6 de diciembre 2006 - 00:00
D.H. Lawrence instó a su propia esposa a engañarlo
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D. H. Lawrence y su mujer Frieda: durante la tuberculosis e impotencia del novelista, éste
habría contratado un carabinero italiano para que tuviera sexo con su esposa y ser testigo
de ello.
D. H. Lawrence y su mujer Frieda: durante la tuberculosis e impotencia del novelista, éste habría contratado un carabinero italiano para que tuviera sexo con su esposa y ser testigo de ello.
Según Bevilacqua fue Lawrence, abrumado por la imposibilidad de colmar los deseos más carnales de su esposa, quien lanzó a Frieda en brazos del carabinero. «Imaginemos lo que significa una mujer en su plenitud con un marido que se convierte en impotente, ella no puede soportarlo, pero él tampoco. David sugiere a su mujer la idea de practicar con Angelo la búsqueda del Nirvana. El diseño de Lawrence es lúcido: cuando él ya no puede satisfacer a Frieda se busca un doble», dice Bevilacqua.
Es así como Lawrence se convierte en voyeur. Espía a su esposa y al amante mientras dan rienda suelta a la fogosidad que él ya no tiene. El marido mirón recupera los bríos de la prosa igualmente extraviada. De las escenas robadas a los amantes y de los relatos de Frieda obtiene la inspiración que le faltaba. Surgen así las primeras líneas de la hoy celebrada «El amante de lady Chatterley», novela que en 1981 fue llevada al cine, protagonizada por la holandesa Silvia Krystel.
Mientras Lawrence miraba sin ser visto, el joven Angelo, sostiene Bevilacqua, era consciente de que los ojos del marido traicionado se posaban sobre sus cuerpos cuando yacía con Frieda. «Lo sabía muy bien. Cuando lo comprendió comenzó a secundar al escritor con veneración. Notaba que éste, en la última parte de su vida, tenía necesidad de tener sexo aunque fuera a través de quien más amaba. Sabía que David se escondía para verlos y escuchar lo que decían», dice Bevilacqua, quien llega a afirmar que Lawrence incluso le ordenaba a Frieda lo que debía hacer con el carabinero.
La verdadera relación entre los dos hombres, marido y amante, tampoco está muy clara. Las palabras que el propio Lawrence le dedicó a Angelo dan pie a una ambigüedad sexual un tanto confusa. En uno de sus escritos, por ejemplo, dice de Angelo: «Su cuerpo era perfecto para encerrar mi psiquis de sexo mental. Basta ver como él porta su cuerpo, como camina delante de mí. Es su mente la que lo impuso a caminar y aparentar y yo amo su mente». Según cuenta Bevilacqua, Lawrence solía seguir a Angelo: «En sus cartas describe como lo vigila, como se sentía atraído por él porque lo sentía como su doble», explica.
«A través de tu cuerpo» descubre que pese a que el marido la impulsaba y consentia hacía que su esposa pagara por ello, la insultaba, la amenazaba con un cuchillo y la maltrataba brutalmente para hacerle expiar la traición. Tal vez porque sabía que la infidelidad era inevitable y prefería dirigirla para sentirse menos humillado, menos prescindible como hombre y como marido. El propio Ravagli fue en ocasiones testigo de esas escenas violentas y degradantes para todos.
El extraño trío se separó cuando la tuberculosis comenzó a minar los frágiles pulmones de Lawrence y el matrimonio abandona Spottorno y se traslada a la Costa Azul francesa en busca de un clima más benigno que palíe los efectos de la enfermedad.
Las últimas palabras que Lawrence le dedicó a Angelo a modo de despedida son bastante elocuentes acerca de lo que ha sucedido en Villa Bernarda: «A través de tu cuerpo, amigo mío, he encontrado la última vida del mío; a través de tu cuerpo, Frieda, he encontrado el último esplendor de los sentidos que tú has vivido a través del cuerpo de Angelo; y a través de mi cuerpo, vosotros habéis dado a los vuestros el sentido de un Dios que, si se lo pedimos, adquiere sustancia en el todo que es deseo de amor», dice antes de marchar a Francia.
Lawrence, que debía adivinar la cercanía de su muerte, deja escritas palabras premonitorias: «Los dos se marcharán juntos y vivirán en un país extranjero». Y así fue. Tras la muerte del escritor -el 2 de marzo de 1930 en Vence, Francia, a los 45 años de edad-, Angelo se divorció de su primera mujer, Serafina Astengo, para casarse con Frieda. La pareja se unió en EE.UU. y se trasladó después a México. Pero ni siquiera la muerte separó al trío. Así lo cuenta Bevilacqua: «Después de la muerte de Lawrence, Angelo se marchó a la Costa Azul donde el escritor inglés y Frieda habían vivido. Hizo exhumar el cuerpo de David, cogió sus cenizas y volvió a atravesar el océano para llevarlo a la nueva casa del matrimonio en México. Ellos continuaban amándose, mirando las cenizas de Lawrence colocadas en un sagrario y hablándole. De este modo podían probar el fuego, el ascenso de la pasión que habían encontrado».


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