19 de febrero 2003 - 00:00

Dispar antología de cuentos policiales

Osvaldo Aguirre y otros «Escritos con sangre. Cuentos argentinos sobre casos policiales», Bs.As., Norma, 2003, 215 págs.)

La literatura policial es un género recurrente en la narrativa argentina, sostiene Sergio Olguín, prologuista y editor de esta dispar antología, y agrega que «cada escritor que se anima con un relato policial tiene detrás a Borges y a Walsh» y que su rica tradición se puede remontar al cuento «La pesquisa» de Paul Groussac, sino a «El matadero» de Esteban Echeverría. Esa literatura ha sufrido la permanente obsesión de nuestros escritores de pretender ser novedosos y «utilizar las reglas del género para transgredirlas». Acaso eso ha hecho que no surgiera ningún personaje fuerte, un comisario como Maigret (Simenon) o investigadores como, para mencionar sólo clásicos, Holmes (Conan Doyle), Dupin (Poe), Poirot (Agatha Christie), el Padre Brown (Chesterton), Continental Op (Hammet), salvo que se considere como tal a don Isidro Parodi, aquella travesura con que se divirtieron Borges y Bioy Casares. Sin ir más lejos, la literatura chilena cuenta con las novelas policiales del investigador Here-dia, creado por Ramón Diaz-Eterovic, que han conquistado un mercado internacional. Esta ausencia en nuestra letras no es porque faltaran modelos, el comisario Meneses (se puede encontrar aún en librerías de viejo «Meneses contra el hampa») en su tiempo lo fue, y hasta contamos con un comisario que no se cansa de escribir atrayentes obras de este tipo, Placido Donato.

La propuesta a ocho escritores y un intruso fue escribir un cuento policial basado en un hecho real ocurrido en el país. Eligió cuatro rosarinos: Angélica Gorodischer, Osvaldo Aguirre, Juan Martini y Elvio Gandolfo, tres bonaerenses Vicente Battista, Pablo de Santis, Carlos Gamerro y Juan Sasturain, y el intruso Enrique Sdrech, periodista al que deberían haberle avisado que su pobre relato del caso de la misteriosa muerte de unas primas en una bañera ya habia servido de base para la magnífica novela «El agua electrizada» de C. E. Feiling. Sólo Juan Sasturain y Carlos Gamerro se atreven con casos de gran difusión, uno con el asesinato de Marcelo Cattáneo, el otro, el de «Poli» Armentano, felizmente lo hacen desde una perspectiva intimista evitando el panfleto. Hay en otros un despliegue de variados recursos. Battista, para un crimen por venganza, utiliza el modelo «falso documental». Martini maneja con habilidad el estilo de «testimonio de interrogatorios». De Santis que, en «La marca del ganado», uno de los mejores cuentos, juega con los casos de vacas que aparecian muertas desde la mirada de un testigo, y da con un sólido personaje: el comisario Baus. Lo peor de Aguirre es que no llega a estar cerca de Quentin Tarantino. Gorodischer ratifica su talento a través de un asesino que confia su crimen. Con buscada insolencia Gandolfo comienza confesando como, a partir de la propuesta, empezó a buscar en los diarios y no encontró nada interesante pero, casualmente, descubrió que era mejor contar de una estafa; su relato es un logro de forma y contenido.

Dejá tu comentario

Te puede interesar