«Amor ciego» («Shallow Hal», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: B. y P. Farrelly. Int.: G. Paltrow, J. Black, J. Alexander, J. Viterelli, R. Kirby y otros.
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Del día a la noche, el su perficial Hal (Jack Black) se convierte en un Quijote de los años fashion: su mirada transforma las poco agraciadas Aldonsas en espectaculares Dulcineas, y se enamora perdidamente de la gorda Rosemary, una bondadosa mole rubia a quien él ve con el rostro y el cuerpo estilizado de Gwyneth Paltrow. A su lado también tiene un Sancho Panza: su amigo Mauricio ( Jason Alexander, de la serie «Seinfeld»), quien con enojada rebelión de sentido común intenta quitar la venda de sus ojos.
Pese a su nombre de computadora, Hal no puede entender cómo la grácil Rosemary devore casi medio local de fast food sin que semejante dieta afecte su figura, y mucho menos que las sillas acostumbren a ceder bajo un peso tan angelical. Y, como Mauricio, tampoco entienden las hermosas mujeres, a las que en vano solía perseguir Hal, su novedosa inclinación por esa tonelada en pollera. Les intriga lo que sólo podría ser explicado como una claudicación o una perversión que aflora.
Los más maliciosos, sus compañeros de trabajo, se escandalizan doblemente: Rosemary es la hija del gerente general de la empresa, y allí suponen que tamaño sacrificio espiritual y carnal sólo responde a sus ambiciones de ascenso. Sin embargo, el responsable de sus actuales elecciones es un gurú mediático, que le lavó la cabeza y le abrió los «ojos del alma».
A diferencia de Hal, «Amor ciego» es mucho menos superficial de lo que podría parecer. Se trata de un cruce entre el humor desencajado, idiota y a veces monstruoso de los hermanos Farrelly («Tonto y retont o», «Loco por Mary», «Irene, yo y mi otro yo») con la comedia clásica y moralizante hollywoodense, un híbrido que en este film funciona a la perfección.
Si el guión amaga con ser el típico vehículo cómico con un mensaje contra la discriminación por obesidad o discapacidad (propósito insospechable en el cine de sus directores), la acumulación de elementos grotescos, que no se limitan al sobrepeso sino que hasta llegan a introducir un personaje con «cola de perro», terminan burlando, siempre con falsa inocencia, el mensaje que presuntamente se pretende exponer y, en general, a todo el cine mensajístico. Mucho más sutil y, tal vez por eso, menos satisfactoria para quienes esperan de los Farrelly un producto que los regocije -como habitualmente- en lo soez, «Amor ciego» no vacila en transitar por territorios como la piedad, el orgullo herido y los paraísos artificiales de una felicidad sólo sustentada en la alucinación.
Justamente, uno de los mejores diálogos se produce casi hacia el final, entre Hal y Mauricio, cuando ambos tratan de definir qué es la felicidad (a la manera de los Farrelly, desde luego), y si es válida o no cuando su objeto no se acomoda a la realidad.
Desde luego, esto no significa que su cine haya virado a lo trascendental o que los Farrell y, en un giro similar al de Hal, se hayan convertido en predicadores de buenas intenciones: la autoparodia, a través del sarcasmo o el grotesco (que no es lo mismo que lo grosero, como en sus películas anteriores), reprime cualquier insinuación de una seriedad que les resultaría cursi.
En ese sentido, el producto final se asemeja a un Buñuel de bajas calorías (valga la contradicción, considerando a la protagonista), repleto de «freaks» y réplicas rápidas e ingeniosas de serie de TV, y diseñado según los estándares de aceptación ajustados al público al que va dirigido.
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