A los 70 años, buena parte de ellos consagrados al jazz -tocando la guitarra, componiendo y enseñando-, Walter Malosetti aparece como el patriarca de una prestigiosa familia de músicos. «Aunque en realidad, no es del todo así», asegura el músico en diálogo con este diario. «Antes estuvo mi padre ( Alfredo Malosetti), que era acordeonista; le gustaba tocar valsesitos criollos, la música de Yupanqui, tenía un gran gusto para la música. Después está mi hermano mayor, Pedro, que es un gran músico, aunque nunca le gustó tocar en público; en él se mezclaba lo clásico con lo popular. Terminó siendo un gran luthier de guitarras.» Su carrera comenzó a mediados del siglo XX. Integró la Guardia Vieja Jazz Band, California Ramblers, los Blue Strings, Swing 39 y los Swing Timers (un grupo que se ha reconstituido hace unos años y del que sigue participando); grabó con Oscar Alemán y Hernán Oliva; fundó la Escuela Superior de Jazz; compartió jam sessions con todos los músicos de jazz argentinos; y tiene una larga lista de discos grabados, el último de los cuales acaba de ser editado y se llama «Grama». «Esa sensación de patriarcado que algunos tienen de mí está relacionada con la presencia y la importancia que han ido adquiriendo dos sobrinos míos, Ricardo Pelican y Raúl Malosetti y mi hijo Javier. Y me siento muy orgulloso de todos ellos; cada uno en su estilo y en su lenguaje, son todos grandes músicos.» Periodista: ¿Qué diferencia nota, en relación con el jazz, entre la época actual y la de sus comienzos? Walter Malosetti: En aquella época se hacía difícil que la gente entendiera qué estábamos haciendo; sobre todo la que venía de la música clásica. La síncopa y el swing resultaban cosas muy extrañas. Eramos muy poquitos los que tocábamos jazz. La mayoría hacía la versión más liviana, más bailable; y se confundía el jazz con el boggie boogie. A mí me parece que la actualidad es mucho mejor porque es más profunda; hay mayor amplitud de criterios, los jóvenes buscan su propio lenguaje en el jazz moderno, pero no se olvidan de mirar hacia atrás. P.: ¿Cuándo tuvo su primera guitarra?
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W.M.: Cuando cumplí 15 años yo le pedí a mi viejo que me comprara una; y me compró una guitarra muy buena que era el mismo modelo que usaba Django Reinhardt. En ese entonces era raro lo que me pasó a mí, que el padre lo apoyara a uno en la carrera musical. Afortunadamente eso cambió y hoy los padres somos más abiertos respecto de lo que quieren hacer nuestros hijos. Eso ha permitido que los jóvenes estudiaran, evolucionaran. En mi época, además, no había libros, ni discos, ni revistas de jazz con la facilidad que conocemos ahora. La cosa comenzó a cambiar en la década del '70, cuando se abrió la importación.
P.: ¿Qué importancia ha tenido la enseñanza en su vida? W.M.: Muchísima. Como alumno, ya siendo grande, me enorgullece haber sido discípulo de Irma Costanzo. Con ella no sólo aprendí a tocar mejor la guitarra; también me enseñó mucho sobre la música, sobre la actitud como artista. Y como profesor, siento el placer de que varios que fueron mis alumnos han hecho su propio camino o de que mis libritos sobre jazz hayan servido de manual para muchos músicos. P.: Cuente un poco sobre su nuevo disco.
W.M.: Es un álbum que hice, después de 10 años sin grabar, con temas de Gershiwn, Brooks, Pass, Reunolds, Brown, Klemer y algunas cositas mías. Lo grabamos con la base de un trío, con mi hijo Javier en bajo y contrabajo, y Pipi Taveira en batería. Y tuvimos a Enrique Varela en saxo, Guillermo Romero en piano y Walter Coronda en guitarra rítmica como invitados para algunas piezas. P.: ¿Por qué estuvo tanto tiempo sin grabar?
W.M.: Se juntaron varias cosas. Por un lado, estuve muy ocupado acompañando a mi esposa en una larga enfermedad. Pero además siempre tuve mucho trabajo como profesor y como intérprete. Después de que mi esposa murió y a medida que fui reduciendo la cantidad de alumnos, tuve más tiempo para dedicarme al disco. De todos modos, lo empezamos a grabar antes de que falleciera Graciela, y ella está muy presente. Por eso se lo dediqué especialmente y lo llamé «Grama», que era la manera en que yo la llamaba a ella.
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