El viernes pasado el Teatro Colón tenía un aspecto diferente, arreglos florales por doquier, inmensos banderines que resaltaban que «las argentinas son las más lindas el mundo»; la misma afirmación se podía llevar a casa en forma de imán para la heladera. Para reafirmar lo internacional del acto en conmemoración del Día de la Mujer, en el hall convidaban champagne chileno. En el interior de la sala, diferentes sectores del público cantaba sus estribillos acompañados con sonoros silbatos de referí. Lo que se dice una fiesta popular.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Las periodistas Mona Moncalvillo y Fanny Mandelbaum fueron las relatoras de un particular desfile de trajes del Teatro, en un desarrollo que destacó cualidades femeninas: el despiste y la improvisación. Por caso: ellas hacían el relato de las cualidades «art noveau» del espléndido vestuario de Mini Zuccheri para «La Viuda Alegre» cuando en la escena estaba «Carmen», y así en varias ocasiones. Los trajes eran espléndidos y la idea realmente atractiva, pero los resultados fueron discutibles.
Especialmente emotivo fue el reconocimiento a las diez mujeres destacadas de la Cultura Argentina, a las cuales se les entregó una escultura que evoca a Julieta Lanteri (la primera sufragista y defensora de la liberación femenina). Dos mujeres de merecido reconocimiento estaban ausentes: la excelente pianista Martha Argerich, por conciertos en el exterior, y Tita Merello, por razones de salud y edad. Su premio fue recibido por el compositor Ben Molar. También estuvieron ausentes la fotógrafa Annemarie Heinrich y la guionista Aída Bortnik. Las que estuvieron: la actriz Cipe Lincovski que agradeció con impostado poema; la pianista Pía Sebastiani, que reclamó por más intérpretes argentinos en el Colón; la coreógrafa y bailarina Esmeralda Agoglia y la actriz Lydia Lamaison, que con 88 años, fue la más optimista de todas.
Las dos premiadas más aplaudidas son mujeres emblemáticas por la dedicación en conseguir alimento y techo para los desposeídos: Margarita Barrientos, impulsora de comedores populares; y Mónica Carranza, que en sus hogares llamados «Los Carasucias» alimenta, educa y protege a chicos de la calle (dos de ellos la acompañaron, sus miradas sorprendidas por el ámbito suntuoso fue lo más emotivo de la noche).
La presentación de la Orquesta Sinfónica Femenina tuvo un carácter más simbólico que artístico. Probablemente sea cierto que es una experiencia inédita la conformación de un organismo integrado exclusivamente por mujeres, pero para un mejor resultado musical tal vez hubiera sido necesario dedicarle algunas horas más de ensayos. Tampoco convenció la directora brasileña Ligia Amadio. Al Beethoven de «Fidelio» le faltó carácter, y los números de «Carmen» fueron atractivos por la presencia de Virginia Correa Dupuy, de brillante actuación. La Sinfonía N° 4 Italiana de Félix Mendelssohn estaba bien estructurada pero débilmente declamada.
El últimamente muy de moda cuarteto Los Nocheros fue calurosamente recibido y sus voces tapadas por los aullidos de aprobación después de dicha la frase «te digo adiós y acaso te quiero todavía...». Triunfadoras del canto popular unieron sus voces alternando las frases del poema de Eladia Blázquez, en un arreglo de Lito Vitale para la invitativa canción «Honrar la vida». Ataviadas como para entonar con el Colón (de largo y de negro) cantaron Estela Raval, Violeta Rivas, María Graña, Valería Lynch y Soledad.
Dejá tu comentario