"El diablo viste a la moda"

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«El diablo viste a la moda» (The Devil Wears Prada, EE.UU., 2006, habl. en inglés). Dir.: D. Frankel. Guión: A. Brosh McKenna sobre novela de L. Weisberger. Int.: M. Streep, A. Hathaway, S. Tucci, E. Blunt, S. Baker, A. Grenier.

Burbujeante del principio casi hasta el fin, es decir ingrávida y efímera, esta comedia que demoniza amablemente a la industria de la moda debe su atractivo a la vertiginosa exhibición de zapatos y ropa de firmas famosas. Pero por sobre todas las cosas, a Meryl Streep. Lástima que aunque ella encabeza los créditos y su personaje es el más nombrado y temido, está mucho menos en pantalla que la verdadera protagonista Anne Hathaway.

A poco de llegar a Nueva York, Andy Sachs (Hathaway) se presenta a una entrevista de trabajo confiada en las notas sobresalientes que obtuvo en la carrera de periodismo que acaba de terminar. Allí, empieza por darse cuenta de que desde el portero en adelante se la mira con auténtica sorpresa y hasta hay quien se le ríe en la cara; a causa de su aspecto, como es fácil comprender con sólo observar -y escuchar lo que se cuchichea- alrededor. Pronto se entera también de que el puesto al que aspira es el de segunda asistente personal de Miranda Priestly, la editora en jefe de la revista que marca el paso de la moda en Estados Unidos y el mundo, y que en ese universo Miranda es Dios. O el diablo, como se prefiera. Esto último lo deja perfectamente claro el revuelo aterrorizado que desata la frase «¡llega Miranda!» gritada por Emily, la primera asistente, a quien la novata a su vez debería asistir.

Contra todo pronóstico -a juzgar nomás por la mirada divinamente incrédula que le dedica Streep cuando al fin se digna a advertir su presencia-, Andy consigue el puesto, pasa a llamarse simplemente «la nueva Emily» y a soportar todas las humillaciones y órdenes atrabiliarias habidas y por haber.

El proceso de banalización de Andy (acompañado de transformaciones físicas y un fuerte deterioro de su integridad moral según le reprochan sus aburridísimos allegados) va de entretenido a muy gracioso cuando Meryl Streep está presente en la escena, y hasta que el guión se pone inexorablemente sentencioso en un viaje de ambas a París, que por suerte está al final.

Dirigido con conocimiento de causa por David Frankel (el de «Sex and the city», con el apoyo fundamental para el caso de Patricia Field, la vestuarista de la misma serie), el film tiene el ritmo que le conviene a la liviandad general y una buena dirección de los actores que no son Meryl Streep. Su magnífica villana está tan en otro registro que se podría jurar que lo compuso como a ella se le dio la gana. Y lo bien que hizo.

En cuanto al resto, si bien Anne Hathaway tiene una frescura bastante convincente, no sólo Streep le roba las escenas compartidas, sino que también lo hacen Stanley Tucci, como el levemente amanerado y mortalmente ácido segundo de Miranda, y Emily Blunt, como la primera asistente ya devastada física y emocionalmente por su sádica jefa y «un trabajo que un millón de chicas matarían por tener», según el slogan interno de la publicación.

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