En la muestra que está presentando la Fundación Proa, los artistas asumen el papel de curadores
e invitan a sus pares, muchos de ellos desconocidos, a sumarse a ella.
En estos días la Fundación Proa presenta «Eco», una muestra donde por segunda vez los artistas asumen el papel de curadores e invitan a sus pares a participar de una exposición colectiva. Teniendo en cuenta la cantidad de nuevas e interesantes figuras que han surgido en la actualidad, la iniciativa de la directora de la Fundación, Adriana Rosenberg, resulta oportuna para descubrirlas y brindarles un lugar en el cada vez más amplio escenario del arte. Si bien el objetivo de esta muestra no consiste en brindar visibilidad a los talentos desconocidos, la verdad es que en los hechos, tanto esta experiencia como su antecedente, sirvieron a estos fines. Proa vuelve a convertirse de este modo, en una caja de resonancia de la energía que circula por todo el país.
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Al promediar el año pasado, entre otros artistas como Magdalena Jitrik y curadores debutantes, el marplatense Daniel Joglar presentó varios jóvenes de su ciudad natal que a partir de esa exhibición tuvieron la oportunidad de integrarse al sistema, y es probable que ahora suceda lo mismo. El punto de partida de «Eco» fue la muestra «De rosas, capullos y otras fábulas», curada por Victoria Noorthoorn, que todavía se expone en el segundo piso de la Fundación y que acompañó hace unos meses el arribo de las obras de la alemana Rosemarie Trockel. Ahora, y en plan de curadores, cada uno de los integrantes de la exposición diseñada por Noorthoorn invitó a dos o tres artistas para que trabajaran sobre las ideas de «la transformación, la metamorfosis del sujeto y el universo femenino». Las obras son inéditas y fueron realizadas teniendo en cuenta el tema y el espacio. En el conjunto reina la diversidad y los lenguajes (instalación, fotografía, dibujo, escultura) son variados, pero a pesar de estas diferencias, se destaca en las obras su condición sensible y cierto afán por la belleza de las formas, entre otras características que tornan reconocible la producción argentina de esta última década.
Este aire de familia que, con algunas excepciones domina la muestra, gratifica al espectador con un plus: el placer de ingresar en un territorio conocido, de reconocer un estilo que es propio de nuestro país. Guillermo Iuso optó por invitar artistas ya consagrados. Al ingresar a la sala se divisa la densa oscuridad del «Río de la Plata», un inmenso paisaje con bajorrelieves de las mareas, realizado en cera por el grupo Mondongo. Junto a esta obra, el fotógrafo Marcelo Grosman presenta una pareja de argentinos mirando hacia el horizonte, como quien divisa un porvenir venturoso.
En las antípodas de Iuso, la joven fotógrafa Flavia Da Rin seleccionó a los escasamente conocidos artistas Luis Terán y Mercedes Pujana. Ambos exhiben sus pequeñas pero comunicativos trabajos; Terán habla de la obsesión con los diminutos puntos de colores que conforman manchas abstractas; Pujana expresa su vocación narrativa con sus deliciosos aunque inquietantes personajes de cuento. Ana Gallardo presenta la instalación de Mariela Scafati que tiene resonancias étnicas, un video de Alejandra Urresti dedicado a exaltar la naturaleza y el bellísimo árbol que Juliana Iriart dibujó sobre la pared. Vertiente sensible que comparten las invitadas de Marina De Caro. Mariana Cerviño altera la naturaleza a través de los materiales, al plantar en el rincón de la sala una seductora enredadera de alambres envueltos en terciopelo. Magdalena Mujica relata una historia intrigante a través de las siluetas que pinta sobre un doméstico mantel de hule, y Julia Sánchez graba una conversación entre mujeres de una misma familia pero de diversas generaciones.
Como buen escultor figurativo, Martín Di Girolamo seleccionó a su par Sandro Pereira que muestra un metafórico «Superman», con el torso amputado a la altura de la cintura y apoyando sus poderosas piernas sobre un pedestal. Frente a esta dramática imagen, un conmovedor autorretrato de Pereira disfrazado como un osito de peluche, encarna la viva imagen de la ternura. Es que los recuerdos infantiles y su evocación nostálgica suelen estar presentes en el imaginario del arte contemporáneo argentino, como en los exquisitos dibujos de Elba Bairon, que representan a Caperucita Roja victimizada, caída en el pasto.
Entretanto, Jane Brodie destaca otras dos constantes del arte local, al subrayar el arribo de Julia Masvernat a la abstracción a través de las manualidades, y la sutileza extrema de las líneas que traza Ernesto Ballesteros. Rasgos, el amor por el trabajo manual y el gesto delicado, que también ostentan los dibujos de Valeria Gopar y Gabriel Baggio. Por otra parte, con una estética derivada del surrealismo, Romina Salem Taborda toma un objeto de uso cotidiano, una veintena de corbatas, y las monta enloquecidas, enruladas y contoneándose sobre una pared. Con similar fantasía, Bettina Prezioso fotografía «Instrumental para una operación mental», y transforma una serie de herramientas quirúrgicas en elementos siniestros.
Finalmente, con los aportes que suman Mariana Cortés, Aili Chen, Inés Dragosch, Florencia Rodríguez Giles y sus correspondientes invitados, Proa insiste en la fórmula de convertir artistas en curadores, y brinda un excelente panorama del cada día más interesante horizonte del arte argentino.
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