26 de octubre 2021 - 00:00

El “lado B” del siempre severo José Ingenieros

Una nueva biografía de Mariano Ben Plotkin echa luz en lo menos sabido de su carrera.

plotkin. “Una capacidad superlativa, pero también un poco chanta”.
plotkin. “Una capacidad superlativa, pero también un poco chanta”.

Hasta ahora, José Ingenieros era la borrosa imagen de un intelectual emblemático de comienzos del siglo XX, un médico ítalo-argentino de ideas avanzadas sobre la sexualidad, el amor, el lugar de la mujer, y que fue “maestro de la juventud. En la biografía “José Ingenieros, el hombre que lo quería todo” (Edhasa), Mariano Ben Plotkin realiza una extraordinaria investigación de la vida del autor de “El hombre mediocre”, que le llevó siete años, derribando la leyenda tradicional pero humanizándola. Desinfla el mito del pensador progresista, del científico adelantado a su tiempo y descubre al bon vivant y el trepador. Plotkin es Licenciado en Economía (UBA), Doctor en Historia (California, Berkeley), profesor en Tres de Febrero, y ha publicado, entre otras obras, “Freud in the Pampas”, “Argentina on the Couch”, “Los saberes del Estado”, “Estimado Dr. Freud”. Dialogamos con él

Periodista: ¿Ingenieros fue el intelectual que marcó la Argentina de comienzos del siglo XX?

Mariano Ben Plotkin: Fue un hombre que tenía la cualidad de ubicarse, tanto intelectual como socialmente, en los límites de lo posible. Principalmente con sus ideas sobre la sexualidad, que eran muy novedosas, y sus aproximaciones a la historia de la sociología que fueron innovadoras. Tenía una enorme capacidad para subirse a olas que existían, como el latinoamericanismo, y volverse su portavoz, aun cuando dos años antes en Estados Unidos había estado hablando de panamericanismo. Tenía una especial habilidad de reposicionarse, de reciclarse, para ubicarse en una posición central en los espacios en los que quería estar.

P.: Un liberal festejado por el “círculo rojo” y elogiado por los comunistas.

M.B.P.: Lo de los comunistas es posterior a su muerte; lo que rescatan es su adhesión a la revolución soviética. Adhesión a lo que él interpretaba que era la Revolución Soviética: una revolución reformista que se parecía bastante al fascismo, con un sistema de representación funcional y un gobierno de técnicos. Un liberal que se aproxima a la Unión Soviética, que representaba al cientificismo, admirador de Sarmiento y maestro de Aníbal Ponce, a los comunistas les vino muy bien en la década del 30. Fue una apropiación de la figura de Ingenieros que nada tiene que ver con lo que Ingenieros pensaba, basta leer “El hombre mediocre”.

P.: Usted dice “lo quería todo”, fue, entre otras cosas, médico, psiquiatra, sociólogo, criminólogo, “maestro de la juventud” y editor.

M.B.P.: Le fue fundamental ser editor porque le permitía armar los debates que quería, posicionarse como le antojaba y quedarse con la última palabra. En un debate con Paul Groussac no le da posibilidad de respuesta, como era el dueño de la revista cerraba el debate cuando le daba la gana. Publicaba cosas que Groussac le había pedido que no publique. En esa época tener una revista o una colección de libros ponía en una situación de poder enorme. Y él toda la vida estuvo publicando cosas. La colección La Cultura Argentina, uno de sus grandes proyectos editoriales, fue precursora de lo que Boris Spivacow iba a hacer cincuenta años después con el Centro Editor de América Latina y con Eudeba, eso de poner libros en los kioscos a dos mangos. Yo rescato su carácter de gestor cultural, de pionero, de difusor de la cultura nacional, que es lo más relevante, más que sus ideas, excepto algunos destellos de genialidad que tuvo.

P.: Usted deja traslucir que fue un ensayista prolífico y un chanta porteño…

M.B.P.: Y sí… si se calcula la cantidad de horas que vivió y la cantidad de cosas que escribió no cierran los números. Se fue a Europa un año y escribió 60 artículos, 6 libros, dio 50 conferencias. Es imposible. De los 60 artículos 40 tienen títulos muy parecidos. Tenía una capacidad de lectura enorme, pero un poco apresurada. Una capacidad de trabajo y una inteligencia superlativa, pero con un componente chanta. En el medio se quería casar con la hija de Roca. Tenía una vida muy intensa, dormía 4 horas, fumaba a lo bestia, supongo que por eso murió joven. Era ambicioso, hiperkinético. Eso no le impedía pasarla bien. Era un bon vivant. Hace un enorme esfuerzo por integrarse a las elites locales, cosa que logra a medias porque siempre va a ser el tano, el advenedizo. Pone en práctica toda una serie de estrategias para entrar al Jockey Club, que le cuesta muchísimo, para entra a la Academia de Medicina, que nunca entra, para tener una cátedra en la Facultad de Medicina, que nunca tiene, para tener cargos altos en la función pública, que no los logra. Su trayectoria tiene un montón de claroscuros. Y su capacidad de integrarse dentro de la élite, tanto técnica estatal como social, tiene sus límites. Solo al final de su vida logra que lo admitan en algunas instituciones. Un papel muy importante en eso lo tiene la masonería, de la cual su padre era Grado 33, porque era una de las pocas instituciones de sociabilidad que atravesaba las clases sociales. El único lugar que un tipo como Ingenieros se podía encontrar con Bartolomé Mitre era en el templo masónico. La Masonería le permite acceder a una serie de gente, los Roca, los Mitre, que de otro modo hubiera sido inaccesible para él.

P.: ¿Qué queda hoy de Ingenieros?

M.B.P.: Creo que, paradójicamente, es “El hombre mediocre”. Todos mis alumnos lo habían leído, admirado. Lo que es curioso es qué se entiende de ese libro. Leído hoy es ilegible, desprecia la democracia, es profundamente racista, con cosas difíciles de digerir. De su obra científica no queda nada, ya lo decían sus alumnos cuando murió: un gran hombre, un gran pensador, pero lo que dijo quedó atrás. Aún hay quien recuerda las frases de sus “Sermones laicos”.

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