Tony Leung y Wei Tang: el colaboracionista japonés y la dama de Shanghai en «Crimen y lujuria», atractivo nuevo film de Ang Lee.
«Crimen y lujuria» («Se Jie/Lust, Caution», 2007; habl. en chino e inglés). Dir.: A. Lee. Int.: T. Leung, W. Tang, J. Chen, K. Yu Min y otros.
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Después de «Secreto en la montaña», el más internacional de los directores taiwaneses, Ang Lee, regresó al cine asiático de paladar europeo con «Crimen y lujuria», un espléndido relato con base en Hong Kong y en la Shanghai ocupada por el Japón durante la Segunda Guerra Mundial: un período y un ambiente cuyo magnetismo continúa representando una tentación a la que también sucumbieron artistas de sensibilidad similar a la suya, como hace dos años James Ivory en la superficial y poco recordada «La condesa blanca».
Pero el film de Lee está libre del pecado de ceñirse al puro brillo escenográfico y al «flavor» de la época; si bien de vasto aliento (más de dos horas y media) y decorados y vestuarios no menos detallistas y cuidados, «Crimen y lujuria», además de seductor thriller político, también pone en escena un tema que Lee se atreve a examinar con la suficiente audacia por tratarse de una producción internacional de estas características: el de la ambivalente y patológica relación erótica entre víctima y victimario.
Además, lo hace desde un ángulo que no asigna esos papeles de manera inamovible a cada uno de sus participantes (en «El libro negro» de Paul Verhoeven, por ejemplo, nunca dejaba de quedar claro quién era quién en la relación entre una mujer judía y un oficial nazi), sino que la misma dinámica de la historia los va intercambiando ligeramente, aun cuando el hombre, en este caso un colaboracionista con los ocupantes japoneses, sea desde luego el villano de la pareja.
Ella, en ese tortuoso vínculo que se extiende a lo largo de cuatro años (entre 1938, en Hong Kong, a 1942, en Shanghai) ocupa el papel de la perseguidora que terminará a las puertas, inclusive, de una traición a su propio grupo partisano, cuando se sienta incapaz de condenar al blanco asignado, el seductor Sr. Yee (Tony Leung, de «Con ánimo de amar»), un elegante hombre de negocios de quien sólo se sabe, aunque nunca se lo vea en acción, que está complicado con los japoneses en tareas de espionaje, delación y hasta de torturas. La mujer, Wong Chia Chi (Wei Tang), viene de un pasado atribulado: su madre murió, su padre quedó atrapado en Londres, y ella se integrará desde joven, más como destino irremediable que como resultado de una decisión política, a ese grupo partisano de Hong Kong, originado en el teatro popular, que a medida que avanza la guerra pasa de las representaciones de obras de contenido patriótico a la acción directa. A Wong le asignan, justamente, el cometido de ganarse la confianza del Sr. Yee por el medio que fuere, para terminar con él.
Aplicada a la tarea, que Lee relata valiéndose de varios y sucesivos flash backs, se produce el peligro sobre el que advierte el más preciso título en inglés del film: «Atención, lujuria».
Ni amor, ni pasión, ni sensatez ni sentimientos: es otro el orden que enlaza y perturba cada uno de los encuentros entre el Sr. Yee y la falsa Sra. Mak (el nom de guerre que utiliza Wong, forjando una identidad falsa de mujer casada), un orden donde, inclusive hasta en las citas claras de las que se vale el film a través de la música de tango, sobrevuelan los fantasmas de Brando y Maria Schneider.
La primera de sus escenas sexuales, que en los EE.UU. le valió la calificación de NC-17 y en China directamente la censura, adquiere con violencia esa misma forma «antinatural», deseada por ambos. Los sucesivos encuentros, también filmados al borde de lo explícito (y que contrastan con la extraña timidez del hombre fuera de la cama), no hacen más que poner de relieve cuál es el verdadero motor de este atrapante drama, que se va haciendo más político a medida que se aparta, con inteligencia, de lo convencionalmente político.
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