10 de mayo 2001 - 00:00
"De un infierno se sale mutilado, pero se sale"
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Rosa Montero.
P.: ¿El mal es la droga?
R.M.: No, no es una novela sobre la droga, para nada. Ella es nada más que uno de los nombres del infierno, de un infierno urbano, reconocible. De hecho los nombre que uso, la Reina y la Blanca, son míos, literarios, porque ningún drogadicto llama así a la heroína. El infierno mayor de la protagonista es su infancia, y la encarnación del mal, si hubiera que buscarla, es el padre. Una de las ideas centrales es que el ser humano siempre tiene posibilidad de elección y para salir del infierno no hay que hacerse un nido con el propio dolor, quedarse enroscado en el masoquismo y la autojustificación.
El dolor y el daño explican a una persona, pero no la justifican. Somos hijos del azar y nos puede pasar de todo, cosas por demás terribles, pero podemos elegir frente a lo que nos pasa. A veces el abanico es ínfimo, aun así siempre hay una elección ética, y en esa micra de diferencia está nuestra humanidad, lo que nos hace ser lo que somos. Zarza, la protagonista, ha vivido huyendo de sí misma, sin mirar su vida, sin asumir responsabilidades y el control de su propia existencia, sin querer pagar nada. Lo paradójico es que cuando comienza la huida de 24 horas que relato, deja de escapar de sí misma, la vida le dice «te encontré» y no tiene más remedio que mirarla.
P.: En «A puertas cerradas» Sartre proclama «el infierno son los otros»...
R.M.: Sí, y somos nosotros, lo llevamos dentro. Aun los que hemos vivido más protegidos reconocemos el dolor y el horror. El morbo de la gente por el dolor, el horror, la violencia, es porque reconoce algo que portamos en nuestro interior.
P.: ¿Cuál fue su estímulo a la hora de escribir?
R.M.: El acicate fue esa percepción de la fuerza de la elección en lo humano. Visión consoladora que me permitió mirar el dolor más abiertamente que en ninguna novela anterior, de otro modo no hubiera podido pegarme esa zambullida y dejar latir en el fondo esas preguntas permanentes: ¿Qué es el dolor?, ¿qué el mal?, ¿cómo podemos entender eso?, ¿cómo podemos asumirlo?
P.: Sus personajes parecen tener nombres simbólicos...
R.M.: Los personajes aparecen con sus nombres debajo del brazo y luego tienen miles de interpretaciones, unas evidentes, otro no tanto. Es curioso cómo surgen las cosas en una novela. Yo supe siempre que ella se llamaba Zarza, pero no que así la llamaba su padre aunque su nombre fuera Sofía, ni que iba a jugar con los significados de su nombre. Los personajes vienen con el nombre. Cuando tuve que cambiar por alguna razón operativa el nombre inicial no consigo acordarme de cómo se llaman.
P.: ¿Por qué incluye leyendas medievales y a Borges?
R.M.: Cuando comencé el libro quise hacer una celebración de la supervivencia, pero mi protagonista no lo vivía así. Estaba en el horror. Pasé un año y pico tomando notas, me empecé a angustiar y dejé la novela. Comencé entonces a trabajar en una novela fantástica de la Edad Media. Me gusta mucho la historia, sobre todo la Edad Media y la del mundo clásico grecorromano. Llevaba un año de notas, cuando de pronto se me iluminó «El corazón del tártaro», la vi. Adquirí distancia para contarla, encontré parte del estilo en relatos míticos que me servía para tratar una tema tan antiguo y universal como el del dolor. El mito nos hace aprehender sucesos, nos permite manejar lo que parecía inmanejable. Las leyendas que cuento son mías, por más que las atribuya a Chrétien de Troyes; a Harris, el medievalista; a Ignominioso, que por supuesto no existe; naturalmente la «Historia de Mirval, el traidor» no es de «Las Mil y Una Noches» ni está en la «Historia Universal de la Infamia» de Borges. Tampoco es histórica, tampoco existió la bruja de Poitiers. Son todos inventos míos.
P.: Se ha creído que uso tradiciones documentadas...
R.M.: Ha habido críticas explicando de dónde surgía una leyenda medieval. Todas mentiras, son totalmente mías. Quería que el lector no supiera si lo que lee es histórico o novelesco. Lo debo haber hecho tan bien que, a pesar de que al final hay un párrafo aclaratorio, todo el mundo lo toma al pie de la letra.
P.: ¿Por qué deja abierto el final?
R.M.: Yo misma no sé que ha pasado al final. Tengo mi opción, como la tendrá cada lector frente al enigma que le ofrezco.
P.: A pesar de ese final la obra tiene una trama construida para que no haya hilos sueltos...
R.M.: ¿Cómo un artefacto de precisión? A mí siempre me gustó la narrativa muy arquitectónica. Desde mi primera novela he trabajado mucho las estructuras quizá porque soy muy caótica. De ésta estoy satisfecha sobre todo de dos cosas: logré que fuera de relojería, todo engancha con todo, y del lenguaje, porque por lo que se cuenta era muy difícil encontrar el tono adecuado, podía caer fácilmente en la telenovela. Yo quería hacer un texto que no halagara los bajos instintos y chapoteara en lo sentimental. Necesitaba encontrar un lenguaje muy austero y seco que fuera poético. Eso era complicadísimo. Cuando encontré el estilo de las leyendas, la enseñanzas de Borges, recién pude ponerme a escribir.
P.: ¿Todavía recaen en catalogarla de escritora feminista?
R.M.: Hace mucho que se ha ido esa tontería. Viene de que empecé a publicar en un tiempo en que no había casi mujeres en la literatura, y se me notaba mucho. Yo no tengo ningún interés en escribir sobre mujeres, sino sobre el género humano.




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