13 de abril 2006 - 00:00
Del presente al pasado, perdido entre mujeres
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Más solitario y ricamente inexpresivo que en «Perdidos en Tokio», Bill Murray transforma el mundo desde su mirada.
Sin embargo, habrá un disparador de lo impensado en su vida, el motor del film: una carta (sobre y papel rosas), escrita por una antigua amante de manera anónima, donde le comunica que es padre de un adolescente de 19 años que ha partido en su busca. En un primer momento, la sorpresa lo deja impávido (en realidad, esa será su expresión permanente), pero, y ese es el auténtico nervio del film, su existencia habrá cambiado de raíz. Convencido y asesorado geográficamente por un vecino que es su opuesto absoluto (familia numerosa, jovial, etc.), Don Johnston sale también a la ruta para hallar a la mujer en cuestión, la dama de rosa.
Más allá del pulso y la mirada de Jarmusch para manejar dramáticamente ese viaje, «Flores rotas» no sería lo que es sin los ojos, los gestos, la voz y la frágil solidez de Murray, un actor colosal, capaz de crear un mundo desde el registro de su casi inexpresividad. Lo intenso de su persona dramática transforma el mundo que se percibe a través de él.
Y la galería de esos fugaces y olvidados amores, casi veinte años más tarde, tampoco sería lo que es sin la mirada de Murray, que tamiza locuras y uniforma excentricidades o simples lejanías en una única, silenciosa y resignada aceptación. Así, van desfilando una tras otra: Sharon Stone, magnífica y hasta sensata viuda (que recupera el papel de mujer en lugar de monstruo comehombres), junto con su inefable hija Lolita (otro nombre tan bizarramente decidido como el del protagonista).
Más tarde la apacible Frances Conroy, amable esposa; la extraviada Jessica Lange y su secretaria Chloé Sevigny, y la «pesada» Tilda Swinton, en una de las escenas más burlonas, y duras, de todo su viaje. Un viaje que no es, como en otras tantas road movies, la habitual jornada de revelaciones sin mayor orden ni jerarquías, sino un tránsito de lo caótico a lo íntimo, de lo indiferenciado a lo subjetivo, de lo intercambiable (las mujeres en su vida) a lo único. Un viaje pacificador.



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