Ceremonia repetida. Tanto, que después de tres años sin pasar por la Argentina y sin nuevo disco por presentar, Luis Miguel ofreció un show idéntico al de noviembre de 1999 en el mismo estadio.
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A pesar de cantar en una cancha de fútbol, prefiere armar sus espectáculos como si se hicieran en un teatro. Sin efectos especiales, con un escenario profundo y con anchas paredes que sólo dejan ver bien a los que están de frente a él, sin grandes despliegues escenográficos ni de luces, es más un concierto que un recital pop; aunque, claro, las 40.000 personas -39.000 mujeres y 1.000 hombres acompañantes, calculaban algunos-le pongan otra cuota de calor a la tórrida noche porteña del debut.
Boleros, baladas, canciones pop «up tempo», tangos abolerados -o «popeados», mejor dicho-, temas conocidos pero «remixados» en formato «dance», constituyen un repertorio que se arma en muchos casos a la manera de popurrís o «medleys», como informa la lista de temas. Todo es prolijo, profesional. Desde la voz del cantante hasta la banda que lo acompaña con sonido estandarizado. Luis Miguel se instala como un clásico que no necesita renovarse, ni presentar canciones nuevas, ni sorprender con el espectáculo. Sus mujeres, gama que va desde las nietitas hasta las abuelas, van a verlo a él, independientemente de qué y cómo cante. Al punto que los momentos más festejados son los mohines o los gestos; mucho más, claro, que alguna interpretación en particular.
Así las cosas, «Luismi» cumplió con repasar muchos de los boleros que grabó en sus tres álbumes más populares -«Tú me acostumbraste», «Perfidia», «Por debajo de la mesa», «No sé tú», «Historia de un amor», «Somos novios», etc.-, entre los que se incluyen tres títulos tangueros argentinos que él hace como si también fueran boleros -«Volver», «El día que me quieras», «Uno»-.
Sobre el escenario hay también una banda pop -teclados, bajo, batería, percusión, guitarras-, de la que sólo se enteran los que tienen ubicaciones frontales respecto del escenario. El resto sólo podrá ver al «Rey», primero de riguroso traje oscuro, luego de un más informal conjunto de camisa y pantalón negros. Y ni siquiera las pequeñas pantallas -dos a los costados, una en el fondo de la escenografía-dan mucha cuenta de quiénes lo acompañan.
El protagonismo de Luis Miguel es excluyente; todos lo saben y lo aceptan. Porque sólo él, sin novedades, sin cambiar prácticamente nada sus espectáculos a lo largo del tiempo, es capaz de llenar dos Vélez, con precios de entradas realmente altos en medio de la crisis.
Actuación de Luis Miguel (voz). Con banda pop. (Estadio Vélez, 24 y 25 de noviembre).
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