13 de octubre 2005 - 00:00

"Días de furia"

Sean Penn interpreta, en «Días de furia», al hombre que quiso atentar contra la vida deRichard Nixon.
Sean Penn interpreta, en «Días de furia», al hombre que quiso atentar contra la vida de Richard Nixon.
«Días de furia» («The Assassination of Richard Nixon», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: N. Mueller. Int.: S. Penn, N. Watts, D. Cheadle, J. Thompson, M. Williamson y otros.

El título de este film para su distribución en el país apunta a establecer un vínculo con «Un día de furia» (1993), aquel drama de límites que mostraba cómo un ciudadano pacífico (Michael Douglas), harto de un entorno agobiante y hostil, podía transformarse en un loco violento y peligroso.

Sin embargo, es distinto lo que le ocurre aquí a Sam Bicke (Sean Penn). Su caso es el que la psiquiatría define como «erostratismo». Eróstrates fue un griego tan frustrado como sediento de fama, por lo cual decidió incendiar el templo de Afrodita, en Efeso, para cobrar notoriedad. A Bicke le ocurre algo parecido.

Su ex esposa (Naomi Watts) desea con ansiedad la salida del divorcio; su jefe en la mueblería donde trabaja sin convicción intenta en vano, día tras día, contagiarle un espíritu vendedor que no tiene; está distanciado de su hermano por razones serias, y el crédito que pide a un banco para salir a flote con una empresita independiente, asociándose a Bonny (Don Cheadle), a quien lo une una amistad de tantos años, se posterga indefinidamente. Desde hace tiempo no tiene sexo y el único día que se le ocurre flirtear con una clienta, ésta lo rechaza y su jefe lo castiga. Si hay algo que pueda justificar su existencia o, mejor aun, magnificarla, es un acto colosal. Piensa: ¿qué acto podría, a los ojos de gran parte del país a principios de los '70, convertirlo en instantáneo héroe? Bicke no tiene dudas: matar al gran mentiroso, al padre de todos los males, asesinar a Richard Nixon.

El film de Niels Mueller, se nos informa, parte de un hecho real, aunque el libro modeló el papel de Bicke con más de un rasgo de ficción. Sean Penn debe afrontar un compromiso bastante difícil, ya que perdedores de esta naturaleza, obviamente, no sólo son incapaces de despertar simpatía, sino tampoco comprensión (hasta el forajido Douglas podía llegar a generar una implícita complicidad, admitida o no, en la platea).

Penn
es un actor rico en recursos, que también aquí da con la tonalidad apropiada, aunque -estrella no controlada por el director- también comete algunos excesos. Su explosión de ira en la mueblería parece, por ejemplo, un número de lucimiento del Actors Studio, tanto que está a un paso de parecerse a Ulises Dumont o a Lito Cruz cuando se enojan. Sobre esta base, con el empuje que Penn le da al personaje, el previsible trámite de esta historia de frustraciones, cuyo final también se conoce de antemano (a menos que se ignore que Nixon no fue asesinado), puede hacerse más o menos llevadero. Pero no mucho más.

Dejá tu comentario

Te puede interesar