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20 de julio 2007 - 00:00

El fin de un humor lúcido y fecundo: murió Fontanarrosa

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Roberto Fontanarrosa, creador de «Inodoro Pereyra, el renegáu» y «Boogie, el aceitoso», que nacieron en la revista «Hortensia» en 1972.
En los últimos meses, años inclusive, Roberto Fontanarrosa venía soportando una de las peores cosas que pueden ocurrirle a un hombre en vida: ser testigo presencial de sus propias honras fúnebres. El desenlace -un paro cardíaco, ayer en Rosario, a los 62 años-, fue el colofón de esa infrecuente enfermedad que sobrellevó durante tanto tiempo, la esclerosis lateral amiotrófica, que terminó por paralizarle por completo el brazo derecho y sentenciarlo sin fecha fija, pero no lejana. Nadie lo ignoraba, y como tal, como exequias en vida, se percibieron tantos de los homenajes, ceremonias, actos y tributos ( incluida su participación en el Congreso de la Lengua), que se empezaron a encadenar apenas su estado de salud se hizo público. Como toda persona inteligente, Fontanarrosa nunca fue un sentimental, y esa fortaleza lo llevó, aunque cada vez con mayores dificultades de desplazamiento, a concurrir a todos ellos.

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«Era domingo y el parto había sido normal, salvo por un detalle: el bebé resultó negro y canalla». En su propia página web, así describió su nacimiento el 26 de noviembre de 1944, en Rosario. Como otros autores populares, para Fontanarrosa el fútbol, identificado con Rosario Central, fue uno de sus mayores fervores, y esa pasión le inspiró sus mejores cuentos.

La otra, base de su humor, fue la irresistible inclinación hacia la parodia y los juegos de palabras (características que lo convirtieron desde mediados de los '70 en «colaborador creativo» de Les Luthiers). Dos de sus personajes más notorios nacieron a raíz de la ingeniosa deformación de dos géneros típicos: el gauchesco (Inodoro Pereyra), y -afinidad compartida con tantos de su generación- la novela negra norteamericana (Boogie el aceitoso).

Aparecido por primera vez en la legendaria revista cordobesa «Hortensia», en 1972, Boogie respondía allí que no había visto «Harry el sucio», película de moda por aquellos años, porque «detestaba las historias de amor». Inodoro Pereyra, el «Renagáu», con la Eulogia y el perro Mendieta, aparecen por primera vez en la misma época y en la misma publicación que fundó Alberto Cognini, y en la que también surgieron, o se afianzaron, sus cogeneracionales Caloi, Brócoli, Lolo Amengual y Crist.

Córdoba, y poco después también Lobos, en la provincia de Buenos Aires, fueron sedes de varios Congresos Internacionales de la Historieta, con una fuerza que se fue perdiendo durante los 80 y transfigurando, casi definitivamente durante los 90, en direcciones distintas. «Robaba descaradamente a Hugo Pratt», confesaría divertido, años más tarde, Fontanarrosa. Hoy se le roba mucho más al animé japonés.

  • Carrera

    La carrera del humorista, después de su bautismo en «Hortensia» (previamente, sólo había publicado algunos trabajos esporádicos en revistas rosarinas, incluyendo un «agente secreto» a lo James Bond, con algunas características proto-Boogie), se asienta definitivamente en los '70, cuando todavía no había cumplido los 30 años. En «Satiricón», de Andrés Cascioli, empezó a trabajar a pleno la parodia: publicó historietas basadas en cuentos de Borges, o en películas, o en novelas populares.

    Ese placer va a desembocar, en 1981, en la publicación de la extensa novela «Best Seller» (tal el nombre del protagonista, un agente secreto), cuyo efecto literario terminó -como dictaminó alguna vez Borges- siendo víctima de su propia trampa: llegaba un momento, durante la lectura, en que se volvía imposible diferenciarla de los modelos a los que supuestamente le estaba haciendo burla. La novela fue publicada por Pomaire y reeditada, a mediados de los 80, por Daniel Divinsky en Ediciones De La Flor. Le siguieron «El área 18» y «La Gansada».

    «Mengano», «Chaupinela» y desde luego «Humor Registrado» fueron algunas de las revistas de humor de los 70 y 80 donde colaboró de manera destacada. En 1973 se incorporó a la contratapa de «Clarín», donde permaneció hasta hace pocos meses, cuando la parálisis le impidió seguir dibujando, aunque mantuvo el espacio asistido por Crist.

    De la Flor había difundido también, desde los 70, las compilaciones en formato de libro de «Inodoro» y «Boogie». También en esa editorial aparecen, en 1982, el primero de sus libros de cuentos, «El mundo ha vivido equivocado». seguido por «No sé si he sido claro», «Nada del otro mundo», «Uno nunca sabe», «El mayor de mis defectos» y «La mesa de los galanes». El último alude a la costumbre que tuvo, durante años, de reunirse semanalmente con sus amigos en el famoso bar El Cairo de Rosario, más tarde reemplazado por otro, «La sede». Hoy, por «Canal 7», saldrá al aire una nueva adaptación de sus relatos en el ciclo «Cuentos de Fontanarrosa».

    La atrofia física a la que lo redujo su enfermedad nunca afectó su lucidez. Apenas dos días atrás, compartió un asado con amigos y hasta dictó parte de un nuevo cuento. Lo internaron al día siguiente en el Sanatorio Centro, donde murió por la tarde. La Secretaría de Cultura de la Nación llamó al de ayer día de duelo para la cultura nacional, y en Rosario, por primera vez, canallas y leprosos se unieron en un mismo sentimiento.
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