24 de agosto 2001 - 00:00

"El fin de la Guerra Fría no terminó con mis obras"

Londres - En una oportunidad, John le Carré dijo que aunque la Guerra Fría hubiera terminado hace tiempo, sus ficciones seguirían vivas en la medida en que existan políticos mentirosos y terroristas asesinos. «¿Cómo impedir la corrupción en la política si algunos editores lo son?», ironizó también. « Días atrás, un editor me rogó que escribiera un comentario de buena voluntad sobre un libro que había publicado.Y de inmediato, como entre paréntesis, me sugirió que la misma buena voluntad la aplicaría con mi siguiente novela

Graham Greene, su admirado autor, registra en su historial una de las anécdotas más insólitas de Hollywood. En su etapa de crítico cinematográfico, Greene fue demandado por la Fox por haber hecho una apreciación negativa sobre Shirley Temple: ya no lo habitual, la presión publicitaria al medio, sino lisa y llanamente una querella judicial. Por supuesto, no prosperó.

De la admiración de Le Carré hacia Greene, a quien, sin embargo, siempre consideró «un niño, políticamente hablando» nacieron un libro primero y, ahora, una película dirigida por John Boorman, «El sastre de Panamá» (se estrenó ayer en la Argentina), que protagonizan Pierce Brosnan, en las antípodas de James Bond, Geoffrey Rush, casi en la piel de un personaje de Alec Guinness, Jamie Lee Curtis y, como actor invitado, el famoso dramaturgo Harold Pinter.

La participación de Pinter tiene, asimismo, su explicación. «El sastre de Panamá» está directamente inspirada en una de las más famosas (y perfectas) novelas de Greene, «Nuestro hombre en La Habana», donde junto con Guinness aparecía otro notable dramaturgo en el elenco, Noel Coward. La trama, si bien no igual, se apoya en los efectos que puede tener, a altas escalas, un fraude: en «Nuestro hombre...», los servicios de inteligencia británicos «compraban», literalmente, algo que suponían un secreto militar del enemigo comunista, pero que sólo era el diseño de una sofisticada aspiradora. En «El sastre...», la «venta» tiene otras particularidades, aunque el fraude no es menos intenso: no se trata de una aspiradora sino de un movimiento político.

Con la caída de la Unión Soviética, Le Carré empezó a recibir varias cartas de lectores con distintas intenciones. Algunos lamentaban que se le hubiera acabado ese privilegiado contexto de inspiración; otros, más cínicos, le preguntaban: «¿Y ahora, qué va a hacer?

«Es un absurdo», sonríe. «Nada ha cambiado, más allá del enfrentamiento de dos bloques monolíticos, lo cual representa un gran alivio desde mi punto de vista. Pero en la medida en que los políticos sigan mintiendo, y los países produciendo terroristas demenciales, mi literatura seguirá estando viva». «El sastre de Panamá», que especula con el destino que le podrían dar las autoridades locales al canal recién recuperado, es un ejemplo.

Desde 1960 a 1964,
Le Carré trabajó para el servicio exterior británico. En el pasado, no quería acordarse del tema y se refería, vagamente, a ciertas tareas que realizó en Bonn. Pero más tarde empezó a hablar más claro cuando la prensa lo acusó de haber delatado a algunos compañeros de universidad de tendencias izquierdistas.

«No puedo tener una posición clara sobre este punto porque no se puede describir el contexto en el que ocurrieron. Pero aun si así fuera, aun si todo lo que se dice es cierto, no sé si constituiría de verdad una acción desafortunada, considerando la cantidad de gente que fue contratada por el gobierno en la universidad y que terminaron siendo traidores a su país.»

Le Carré, eso sí, siempre sostuvo que jamás hizo algo que repugnara a su conciencia. «En aquellos años, mucha gente hizo cosas que, si bien desde cierto punto de vista podrían considerarse moralmente negativas, de todos modos eran necesarias. La gente suele pasar por alto el contexto en que ocurrieron», termina.

Le Carré suele trabajar en sus libros como siempre lo ha hecho: empieza a escribir a las 6 de la mañana, y en voz alta. Le dicta a su amanuense, su segunda esposa, Jane, con quien está casado desde 1972, y la única que de la pareja conoce el manejo de la computadora. También dice que nunca fue más feliz, políticamente, que en las elecciones británicas cuando Tony Blair derrotó a John Major.

Esta posición, desde luego, no sorprenderá a los lectores de
«El sastre de Panamá», donde formula una dura condena al establishment y sus instituciones. En ese sentido, a veces rescata esa «niñez política» de Graham Greene (el primer elogio que recibió «El espía que vino del frío» provino de él), cuando dice que la infancia es el mejor crédito que un escritor puede poner en su balanza.

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