3 de febrero 2004 - 00:00

El espíritu crítico de Goya recorre provincias argentinas

El espíritu crítico de Goya recorre provincias argentinas
Víctor Hugo, figura emblemática del romanticismo literario de Francia, aboga por lo grotesco y lo feo, lo deforme y lo horrendo, como componentes indisociables del arte, junto a lo bello y lo armonioso, lo impoluto y lo digno. Estas afirmaciones son de 1827, un año antes de la muerte de Goya en Burdeos.

El programa del escritor francés ya había sido desarrollado por el artista español: nadie, como Goya, supo entonces romper los esquemas compositivos heredados del Renacimiento, y sepultar la aspiración por la Belleza. Más que en «Los caprichos» (1799), y más aún que en esa desgarradora tela «Los fusilamientos del 3 de Mayo» (1814), Goya estremece al contemplador en las aguafuertes «Los desastres de la guerra», serie de 80 grabados que se presentan en el Teatro Auditorium de Mar de Plata, continuando el proyecto de federalizar el patrimonio de Museo Nacional de Bellas Artes, organizado en 1997. Fueron expuestos hace dos años en Neuquén.

En el genio original de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) se anticipan el Romanticismo, pero también el espíritu crítico de la Modernidad. La amarga visión de su tiempo y sus comentarios irónicos acerca de las costumbres populares, en la serie «Caprichos», cobran una fuerza singular en la serie «Desastres de la guerra», y luego en las pinturas negras que ejecutó, entre 1819 y 1822, en los muros de su quinta de las afueras de Madrid, y que hoy se exponen en el Museo del Prado.

Hospitales y manicomios, escenas de canibalismo y de tortura, lluvias de animales, cielos poblados de brujas y bestias, visiones de la escoria humana, estampas de la miseria, la violencia y la injusticia de los poderosos, se suceden en estas obras formidables, una de las cuales resume, con su título, la perspectiva conceptual y artística de Goya: «El sueño de la razón engendra monstruos». Es que no hizo Goya sino incorporar la lucidez y la clarividencia de la razón a su imaginativa sensibilidad.

Por eso, sus dibujos y sus pinturas nada tienen de fantástico, ni de diabólico, ni de pesimista, ni de satírico, que no tuviera la sociedad y el mundo de entonces. El dibujo precede al lenguaje hablado y lo dota de escritura. El hombre se expresa antes por el dibujo que por la voz; la mano, que servirá al ser humano para realizar los gestos -precursores del lenguaje hablado-, se había ya adelantado a crear otro elemento para comunicarse: el de las imágenes pintadas en las cavernas (Cuevas de Altamira hace 20.000 años).

La gráfica, primer medio de comunicación y significación de la humanidad, terminó subordinada a la pintura y a la escultura. De ellas pasó a ser antecedente preparatorio: el fresco, la tela, la estatuaria y la arquitectura, que eran proyectadas a través del dibujo.Distintos elementos concurrena su emancipación: el uso del papel, que se generaliza a comienzos del siglo XV (en sustitución de la tabla de cera y el pergamino); el empleo de materiales como la carbonilla, la sanguina y la tiza, que acrecientan las posibilidades gráficas, sumándose a la pluma (animal o vegetal) y a las puntas de plata y de plomo; la mejora de las tintas; y el recurso a la aguada junto a la utilización de los pinceles.

Los bocetos, las ilustraciones anatómicas y las caricaturas contribuyeron a la emancipación del dibujo a partir del siglo XVI. Su independencia, que se irradia desde la Toscana hacia toda Italia y Europa, se desenvuelve hasta el punto de que llega a ser considerado el fundamento de las artes visuales. Leonardo le asigna un lugar esencial en la pintura, porque lo considera como «medio de conocimiento». Estas ideas se ven definitivamente afirmadas en el XVII y el XVIII, gracias a una praxis que, con el talento creador y la pericia técnica de grandes artistas va generando una gran variedad de formas.

La obra de
Goya empieza en Zaragoza, y en sus inicios está orientada hacia la temática religiosa. Trabajó para la Real Fábrica de Tapices de Madrid, donde comenzó a diseñar cartones con escenas costumbristas, en un estilo rococó tardío, que respondía al gusto cortesano de la época. La ascensión de su carrera se produce hacia 1780, cuando es designado miembro de la Academia de Bellas Artes San Fernando.

Posteriormente fue pintor del rey
Carlos III (1786) y pintor de Cámara (1788) en la Corte. La sordera que había adquirido en 1792 -tras una grave enfermedad-, marca una nueva etapa. La derrota de Trafalgar da a Napoleón la ocasión de intervenir en la política de la corte española. En 1807 tropas francesas penetran en España y el Rey abdica a favor de su hijo. Pero Fernando VII es destituido por Napoleón, quien corona a su hermano José Bonaparte.

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