25 de marzo 2004 - 00:00

El marketing de la violencia absoluta

Mel Gibson ha logrado un altísimo impacto internacional con su versión fílmica de «La Pasión de Cristo». De hecho se trata de una de las pocas películas en la historia del cine que ha desatado odios y amores enconados aún antes de su estreno en cada país. Por lo menos, son dos las preguntas centrales ante tamaño fenómeno global.

La primera es acerca de las razones que desataron esas tormentas y esa polémica mundial. La segunda pregunta debiera ser acerca de las causas y los efectos que está revelando y desatando el impacto internacional de la película de Mel Gibson.

El primer hecho evidente para quien vio la película es que la crueldad explícita es la principal herramienta expresiva elegida por el director y los productores para desarrollar su historia y subrayar sus puntos de vista acerca de la Pasión de Cristo. La película se destaca, ante todo, por la cantidad de secuencias donde los protagonistas excluyentes son el sufrimiento, el sadismo, las penurias físicas y la destrucción sistemática de los opositores o los potenciales opositores al régimen vigente.

Esa pedagogía a través del sadismo individual y colectivo es tan potente y dolorosa que se transforma en el principal mensaje de la película en la misma medida en que su potencia termina atrapando al espectador a través del uso y el abuso de las pulsiones primarias de miedo y de muerte. La película de Gibson revela también una mirada preconciliar acerca de la supuesta atribución de las responsabilidades de la muerte de Cristo, exaltando, fuera de todo contexto histórico la culpa de los judíos, cuando ya la Iglesia condenó la teoría de la responsabilidad colectiva.

De hecho, la pedagogía de la violencia absoluta que desarrolla la película -y que a veces se acerca más a las malas películas de guerra y de artes marciales que a cualquier otro tipo de estética cinematográficatermina tapando la evidencia de que no se puede aplicar al fundador de una religión basada en la Redención por el Sacrificio las reglas de responsabilidad penal que le caben al común de los mortales.

Ese abordaje sangriento para filmar la biografía de uno de los líderes religiosos más importantes de la Historia de la Humanidad nos pone también ante el peligro de la canalización extrema de la vida y el mensaje de quienes han fundado con sus valores aquello que reconocemos como civilización occidental. La historia del arte muestra hasta el cansancio que los excesos terminan por negarle a la obra su contacto con lo sublime. Y la elección de un hiper realismo sádico para definir el mensaje de la película de Gibson termina por alejar al espectador de la profundidad del mensaje que derrama el ejemplo de la vida de Jesús.

Más allá de su evidente giro ideológico integrista, la Pasión de Cristo, según la estética de
Gibson, expresa con patetismo los límites de la civilización global en la que estamos inmersos, porque parece consagrar el principio de que es necesario exagerar el recurso de convocar a los instintos más elementales para asegurar el impacto en una sociedad global atiborrada de informaciones y de estímulos. La Pasión de Cristo, por su importancia para todos los hombres, no se merece tamaña canalización. Quizas, uno de los pocos aspectos positivos de esta película sea la sensibilización del gran publico frente al sufrimiento de los seres humanos ante la tortura, la flagelación y el suplicio. Esta pasará, como tantas otras películas controvertidas, al olvido, y seguramente habrá sido un excelente negocio para sus productores.

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