Las pinturas realizadas en vinilo y los objetos de plástico aparecen con un insospechado
esplendor en la muestra de Rafael González Moreno.
Appetite y 713 Arte Contemporáneo, que en estos días presenta los paisajes de Leila Tschopp, son algunos de los espacios alternativos surgidos en estos últimos años que suman atractivos a la enérgica, plural y creciente actividad artística de Buenos Aires.
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Appetite, dirigido por la joven artista Daniela Luna, se inauguró el año pasado en un pequeño local de San Telmo, y atrajo velozmente la atención de varios coleccionistas que determinaron con su apoyo la suerte del emprendimiento. Luna, al igual que Fernanda Laguna de Belleza y Felicidad, sabe suplir carencias con ingenio y tiene un concepto expandido y flexible del papel que puede cumplir una galería en el complejo contexto del arte porteño.
Más allá de ser un espacio de exhibición y venta, Appetite se ha convertido en hogar, taller o lugar de encuentro sin horario fijo para albergar -en parte-, la inmensa cantidad de artistas (Martín Legón, Yamandú Rodríguez, Juliana Iriart, Yanina Szalkowicz o Nicanor Aráoz, entre otros) que hoy producen obras de gran interés. Profundizando el modelo con audacia, el mes pasado, Luna también hizo crecer su espacio y abrió una enorme sala de exposiciones en la calle Venezuela. La nueva Appetite se inauguró con «Casi», una sofisticada instalación de la isla de fantasía de Ariel Cusnir, y «Toddy en media hora» de Rafael González Moreno.
El estilo particular de Appetite coincide con la estética y el tema que aborda González Moreno, artista que luego de vivir en el rigor de un país nórdico europeo, regresó a la Argentina. La muestra rescata el dulce imaginario de la infancia, pero cargado de cierta ansiedad que se traduce en el ritmo frenético de luces, destellos y colores.
González Moreno es un joven de la época del Toddy decidido a sacar de su letargo infinidad de recuerdos enraizados en la memoria, y a recrear la estética peculiar que conformaban las marcas, envoltorios y juegos de su ayer. La obra resulta excesiva, escenográfica, ornamental, las pinturas realizadas en vinilo y los objetos de plástico aparecen revestidas de insospechado esplendor. Una imaginación ampulosa, acompaña el viaje hacia atrás en el tiempo y potencia la velocidad de las gigantescas «batallas navales» o los autos de juguete con brillos relucientes.
La pretensión de testimoniar el pasado resulta un gesto ingenuo. Como si tuvieran autonomía propia, las obras terminan por configurar un universo cercano al de los flippers, a la aceleración tecnológica y la glotonería del presente.
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