El Malba, también bullicioso en verano

Espectáculos

Al culminar la temporada 2005, la más eufórica y expansiva en la historia de las bellas artes argentinas, se acallaron las convocatorias y la actividad cesó de repente. En este inesperado y silencioso retiro, instituciones como la Fundación Proa, el Museo de Arte Moderno y el Centro Cultural Recoleta, remodelan sus edificios, se aprestan para ampliar sus actividades e inaugurar un período de esplendor.

La competencia establecida entre los museos del mundo para atraer al público y, reflejar a través de la arquitectura el protagonismo ascendente del arte y la solidez de sus colecciones y proyectos, llegó a Buenos Aires. Inaugurado en 2001, el Malba posee el mejor edificio de la ciudad y su colección de arte latinoamericano le brinda proyección internacional. Pero juega en desventaja la batalla del status edilicio. Para ampliar su sede al subsuelo, deberá entablar una nueva lucha con el Gobierno de la Ciudad, organismo que con los retrógrados argumentos de algunos legisladores, demoró y puso en riesgo su apertura. Entretanto, y mientras reina la calma que impone el verano, atrae al público con las obras que incrementan su colección.

El miércoles pasado, su día de entrada gratuita, el Malba lucía bullicioso. En las salas adyacentes al lobby se exhiben algunas de las adquisiciones, donaciones y comodatos de 2004, y en el primer piso, junto a la atractiva colección permanente (que ese día incorporó el avión de León Ferrari en comodato), las del año 2005. La selección de ambas estuvo a cargo de los curadores Marcelo Pacheco e Inés Katzestein.

• Invitados

En la sala que habitualmente se destina a los curadores invitados, se destacan, entre otras obras, una manta bordada por Feliciano Centurión y las mesas de Daniel Joglar y Leo Battistelli. Cada cual con su estilo, Joglar con elementos rudimentario como un taco de papeles de escritorio o unos palitos de helado, y Battistelli con la gracia de sus cerámicas proporcionan una sensaciónde encantamiento.

Sus obras ostentan esa condición tan difícil de definir que es la «cualidad museo», consistente en cuestiones tan diversas como la excelencia, el tamaño, la época de realización, la capacidad de resumir el estilo de un artista y el efecto que causan en el espectador. Dato -el de la calidad de las obras-, que dado el oficio legitimador de la calidad y la cotización del arte de los museos, resulta insoslayable. Por ejemplo, la obra de
Sergio Avello es perfecta, pero sus rigurosos grises no alcanza a transmitir la efusividad de sus poéticas abstracciones, ni invitan a experimentar el placer que deparan sus colores diáfanos y exquisitamente trabajados. Es decir, Avello merece estar en un museo con una obra que muestre su estilo y virtuosismo de modo más explícito y menos recatado. En el ingreso a las salas se exhibe un listado con los nombres de los donantes y de quienes las cedieron en comodato. Con este simple listado, el Malba contribuye así, no sólo a estimular el coleccionismo y la generosidad, sino también a ejercer su poder orientador sobre los valores estéticos, pues junto a la descripción de cada obra figura el nombre del donante.
Desde una perspectiva histórica y dependiendo de las políticas institucionales, el mecenazgo argentino ha tenido tantos momentos de gloria como desafortunados. En este caso, los resultados están a la vista: los nombres de
Juan y Tiny Cambiaso, Marta Fernández, Delfina Helguera,Alec y Felicitas Oxenford, Luis y Dominique-Parenti, Gabriel Werthein,-Teresa Bulgheroni, Inés y Edmundo Tonconogy, Isabel Corti Maderna, Fernando y Marcela Sánchez Zinny y el galerista Alberto Sendrós, entre otros, demuestran un positivo incremento del afán coleccionista.

Un dato interesante es el aporte empresarial, ya que entre los donantes figura el programa Matching Funds arteBA - Zurich, propuesta estratégica de la aseguradora que consistentedonar fondos a cuatro museos del país, claro, siempre y cuando aporten sumas similares o superiores para adquirir obras durante la feria.

En términos de política cultural la iniciativa merece celebrarse. Antes que nada, porque rompe la mala costumbre de los museos públicos, que en estos últimos años engrosaron sus colecciones gracias a la presión que ejercen sobre los artistas. Lo ideal no es que los artistas sean generosos por obligación, sino que sus obras se vendan.

En la sala del primer piso figuran las obras que ingresaron en 2005 y 2006, y dos inmensas pinturas de
Pablo Siquier y la foto de la histórica performance «La familia obrera» de Oscar Bony dominan la entrada. A su lado, una pintura de Daniel Ontiveros le rinde homenaje a Bony y reitera la famosa escena del Di Tella, muestra el grupo familiar que contrató el artista para que posara durante horas y así mostrar «en vivo» el espíritu de su condición social.

Como los objetivos de las adquisiciones del Malba son variados, y van desde « estimular a los artistas emergentes, contribuir al trabajo de aquellos más establecidos», hasta « incorporar referentes de la historia del arte de América Latina», la selección es heterodoxa. El resultado es que los consagrados
Luis Camnitzer, Horacio Coppola, Luis Benedit, David Lamelas, Juan Carlos Distéfano, Luis Wells, Kenneth Kemble, Eduardo Stupía, Elba Bairon y Alberto Heredia, comparten el espacio con los jóvenes Beto De Volder, Miguel Mitlag, Marina De Caro, Alejandra Seeber, Dino Bruzzone, Cristina Schiavi, Guillermo Faivovich, Ignacio Iasparra, Marcelo Grosman, Nicolás Robbio y Raúl Flores.

En suma, con este grupo por demás heterogéneo de artistas y lenguajes (fotografías, pinturas, esculturas, dibujos y objetos), reunido con la intención de enriquecer el patrimonio, el Malba supera el mal trago que significó la venta de una pintura irrecuperable de
Matta, legitima el arte que compra y, lo más interesante, es que deja entrever el inmenso abanico de posibilidades que hoy se ofrece al coleccionismo argentino.

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