Del presente al pasado, perdido entre mujeres

Espectáculos

«Flores rotas» (« Broken Flowers», EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir.: J. Jarmusch. Int.: B. Murray, S. Stone, J. Lange, C. Sevigny, F. Conroy, T. Swinton y otros.

Fue Godard quien dijo una vez que toda película debe tener un principio, un desarrollo y un final, aunque no necesariamente en ese orden.

Algunas corrientes del cine contemporáneo, además de interpretar literalmente esa boutade, a veces van más allá; por ejemplo, omitiendo alguna de esas partes.

Si el espectador no opone resistencias, por ejemplo, a imaginar el pasado de un personaje, o a presumir solamente las motivaciones que lo llevan a cometer determinados actos, más difícil le resulta, en cambio, que se lo deje sin una respuesta clara a una intriga, que se vea obligado a conjeturar un desenlance. Es difícil, por cierto, pero en algunos casos, como el de esta película, salir del cine arrastrando la misma duda de su protagonista, la misma angustia, puede llegar a darle -quizá- una perspectiva más rica a su travesía que el mero final feliz.

«Flores rotas», el nuevo film de Jim Jarmusch («Stranger Than Paradise», «El camino del samurai»), lleva como protagonista a Bill Murray, que no está perdido en Tokio sino entre mujeres, presentes y pasadas (una desorientacióno más abismal aun). El nombre de su personaje subraya, intencionadamente, la metáfora que lo sostiene: Don Johnston, frecuentemente confundido en la película con «Don Johnson», apócope inglés de Don Juan.

Pero su otoñal seductor está en las antípodas del modelo: Don Johnston salta de mujer en mujer no por afán de conquista sino por simple desconsuelo. Inexpresivo, sentado en el amplio sillón de su lujosa casa frente al gran televisor de plasma donde sólo ve cine clásico (mientras la última de sus mujeres, Julie Delpy, da un portazo con furia), es la representación misma de la soledad.

Sin embargo, habrá un disparador de lo impensado en su vida, el motor del film: una carta (sobre y papel rosas), escrita por una antigua amante de manera anónima, donde le comunica que es padre de un adolescente de 19 años que ha partido en su busca. En un primer momento, la sorpresa lo deja impávido (en realidad, esa será su expresión permanente), pero, y ese es el auténtico nervio del film, su existencia habrá cambiado de raíz. Convencido y asesorado geográficamente por un vecino que es su opuesto absoluto (familia numerosa, jovial, etc.), Don Johnston sale también a la ruta para hallar a la mujer en cuestión, la dama de rosa.

Más allá del pulso y la mirada de Jarmusch para manejar dramáticamente ese viaje, «Flores rotas» no sería lo que es sin los ojos, los gestos, la voz y la frágil solidez de Murray, un actor colosal, capaz de crear un mundo desde el registro de su casi inexpresividad. Lo intenso de su persona dramática transforma el mundo que se percibe a través de él.

Y la galería de esos fugaces y olvidados amores, casi veinte años más tarde, tampoco sería lo que es sin la mirada de Murray, que tamiza locuras y uniforma excentricidades o simples lejanías en una única, silenciosa y resignada aceptación. Así, van desfilando una tras otra: Sharon Stone, magnífica y hasta sensata viuda (que recupera el papel de mujer en lugar de monstruo comehombres), junto con su inefable hija Lolita (otro nombre tan bizarramente decidido como el del protagonista).

Más tarde la apacible Frances Conroy, amable esposa; la extraviada Jessica Lange y su secretaria Chloé Sevigny, y la «pesada» Tilda Swinton, en una de las escenas más burlonas, y duras, de todo su viaje. Un viaje que no es, como en otras tantas road movies, la habitual jornada de revelaciones sin mayor orden ni jerarquías, sino un tránsito de lo caótico a lo íntimo, de lo indiferenciado a lo subjetivo, de lo intercambiable (las mujeres en su vida) a lo único. Un viaje pacificador.

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