Se necesita mucha libertad para ser capaz de plasmar Un Mundo Peronista sin caer en lo panfletario. Hasta ahora, algunos retratos de Evita, de gala y enjoyada, el desafortunado monumento cercano a la Biblioteca Nacional, los convencionales bustos, es todo lo existente en materia artística relativo a esa década de la historia argentina.
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Daniel Santoro nació en 1954, es decir, hacia el fin de una época que «se destacaba por las grandes pasiones, odios o amores y que se convirtió en una leyenda negra para algunos, dorada para muchos otros», según señala Raúl Santana en el prólogo del catálogo.
Este artista que también se dedica al estudio de idiomas como el chino, el sánscrito y el hebreo, así como a la cábala, y de quien se recuerda la exposición El Movimiento Falso de extraña simbología, narra con gran elocuencia cromática y compositiva muchas de las instancias de las que fueron testigos los argentinos.
Elocuencia cromática en la que abundan dorados y rojos, elocuencia compositiva muy cercana a los artistas del fin de las vanguardias rusas cuando debían satisfacer los mandatos del momento. Por eso todo tiene una estructura monumental neoclásica como la que aún se ve en los edificios de la ex Fundación, hoy Facultad de Ingeniería o los proyectos para los monumentos en honor de los líderes del Movimiento.
Como fondo aparece esa arquitectura casi imperial, las figuras sobre pedestales, con aureola de santa o en uniforme, con los símbolos tanto de su ascenso como de su caída. En varios cuadros ronda esa suerte de culto a la muerte, bóvedas, cajones, o las manos mutiladas que forman parte de una historia que marcó al país.
Santoro evoca una historia narrada con ironía, humor, tragedia, desilusión, pérdida de la utopía como puede comprobarse en «Evita castiga al niño gorila», « La enigma», « Saqueo a la ciudad justicialista», « 1955», « La felicidad del pueblo», que tiene como eje central a una radio a cuyo alrededor la familia argentina estaba obligada a escuchar las encendidas arengas y consignas generalmente amenazantes de entonces. Santoro desnuda una época, la hace visible con contundentes imágenes y no se vale de medios electrónicos; recurre al dibujo y a la pintura con imaginación y apasionamiento. (Centro Cultural Recoleta. Hasta el 29 de abril).
Scafati
El dibujo en la Argentina tiene cultores relevantes, fieles al concepto de que es fundamental en toda obra plástica, además de constituir un medio expresivo con el que elaboran su visión, generalmente crítica, de su entorno. Entre ellos está Luis Scafati (1947) que ha ganado importantes premios como el Gran Premio de Honor del XVII Salón Nacional de Dibujo (1981).
Cuando en 1997 presentó La Metamorfosis -inolvidable exposición sobre el relato de Kafka acompañada del libro traducido y prologado por César Aira-, confesó que esos dibujos eran un pensamiento sobre el tema, una reflexión que no usa palabras sino formas, líneas, manchas que generan imágenes.
En «El mundo que fluye», traducción del vocablo japonés ukiyo-e y en homenaje a los grandes maestros de esta técnica con la que reflejaban escenas cotidianas, sus pensamientos tienen como fondo perfiles y personajes reconocibles de la Ciudad de Buenos Aires.
Composición dinámica, trazo levísimo, contrastes de sombras, de repente un rojo invasor en una situación insólita, cuerpos en posiciones que desafían la ley de gravedad, por ejemplo «La escuela del crimen». Una cierta melancolía invade al hombrecito poco agraciado ante una pizza en « Musa y Muzarella» que jamás alcanzará a concretar siquiera un encuentro con la erótica figura femenina que lo sobrevuela. Son notables los grises conseguidos en « Lluvia».
Completan la muestra tres buenas esculturas en madera y quizás sea esta disciplina la que depare una sorpresa en una futura exposición de este talentoso artista mendocino. (Esmeralda 1357. Clausura el 19 de mayo.)
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