El momento más logrado de «4por4», espectáculo realizado por la bailarina y coreógrafa brasileña Deborah Colker en estrecha comunión con destacados artistas plásticos de su país.
«4por4». Compañía de danza Deborah Colker. Coreog. y dir.: D. Colker. Mús: Monoaural. Dir. mus.: B. Ceppas. Vest.: Y. Reis. Luces: J. de Carvalho (Teatro Cervantes.)
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La propuesta de Deborah Colker, coreógrafa, bailarina y directora de su propia compañía no deja dudas al espectador. En «4por4», el nuevo trabajo de la artista brasileña (antes, en el mismo escenario, se vio «Rota», de 1997), investiga a través del lenguaje coreográfico la intensa relación entre la danza, las artes plásticas y la música. El arte de Colker es integrador. Opera sobre la funcionalidad de las distintas disciplinas sobre las otras.
Para desarrollar su pensamiento ha llamado a artistas plásticos como Cildo Meireles, Chelpa Ferro y Víctor Arruda, quienes elaboraron con ella una serie de secuencias en las cuales la danza es consecuencia de la interacción del color, las texturas y las formas inmóviles con el desplazamiento. Todo sobre música «tecno» en algunas fragmentos, música electrónica en otros y hasta de sonata de Mozart (tocada en un piano por la misma Colker).
En «Cantos» varios paneles configuran el «fondo» para que la figura humana se adhiera a las paredes o trepe por ellas, mientras que en «A Mesa» los bailarines elaboran los movimientos en función de una mesa metálica que se desplaza suavemente. Más humorístico y con un lenguaje coreográfico libre, en «Povinho», un grupo explora sus cuerpos y su sexualidad, descubriendo como dice Colker «todos sus agujeros». Aquí la danza es más elemental y hasta podría decirse que superficial, es como si su creadora se hubiera propuesto un juego infantil, de descubrimientos y sensaciones primitivas. La sensualidad de los movimientos parte de la exploración espacial, ya que además de un telón de fondo erótico, los bailarines ocupan distintos sectores de un piso pintado por Víctor Arruda.
Lo mejor de «4por4» llega después del intervalo. «As meninas» seguido de «Vasos» parte de una suerte de clase de danza académica con bailarinas en puntas con fondo musical de Mozart para pasar luego a un «juego de gatos» en medio de 90 floreros de cerámica diseminados por el piso. La técnica dancística superlativa de los quince bailarines de la compañía incluida Deborah Colker hace que realicen una danza de fino desarrollo en un espacio sumamente limitado. Al clima gélido de las tres primeras secuencias, Colker vuelve profundamente humano y cálido su trabajo en los tramos finales, ya que ahí el hombre sortea dificultades extremas para expresar lo hondo de sus sentimientos en un acto introspectivo que revaloriza esta danza hipermoderna.
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