requería de un gran despliegue de producción y la descarnada visión de la vida en una nave de guerra inglesa de «Tumulto en Alta Mar» de Lewis Gilbert, con Alec Guinness, debía enfrentar sus armadas sin más recursos que las maquetas y efectos especiales disponibles en los humildes estudios Ealing. Peter Weir tuvo una batería de recursos inéditos en este tipo de producción -como 150 millones de dólares, una fragata tamaño natural, el tanque de filmación más grande de la historia del cine, y los mejores efectos especiales-sin por eso ceder a las típicas presiones que terminan volviendo trivial al mejor proyecto. El guión del mismo Weir adapta con la mayor fidelidad posible las novelas históricas de Patrick O'Brian, que en sus veinte libros de la saga del capitán Jack Aubrey y su amigo cirujano Stephen Maturin logró algo tan difícil como volver a interesar al público adulto (e incluso intelectual) en esos temas típicos de sus lejanas lecturas juveniles.
Mezclando la trama de dos libros de O'Brian, Weir logró hacer que el enemigo de la Corona no sean los rebeldes americanos de la Guerra de 1812, sino los cañones del Imperio Napoleónico obviamente más aceptables para el público estadounidense. Pero no cayó en la tentación de limitar un universo tan rico y con tantos matices en una película de acción y batallas navales. El film tiene sólo dos combates entre barcos de guerra, ambos entre lo mejor que se haya visto en el género. Tal vez el director se haya quedado corto en detalles revisionistas, lo que no implica no filmar escenas con marineros preadolescentes mutilados matando soldados enemigos a quemarropa con un trabuco.
La contradicción entre la excitación antes del combate y la crueldad extrema de la guerra está muy bien enfocada por un Peter Weir que se parece, por primera vez en casi dos décadas, a ese director magistral que puso en el mapa al cine australiano con «La última ola» y «Picnic en las rocas colgantes». No por nada las impactante imágenes de este film imperdible fueron fotografiadas por Russell Boyd, el mismo de esas películas memorables realizadas muy lejos de las costas californianas. Por eso a Russel Crowe no solo hay que alabarle su sólida actuación , sino haber ayudado con su poder en la industria esta soberbia resurrección de un director que ya había pasado demasiado tiempo sin mostrar su lado más creativo, audaz y personal.
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