16 de febrero 2010 - 10:42
El arte argentino aún está lejos de su techo
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El colombiano Fernando Botero es uno de los mayores exponentes de Sudamérica.
En Sothebys, una pintura de Andy Warhol realizada en 1962, «200 One Dollar Bills», histórica para el arte americano, trepó desde su conservadora estimación, que oscilaba entre 8 y 12 millones de dólares y se vendió en 43,7 millones. Warhol brindó impulso a los récords pagados por obras en papel o esculturas de Jean Dubuffet, Willem de Kooning, Bruce Nauman y Jackson Pollock.
Como se sabe, el ánimo comprador, al igual que el desánimo, es contagioso en las ventas.
Latinoamérica
Entre tanto, todo indica que las cotizaciones del arte de nuestra región proseguirán su lento y trabajoso ascenso. La dura trayectoria está documentada en los registros de los remates neoyorquinos dedicados a Latinoamérica, que acaban de cumplir 30 años de existencia. Si se analizan esos números, se advierte el abismo que se abre entre el Norte y el Sur. Basta cotejar los 43, 7 millones de dólares pagados por un cuadro de Warhol y los más de 100 por Giacometti, con los poco más de 30 millones obtenidos en las ventas de Christies y Sothebys por alrededor de 500 obras de arte latinoamericano. Dicho de otra manera: medio millar de obras de nuestro arte no alcanzan el precio de una pintura de Warhol.
Cabe aclarar, que a pesar de estas diferencias que ya son históricas, las subastas de noviembre del arte de Latinoamérica fueron exitosas, los totales superaron los de los últimos años. El valor más alto, 2,4 millones de dólares, se pagó en Sothebys por una pintura del chileno Roberto Matta, «Endless Nudes», de su época más buscada, casi tan buena como la que tuvo que vender nuestro Malba, para pagar los impuestos que gravan la importación del arte que disfrutamos todos.
El inefable Botero conquistó, con una exuberante figura femenina de bronce recostada y fumando en un parque, a un comprador que pagó por ella 1,1 millón de dólares (mucho menos de lo que costó la Evita realizada por un artista casi desconocido, que está frente a la Biblioteca Nacional). Se celebraron algunos récords, pero lo más destacable de estos remates fue el arte de Brasil. Nuestros vecinos están tan poderosos que se cansaron de ofertar de a 10.000 dólares, y para acelerar el ritmo de la subasta comenzaron a apostar de a 100.000. Con este entusiasmo, un «Relieve» de Sergio Camargo realizado en 1964, que estaba estimado entre 350.000 y 450.000 dólares, acabó por rematarse por 1,5 millón.
A través de estas experiencias es posible conjeturar que los valores de los artistas de Brasil van a incrementarse, y que los de los latinoamericanos, en general, deberían subir.
En plan de augurar tendencias, casi se puede afirmar que los valores del arte argentino -salvo que medie alguna inesperada catástrofe- nunca van bajar.
Teniendo en cuenta la calidad de sus obras, nuestros artistas están muy lejos aún de su techo. Sencillamente, los valores del arte argentino son absurdos, más bajos que los de Uruguay y Brasil, para no hablar de los mexicanos que llevan la voz cantante.
Argentinos
¿Y cómo escalar posiciones, cuándo la sociedad global impone una competencia feroz? Los primeros pasos en este sentido son muy recientes. El apoyo institucional del Museo de Arte Moderno de Nueva York, espacio de consagración y legitimación por excelencia, se concretó cuando en nuestra feria arteBA, sus delegados compraron obras de Eduardo Stupía y León Ferrari. En Pinta, la Feria neoyorquina de arte latinoamericano, la Tate Gallery de Londres adquirió un trabajo del argentino Horacio Zavala, el Museo de la Universidad de Harvard un Víctor Grippo y resultó llamativo que dos museos, el Museo Tamayo y el Bellas Artes de Boston, hayan comprado obras de Liliana Porter, además del David Lamelas que se llevó también el Tamayo.
Este año el Museo de Bellas Artes de Houston le compró a Kosice su «Ciudad Hidroespacial», pero las cifras logradas por nuestro artista en las subastas son ínfimas todavía, como las de casi todos los argentinos. Basta decir que ninguno ha logrado llegar al millón de dólares, y que ese monto parece todavía lejano.
Con el afán de insertar nuestro arte en el circuito internacional, más allá de haber despertado el interés algunas instituciones, que van en aumento, en estos últimos años se han hecho bien los deberes. Surgieron coleccionistas activos, que además de comprar arte, aprendieron a tejer relaciones con sus pares y con quienes saben cómo se construye la carrera de un artista; el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sancionó la Ley de Mecenazgo, y se publicaron centenares de libros dedicados al arte.
Por otra parte, hay algo importante que ofrece el arte argentino ante los ojos saciados de los circuitos internacionales que lo han visto todo. En estos últimos años se abrieron numerosos espacios comerciales en todo el país (Cultura pasajera, La Punta, Sapo, Oz, Mitte, Miau Miau, Chez Vautier), colmados de artistas que recién se asoman al mercado con su energía, la diversidad de su arte y un oficio pulido, a pesar de su juventud.



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