19 de noviembre 2002 - 00:00

Cumple 25 años santuario del arte de fama mundial

Léonard Gianadda
Léonard Gianadda
A veinticinco años de su creación, la Fundación Pierre Gianadda se ha convertido en un paso obligado en el recorrido de todo aquel que sea amante del arte. Especialistas, historiadores, críticos y público en general de todas partes del mundo van a Martigny para visitar sus muestras. La Fundación ha adquirido reconocimiento internacional por la importante política cultural llevada a cabo por su creador Léonard Gianadda. Está situada en un magnífico paisaje natural, a pocos kilómetros de la ciudad turística de Gstad y de Lausanne, Martigny, con 14.000 habitantes, conserva numerosos testimonios de su pasado galo romano, entre los que se destaca su anfiteatro.

Dominada por la torre Batiaz, fortaleza del siglo XIII, la moderna ciudad ha crecido, pero los barrios más antiguos han preservado su carácter original. Ruta reconocida entre las grandes vías de comunicación a través de los Alpes, Martigny se conecta con Italia or el paso del Gran San Bernardo, que fuera usado por Aníbal, César, Carlomagno y Napoleón Bonaparte.

El coleccionista Léonard Gianadda, se graduó de ingeniero en la Escuela de Ingeniería de Laussane. Ya había construido varias obras en Martigny, cuando en 1976, trabajando en su proyecto para levantar una torre de viviendas, al hacer las excavaciones, descubrió vestigios de un templo galo romano. A fines de la República romana, segunda mitad del siglo I a.C., la dominación de la cadena alpina fue necesaria para controlar los grupos armados y cuidar las vías más importantes y directas entre Italia y la Galia. En los «Comentarios sobre la guerra de las Galias», Julio César relata las dificultades soportadas (57 aC ) por la legión que había enviado a la región de Martigny.

• Joya arqueológica

La vía principal en la vida de Martigny en la época romana fue reconocida en el sur de la villa antigua, por la que se accedía al anfiteatro, fuera del perímetro urbano. La Fundación está implantada sobre una zona arqueológica sagrada: su galería circunda un templo dedicado al dios Mercurio. Objetos de cerámica, bronce, monedas, ornamentos de la vida pública y privada en la pequeña ciudad suiza durante la época romana conforman el recorrido de la «Visita arqueológica».

La primera intención de Gianadda fue salvaguardar los vestigios del templo y crear el museo arqueológico. Pero poco después, cuando su hermano menor, Pierre, piloto, murió como consecuencia de un accidente de avión, al regresar de una expedición a Egipto, resolvió levantar en ese lugar una fundación que llevara su nombre. El día que se inauguró la Fundación su hermano hubiera cumplido 40 años. Al comienzo, nada había sido programado, pensado ni soñado, que se pudiera parecer a lo que la Fundación consiguió hoy.

«La fatalidad de un drama familiar debido a la muerte de mi hermano
-dijo Léonard-, el azar de un suelo generoso en vestigios antiguos, imágenes surgidas de la adolescencia y también un vago deseo de develar a los habitantes de Martigny un poco del pasado común que los unía a los ancestros... «. En el prefacio al libro «Un constructor dedicado al arte», el conocido crítico francés Jean Clair señaló que «Contrariamente a los museos modernos que son una hilera de salas que imitan la fuga del tiempo y el desvanecimiento de la memoria, él ha centrado la atención y ha dispuesto al auditorio y los espectadores en torno a un hogar».

El conjunto comprende un Museo, ubicado en torno a los vestigios del templo; un museo del automóvil, en el subsuelo, el más importante de Suiza, que reúne más de cincuenta vehículos (desde 1897 a 1939). Entre otros atractivos, la institución expone para sus visitantes una antología de la escultura moderna con más de cuarenta obras instaladas en el parque exterior, que establecen un diálogo singular con el paisaje alpino que caracteriza el entorno de la villa. Se trata de una de las pocas -cuatro o cinco- colecciones de esculturas de estas características en Europa. Entre otras obras, puede verse
«Meditación con brazo» (1885), una de las variaciones de Auguste Rodin sobre el tema que representa el sentimiento interior de la postura y la actitud del cuerpo humano; «Elementos de arquitectura contorsionista», de Jean Dubuffet (1969) gigantescas construcciones lúdicas; verdaderos antimonumentos. La colección permanente también incluye «Figura reclinada», de Henry Moore, 1982; «Cabeza», de Joan Miró (1974); y un móvil de Alexander Calder de 1965.

La Fundación también organiza conciertos con músicos de renombre internacional, entre los que estuvieron
Aschkenazy, Barenboim, Brendel, y el ya desaparecido Yehuda Menuhin. Es impresionante la actividad de Leonardo Gianadda, muy vinculado a la cultura europea: es miembro activo de importantes fundaciones, Academia Francesa de Bellas Artes, Caballero de la Legión de Honor, miembro del Consejo del Museo Rodin, de la Fundación Balthus y de la Henri Cartier-Bresson.

• Colecciones

En sus veinticinco años de existencia, obras de colecciones privadas y de grandes museos del mundo han sido expuestas en la institución. Entre otras, Klee (1980); Rodin (1984); Alberto Giacometti (1986); Toulouse-Lautrec (1987); Henry Moore (198 9); Modigliani (1990); Braque (1992); Jean Dubufett, Edgar Degas (1993); Joan Miró (1997); Diego Rivera-Frida Kahlo, Paul Gauguin (1998); Kandinsky, Van Gogh (2000); Berthe Morisot (2002), son sólo algunas de las más notables.

Gianadda
se interesa por los artistas que expone. Un ejemplo fue la muestra de Marc Chagall. Las pinturas que Chagall había hecho para el Teatro judío de Moscú habían sido guardadas en malas condiciones, en 1921, cuando el artista salió de Rusia. Así, aparecieron siete telas de grandes dimensiones enrolladas unas sobre otras. La exposición había sido propuesta a varios grandes museos pero ninguno aceptó la muestra por la mala conservación de las obras. Gianadda se hizo cargo de la restauración (400.000 dólares) y la presentó en Martigny. Jean Louis Prat, de la Fundación Maeght, señaló sobre la gestión realizada «Leonard Gianadda está animado por un deseo extraordinario, no sólo de hacer cosas, sino también de compartir la alegría de su actividad. En un tiempo en el que tantos museos se someten bajo el peso de su propia administración, con decenas de especialistas que consagran sus energías a contrarrestrar los proyectos del vecino, el modo de hacer vivir su Fundación merece ser estudiada con atención».

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