27 de marzo 2008 - 00:00

Divertido film para neuróticos asumidos

Adam Goldberg, Julie Delpy y su padre (también en la vida real) Albert Delpy en «2 díasen París».
Adam Goldberg, Julie Delpy y su padre (también en la vida real) Albert Delpy en «2 días en París».
«2 días en París» («2 days at Paris», Francia, 2007; habl. en ing. y fr.). Dir.: J. Delpy. Int.: J. Delpy, A, Goldberg, D. Brühl, A. Delpy, A: Jodorowsky y otros.

Hace ocho años, Julie Delpy formó parte del Jurado del 16ª Festival de Cine de Mar del Plata. Durante la presentación de sus integrantes, en el escenario del Auditorium, ella parecía estar en otro planeta: a un lado, poco integrada con sus compañeros, miraba con extrañeza, o fastidio, a su alrededor, y mascaba compulsivamente un chicle con la expresión de «¿qué hago encima de este kayak?». La actriz de «Blanc» de Kieslowski no parecía sentirse demasiado a gusto. Ahora, la visión de su film «2 días en París» (que dirigió, escribió, protagonizó, editó, etc.) modifica un poco aquella imagen no muy halagüeña: no es que Delpy se sintiera así sólo en Mar del Plata sino que le ocurre lo mismo en todas partes. Y en especial, dentro en una relación de pareja, si vamos a tomar por cierto que los avatares sentimentales, afectivos y eróticos de su película son, como dicen, fuertemente autobiográficos.

Antes de continuar se impone una salvedad: su película, presentada hace dos años en Cannes y desde entonces definida (lugar común de la crítica) como la comedia moderna de una Woody Allen femenina, sobreabunda en humor. Y si bien eso es más saludable que la mera queja existencial, el problema es esa maniática obsesión porque nunca falte humor. Tanto lo hay que por momentos se vuelve denso, sintomático, y termina por recordar la compulsión a mascar chicle sobre el escenario, y hasta se asemeja a la conducta de esos pesados que, en una reunión, no pueden dejar de hacer un chiste en los momentos menos oportunos.

Así, para ocultar la angustia de su alter ego Marion, una fotógrafa parisiense que viene de pasar unos días en Venecia con Jack (Adam Goldberg), su actual novio norteamericano, Delpy levanta un enorme andamiaje de situaciones humorísticas, en tanto que para expresar esa angustia sólo se reserva, a la manera de confesiones de diván, una recurrente voz en off que intenta interpretar qué cosas le ocurren a su personaje. Allí reside la principal falencia del film: el humor y la angustia no son, como en Allen, expresiones simultáneas de un mismo discurso, sino que van por vías separadas.

Marion y Jack, después de ese paseo veneciano, se establecen «dos días en París» en el mismo edificio de los padres de ella ( interpretados, de paso, por sus propios padres en la vida real). En ese tiempo, para dar cuenta de sus inmadureces afectivas, sus problemas con el compromiso, su inconstancia, sus infidelidades e inseguridades, etc., el guión se vale de esa trama de situaciones alocadas y cáusticos apuntes sociales y culturales donde nada falta: el racismo del francés de clase baja, los resabios del mayo francés (hasta descubrimos que la madre de Marion se acostó con Jim Morrison), el snobismo de los artistas plásticos, la amenaza del terrorismo, las costumbres idiotas de los turistas norteamericanos, los celos y, en especial, las abismales diferencias entre una francesa y un neoyorquino. Hay momentos logrados, sin duda, pero la película (que termina mucho antes de terminar) no pasa de ser un entretenido pasatiempo para neuróticos asumidos.

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