6 de diciembre 2006 - 00:00

D.H. Lawrence instó a su propia esposa a engañarlo

D. H. Lawrence y su mujer Frieda: durante la tuberculosis e impotencia del novelista, éstehabría contratado un carabinero italiano para que tuviera sexo con su esposa y ser testigode ello.
D. H. Lawrence y su mujer Frieda: durante la tuberculosis e impotencia del novelista, éste habría contratado un carabinero italiano para que tuviera sexo con su esposa y ser testigo de ello.
Cuando en 1928 David Herbert Lawrence alumbró «El amante de Lady Chatterley», considerada obra maestra de la literatura erótica, la novela escandalizó tanto que fue inmediatamente censurada y secuestrada por obscena, y a su autor le costó la expulsión de Inglaterra y de EE.UU. En su propio país no se levantó el veto a su prohibición hasta 1961 -sólo en la primera semana de su publicación se vendió un millón de ejemplares- cuando D.H. Lawrence difícilmente podía saborear el éxito porque llevaba ya tres décadas muerto.

Lo que no se sabía en aquellos años, y seguro hubiera turbado aun más a la puritana sociedad anglosajona de la época, era que las impúdicas páginas de «El amante de Lady Chatterley» tenían un trasfondo absolutamente real. Cuando Lawrence narraba la historia de una joven, Constance Reid, que se revolcaba en los establos con el guardabosques que había contratado su marido porque éste, Sir Clifford Chatterley, se había vuelto paralítico e impotente de la Primera Guerra Mundial, estaba escribiendo en realidad la infidelidad de su propia esposa, la noble alemana Frieda Lawrence, con un carabinero italiano, Angelo Ravagli.

Ahora el escritor italiano Alberto Bevilacqua, quien durante años ha seguido la pista del rocambolesco triángulo amoroso, resucita y devela el verdadero trasfondo de «El amante de lady Chatterley» en la novela «A través de tu cuerpo». Y lo hace basándose en las conversaciones que mantuvo con Ravagli, el amante ya fallecido, y en las 5000 cartas que Lawrence escribió en vida.

El joven Ravagli, casado y con tres hijos, se cruzó en la vida del matrimonio Lawrence en 1925. David Herbert y Frieda Lawrence se habían trasladado a vivir a la localidad de Spottorno, en Liguria, una región del noroeste de Italia. Se instalaron primero en una pequeña hostería para enseguida alquilar una Villa, de nombre Bernarda y propiedad de una familiar del futuro amante de Frieda. Así se conocieron y comenzó a fraguarse un extravagante relación entre los tres.

Buscando la verdad, Bevilacqua viajó hasta Spottorno y se encontró con que la casa donde habían vivido los Lawrence estaba a punto de ser vendida y derruida. Logró dar también dar con Ravagli y comenzar a preparar el libro.

Cuando Lawrence llegó a Spottorno, con 30 años, la tuberculosis había hecho ya estragos en su salud y lo había dejado, como al paralítico personaje de su novela, incapacitado para mantener relaciones sexuales. Además, había entrado en una profunda crisis creativa y había perdido la pasión por escribir.

D. H. Lawrence y su mujer Frieda: durante la tuberculosis e impotencia del novelista, éste habría contratado un carabinero italiano para que tuviera sexo con su esposa y ser testigo de ello.

Según Bevilacqua fue Lawrence, abrumado por la imposibilidad de colmar los deseos más carnales de su esposa, quien lanzó a Frieda en brazos del carabinero. «Imaginemos lo que significa una mujer en su plenitud con un marido que se convierte en impotente, ella no puede soportarlo, pero él tampoco. David sugiere a su mujer la idea de practicar con Angelo la búsqueda del Nirvana. El diseño de Lawrence es lúcido: cuando él ya no puede satisfacer a Frieda se busca un doble», dice Bevilacqua.

Es así como Lawrence se convierte en voyeur. Espía a su esposa y al amante mientras dan rienda suelta a la fogosidad que él ya no tiene. El marido mirón recupera los bríos de la prosa igualmente extraviada. De las escenas robadas a los amantes y de los relatos de Frieda obtiene la inspiración que le faltaba. Surgen así las primeras líneas de la hoy celebrada «El amante de lady Chatterley», novela que en 1981 fue llevada al cine, protagonizada por la holandesa Silvia Krystel.

Mientras Lawrence miraba sin ser visto, el joven Angelo, sostiene Bevilacqua, era consciente de que los ojos del marido traicionado se posaban sobre sus cuerpos cuando yacía con Frieda. «Lo sabía muy bien. Cuando lo comprendió comenzó a secundar al escritor con veneración. Notaba que éste, en la última parte de su vida, tenía necesidad de tener sexo aunque fuera a través de quien más amaba. Sabía que David se escondía para verlos y escuchar lo que decían», dice Bevilacqua, quien llega a afirmar que Lawrence incluso le ordenaba a Frieda lo que debía hacer con el carabinero.

La verdadera relación entre los dos hombres, marido y amante, tampoco está muy clara. Las palabras que el propio Lawrence le dedicó a Angelo dan pie a una ambigüedad sexual un tanto confusa. En uno de sus escritos, por ejemplo, dice de Angelo: «Su cuerpo era perfecto para encerrar mi psiquis de sexo mental. Basta ver como él porta su cuerpo, como camina delante de mí. Es su mente la que lo impuso a caminar y aparentar y yo amo su mente». Según cuenta Bevilacqua, Lawrence solía seguir a Angelo: «En sus cartas describe como lo vigila, como se sentía atraído por él porque lo sentía como su doble», explica.

«A través de tu cuerpo» descubre que pese a que el marido la impulsaba y consentia hacía que su esposa pagara por ello, la insultaba, la amenazaba con un cuchillo y la maltrataba brutalmente para hacerle expiar la traición. Tal vez porque sabía que la infidelidad era inevitable y prefería dirigirla para sentirse menos humillado, menos prescindible como hombre y como marido. El propio Ravagli fue en ocasiones testigo de esas escenas violentas y degradantes para todos.

El extraño trío se separó cuando la tuberculosis comenzó a minar los frágiles pulmones de Lawrence y el matrimonio abandona Spottorno y se traslada a la Costa Azul francesa en busca de un clima más benigno que palíe los efectos de la enfermedad.

Las últimas palabras que Lawrence le dedicó a Angelo a modo de despedida son bastante elocuentes acerca de lo que ha sucedido en Villa Bernarda: «A través de tu cuerpo, amigo mío, he encontrado la última vida del mío; a través de tu cuerpo, Frieda, he encontrado el último esplendor de los sentidos que tú has vivido a través del cuerpo de Angelo; y a través de mi cuerpo, vosotros habéis dado a los vuestros el sentido de un Dios que, si se lo pedimos, adquiere sustancia en el todo que es deseo de amor», dice antes de marchar a Francia.

Lawrence, que debía adivinar la cercanía de su muerte, deja escritas palabras premonitorias: «Los dos se marcharán juntos y vivirán en un país extranjero». Y así fue. Tras la muerte del escritor -el 2 de marzo de 1930 en Vence, Francia, a los 45 años de edad-, Angelo se divorció de su primera mujer, Serafina Astengo, para casarse con Frieda. La pareja se unió en EE.UU. y se trasladó después a México. Pero ni siquiera la muerte separó al trío. Así lo cuenta Bevilacqua: «Después de la muerte de Lawrence, Angelo se marchó a la Costa Azul donde el escritor inglés y Frieda habían vivido. Hizo exhumar el cuerpo de David, cogió sus cenizas y volvió a atravesar el océano para llevarlo a la nueva casa del matrimonio en México. Ellos continuaban amándose, mirando las cenizas de Lawrence colocadas en un sagrario y hablándole. De este modo podían probar el fuego, el ascenso de la pasión que habían encontrado».

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