29 de junio 2005 - 00:00

Digna rival de la versión de los '50

Entre tinieblas: Tim Robbins, Dakota Fanning y Tom Cruise escudriñan a los extraterrestresen «La guerra de los mundos», de Steven Spielberg.
Entre tinieblas: Tim Robbins, Dakota Fanning y Tom Cruise escudriñan a los extraterrestres en «La guerra de los mundos», de Steven Spielberg.
«La Guerra de los Mundos» (War of the Worlds, EE.UU., 2005, habl. en inglés) Dir.: S. Spielberg. Int.: T. Cruise, J. Chatwin, D. Fanning, T. Robbins, M. Otto.

En 1898, H.G.Wells ideó la primera invasión extraterrestre de la literatura como metáfora pacifista sobre la soberbia del hombre civilizado de aquellos tiempos previos a la Primera Guerra Mundial. En la novela, todos los inventos belicistas como los carros blindados y la artillería pesada eran inútiles ante una fuerza inhumana que igual que sus víctimas humanas, valían menos que las bacterias y microbios.

No se puede saber la opinión de Wells sobre la memorable «Guerra de los mundos» dirigida por Byron Haskin, producida por George Pal en 1953, pero sus herederos quedaron tan satisfechos que le pidieron a Pal que adapte «La máquina del tiempo». Visualmente deslumbrante, con efectos, fotografía y hasta sonido estéreo muy adelantados a su época, el guión no podía no distorsionar las ideas de Wells para adaptarlas a la Guerra Fría, con sacerdotes empuñando su cruz contra los marcianos y los militares manejando la situación, siempre listos a atomizar al enemigo rojo.

Si bien tal esquema era mitigado por la resistencia invencible de los marcianos, el accionar de las bacterias recién hacía efecto cuando Ann Robinson y Gene Barry rezaban con la mayor devoción en una iglesia a punto de ser borrada del mapa. Wells imaginó adelantos tecnológicos de un nivel mucho más visionario que su rival Julio Verne, pero nunca le importó el gadget futurista en sí mismo, sino sólo como medio para reflejar los problemas contemporáneos a través de sus distopías pesimistas, violentas y sórdidas.

Ese pesimismo está presente en la nueva adaptación de «La guerra de los mundos» que borra todo buen recuerdo de esos marcianitos buenos de «E.T.» y «Encuentros cercanos del tercer tipo». El impecable prólogo con las palabras casi exactas del primer párrafo de la novela original sirve para empezar con el clima adecuado. La breve excusa para el conflicto terrícola (Cruise es un pésimo padre divorciado que debe hacerse cargo de sus dos hijos un fin de semana) es un buen truco para presentar los primeros signos de la invasión que ya está teniendo lugar en sitios tan apartados como Ucrania.

Spielberg
parece haber vuelto a recordar a su descubridor, Rod Serling, que en su «Dimensión desconocida» aprovechaba cualquier relato fantástico para enfrentar al público con angustiantes asuntos sumamente reales. Quizá por eso sus muchedumbres fugitivas pueden matar para hacerse de un auto que funcione, y el héroe que lo conduce ni piensa en socorrer a nadie más que sus hijos.

El mismo
Tom Cruise comete un crimen a sangre fría, que luego se demuestra gratuito, estúpido e inutil. Este tipo de escena oscura como nada que haya filmado antes Spielberg (exceptuando quizá los momentos realmente duros de «La lista de Schindler» y «Rescatando al soldado Ryan») son las que convierten a la nueva película en un digno rival del clásico de 1953.

Por supuesto,
«La guerra de los mundos» de Spielberg no puede no ser un gran espectáculo con ciudades arrasadas, multitudes aniquiladas, ejércitos diezmados y toda la gama del cine catástrofe desparramada a lo largo de los vertiginosos 116 minutos de proyección. Autos, trenes, aviones, tanques, muchísimos peatones, y sobre todo un ferry que casi le gana al Titanic de Cameron son destruidos sin pausa por el ataque extraterrestre. Casi no hay chistes (salvo el susto de un alien ante una bicleta, brillante gag «E.T.» en medio de una tensión espantosa), y hasta John Williams compuso una partitura que por primera vez en años no suena como sus bandas de sonido de siempre.

La fotografía de
Janus Kaminsky tiene mucho más que ver con sus ya clásicas masacres y genocidios de la Segunda Guerra que con las criaturas jurásicas y mundos futuros de otros trabajos para Spielberg. En cambio, los efectos visuales del eterno ganador del Oscar Dennis Muren, junto al no menos talentoso artista digital argentino Pablo Hellman, se aproximan al asunto de un modo mucho más sutil y original de lo esperado.

En su despliegue de efectos especiales, la película no sólo es sumamente fiel a la novela de
Wells, sino también al concepto del director de mostrar un horror de gran escala enfocando el detalle chico de la visión limitada de personas ordinarias que no paran de huir como ratas haciéndose daño unos a otros.

Nadie mejor que
Tom Cruise para poner el rostro a este muchachito deleznable que en el momento más cruel del film se asocia momentáneamente con el desesperado sobreviviente Tim Robbins. Su trabajo es lo suficientemente intenso y personal como para satisfacer al espectador tan exigente como para esperar gran calidad actoral en una película del director de «E.T» y «Jurassic Park».

Los fans de la producción de Pal sólo recuerdan a Ann Robinson por ser la que recibe una palmadita de una mano de tres dedos, y del mismo modo la pequeña Dakota será recordada en este film aullando en el reflejo del ojo marciano que la busca en un sótano siniestro. Y verlo a Cruise cubierto de las cenizas de sus vecinos pulverizados se aleja bastante de la imagen arquetipica del chico de «Jerry Maguire».

En todo caso, Ann Robinson y Gene Barry aparecen homenajeados justo antes del final, cuando el talentoso narrador Morgan Freeman vuelve a darle el tono justo al último párrafo del texto escrito por H.G.Wells en 1998, cuando igual que ahora, seres civilizados querrían exterminarse entre sí, olvidando que siguen siendo los microbios los que dominan la tierra.

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