Todos, en realidad, son sólo cinco. Y la película, que deja pasar el rato, es de ese tipo de teatro picante llevado al cine, que ha llenado el mundo y los bolsillos de sus productores, con mínimo empleo de locaciones.
Prácticamente todo pasa en el living y la cocina de un departamento, durante una corta noche. Cada tanto, apenas, hay algún plano de sus adyacencias, sobre todo de los edificios vecinos, donde se congregan los curiosos, con silla y prismáticos. Nada más. Incluso, si se quiere, es bastante inocente, comparado con lo que puede verse en los teleteatros de la tarde.
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