Una de las pocas imágenes que puede captar el espectador
cuando no está ocupado en empujar paredes con la cara
pintarrajeada, sortear obstáculos en la oscuridad o aburrirse
mortalmente.
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Ese tiempo se divide en tres «juegos», previa espera en el guardarropas, ya que hay que estar ligero para «jugar». El primero requiere que los más de 500 espectadores se alineen en una tediosa fila aguardando ser divididos en equipos. Todo está empezando, y se conserva todavía la curiosidad, sobre todo teniendo en cuenta que a cada uno se lo ha munido de un delantal y se le ha pintarrajeado la cara. El «juego» consiste en empujar una pared y derribar con largas vigas una gran rueda que cuelga del techo. Y esto se repite unas cuatro veces.
Tras veinte minutos de « momento lúdico», apagan las luces y todo se transforma. La idea, explícita, es crear caos y confusión con espacios laberínticos, ruidos ensordecedores, corridas de hombres desnudos, transporte de ataúdes, brazos y piernas de maniquíes arrojados hacia los espectadores, a incesante sonido de bocinas y sollozos de bebé, todo esto en la oscuridad. Por si alguien no comprende la intención, hay papeles pintados con leyendas como
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