El Mamba le da nueva visibilidad a obras que dormían en lo oscuro

Espectáculos

De Alberto Greco, Raquel Forner, Noemí Gerstein, Martha Boto, María Martorell, Luis Wells, Eduardo Mac Entyre y Antonio Berni, entre otros.

En la calma del verano, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires presenta un conjunto de muestras representativas de la diversidad estética argentina. Con su sede ampliada y recién restaurada y, sobre todo, con un cambio rotundo en la gestión, el Mamba viene a reparar la omisión de los funcionarios que dejaron a los artistas librados a su suerte. Hasta 2011 -y durante ocho largos años de los 64 que tiene de vida- el Museo estuvo cerrado. Justo cuando la Argentina se insertaba en el circuito internacional, 7.000 obras fueron a parar a los depósitos.

Hoy, la muestra “Una llamarada pertinaz: la intrépida marcha de la colección del Moderno”, a cargo del equipo curatorial del Museo, presenta 300 obras de más de cien artistas. Con la intención de brindar visibilidad al arte argentino y superar estas inexplicables vicisitudes, la institución ofrece una muestra que el público no se cansa de ver y recorrer. Allí están, entre las primeras adquisiciones, las de obras de Alberto Greco, Raquel Forner, Noemí Gerstein, Martha Boto, María Martorell, Luis Wells, Luis Felipe Noé, Miguel Ángel Vidal, Eduardo Mac Entyre, Antonio Berni, Jorge de la Vega y Aldo Paparella, entre muchos otros. Por primera vez y luego de 35 años el Mamba reanudó su programa de adquisiciones.

La muestra se abre con tres pintores de la década del 80, Alfredo Prior, Kuitca y Duilio Pierri, los enfrenta Sebastián Gordin, artista de los 90 a quien se suma el conceptualismo sensible de Jorge Macchi con “Música incidental”. Domina esa sala “Giro Triangular”, una escultura de Luis Terán realizada en 2015 que mide 13 metros de largo por algo más de 3 metros de diámetro. De acuerdo al punto de vista desde el cual se observe, se divisa una secuencia de triángulos equiláteros de madera unidos unos a otros. La pieza parece ir rotando y provoca la sensación de movimiento. ¿Es una escultura o una instalación? El propio artista despeja la duda actual: “La escultura contemporánea pudo separase de la instalación y recuperó su autonomía”. Dada la pluralidad de perspectivas que ofrece la obra, la tradicional firmeza del único punto de vista del espectador se quiebra en mil pedazos. Al poner en la vidriera, analizar y estudiar autores poco conocidos como Terán, junto a las celebridades que tuvieron mejor suerte, el museo cumple con su función de legitimar y consagrar el arte que exhibe. La importancia de esta muestra reside en destacar la excelencia que convalida el mercado. Este es el territorio donde se escribe la historia y libran sus batallas aquellos que tejen y destejen la gloria. Los artistas saben que su obra debe estar allí.

En la amplia galería se encuentra una obra de la serie el “Cuadro Escrito” de León Ferrari. La significativa obra ostenta la belleza de los rasgos de puño y letra, luego, habla de los textos con contenido o sin contenido, sobre las posibilidades siempre diversas de comprensión y la dificultad interpretativa. Nuestro consagradísimo artista vivió en el exilio y más que leerse, ocultos en la enmarañada trama escrita, se intuyen sus mensajes subversivos.

Una figura femenina de tamaño natural de Juan Stoppani recibe al espectador en la nueva sala. Transmite una alegría exultante del Pop y trae de vuelta la gracia formal de la década del 60, los lentes espejados, las bandas de colores y la superficie roja, los triángulos amarillos y las líneas onduladas. Detrás está el colectivo que Nicolás García Uriburu pintó a mediados de la década del 60, cuando seducido por el folclore urbano, presenta pinturas cargadas de objetos kitsch.

En la obra de Kemble, padre del informalismo, una pincelada negra se desplaza sobre la tela de gran formato. Lejos de ser un gesto suelto, es el resultado de transponer, milímetro a milímetro la pincelada. “Este accionar calculado, que magnifica y despersonaliza el gesto, preanunciaría actitudes conceptuales”, informan los curadores. Las obras de Alberto Greco profundizan un cambio de sensibilidad. De inmediato se percibe una abrupta revolución estilística. El metal de la escultura de Paparella es brillante y plateado, pero está golpeado y arrugado como un papel que no ofrece resistencia. Ha pasado a ser un objeto.

“Alberto Greco dio un paso más allá hacia la “desmaterialización” de la obra al realizar su primer Vivo Dito: rodeó al artista Alberto Heredia con un círculo dibujado con tiza sobre la calle y luego lo firmó. Así, la materia de la obra pasó a ser la vida misma. […] Renart buscó integrar la pintura con la escultura y el espacio a través de la construcción de imaginarios biológicos, anatómicos y astronómicos: seres que crecían desde el interior de la pintura y se instalaban en el exterior exhibiendo sus heridas. En sus “Cosas”, Rubén Santantonín buscó trascender tanto la pintura como al objeto, para que fuese vivido e indagado por el hombre”.

La historia global del arte registró en los principios del siglo XXI la evolución de la vanguardia argentina, fundante del resto de los movimientos abstractos que nacieron en Latinoamérica. El recorrido atraviesa el período del arte concreto y llega hasta un monumento rojo de Alberto Heredia, expresión de la violencia ejercida durante el período de la dictadura militar. Luego, la serie de bocas abiertas con las mandíbulas desencajadas, realizadas con prótesis dentales y otros materiales de desecho, están firmemente amordazadas con tiras de trapo. La visión escalofriante de la tortura se reitera una y otra vez en las lenguas mutiladas y sangrantes.

¿Cuál es el límite de violencia que puede soportar el hombre sin perder su condición humana? En los restos modelados por Norberto Gómez la identidad se diluye en el anonimato. Como un exorcista, con la misma ferocidad carnicera de los genocidas, quebrando huesos, destrozando vísceras, amasando muerte y dándole a la figura humana el mismo tratamiento que a las bestias, el artista enfrenta la dolorosa idea del martirio y se libera de las pesadillas que lo consumen. Finalmente, en el Mamba consideran que el patrimonio público es un bien común que no puede permanecer oculto y que es su deber exhibirlo.

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