«Siete años de matrimonio» («7 ans de mariage», Francia, 2003; habl. en francés). Dir.: D. Bourdon. Int.: D. Bourdon, C. Frot, J. Weber, Y. Duffas.
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L a fecha de vencimiento de la pasión en el matrimonio fue establecida por Billy Wilder y Marilyn Monroe en «La comezón del séptimo año» (plazo que, según los casos, podría ser demasiado optimista o demasiado pesimista). El médico Alain, respetable ginecólogo, ronda más o menos esa cantidad de años de casado cuando empieza a sufrir los inequívocos síntomas de la comezón.
Son otros tiempos, desde luego; ya no hay, como detonante, una rubia platinada de faldas flotantes sobre el respiradero del subte, sino cualquier rubia vulgar que acomode su equipaje en el tren suburbano. La comezón viene acompañada por sus habituales efectos secundarios, a la manera de una segunda adolescencia: revistas eróticas ocultas entre libros, varios sitios web de adultos en Favoritos bajo el nombre de una carpeta respetable, algunos videos pornográficos. Cuando su mujer, Audrey, le encuentra una revista y lo descubre espiando a la joven vecina de enfrente en ropa interior, Alain decide consultar su caso con un sexólogo amigo.
Su hipótesis no es infrecuente entre cuarentones: el ginecólogo supone que su libido es volcánica pero que su esposa ni siquiera se acuerda ya dónde quedan los genitales. Pero la tesis del sexólogo es diferente: Alain no sólo no debería ocultar más sus fantasías sino compartirlas con su esposa. La tarea es encontrarle el punto D (ya no el obsoleto G), un sector poco especificado donde radica el deseo y la depresión, y que hay que saber estimular para mantenerlo siempre en la primera de las variantes.
El film de Didier Bourdon, que dirige y actúa el protagónico de Alain, es un típico exponente de la comedia de boulevard, pero actualizada a los años de la globalización sexual (la liberación es cosa del pasado: la globalización es el sexo entreverado con el mercado). Es divertido y a veces muy chispeante; hay dos escenas que harán desternillar al público, la del teléfono celular y la del chihuahua, y tiene subrayados sociales agudos, como la costumbre de mezclar la visión de videos pornográficos con la lectura de Michel Houellebecq, o la temerosa visita a un restaurante de «swingers» por parte de quienes luego enfurecen de celos cuando empiezan las propuestas.
También es irregular: la inclusión del personaje del cuñado gay y sus amigos travestis sólo estira innecesariamente la trama, y también ciertas previsibilidades que, sin embargo, no empañan la diversión. M.Z.
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