20 de mayo 2008 - 00:00

El menor de los Taviani eligió a Buenos Aires

Franco Taviani, hermano menor de los famosos Paolo y Vittorio, rodará en la Argentina una película sobre los inmigrantes de su país.
Franco Taviani, hermano menor de los famosos Paolo y Vittorio, rodará en la Argentina una película sobre los inmigrantes de su país.
Afable, de buen humor, director de publicitarios (con uno de ellos ganó el León de Plata en Venecia), montajista, guionista, autor de varias biografías, director de teatro, novelista y documentalista amante de los viajes y los viñedos, Franco Taviani, hermano menor de los más famosos Paolo y Vittorio, vino al festival DerHumalc en Buenos Aires (donde ganó el primer premio) y se quedó aquí, preparando su nuevo trabajo. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Y qué es lo que se puso a hacer?

Franco Taviani: Pienso filmar algo sobre la relación de los inmigrantes italianos con la música, que fue su único lazo verdadero con la cultura italiana, ya que muchos no sabían leer pero todos cantaban. La ópera, entonces tan popular, me gusta, quiero dirigir la «Tosca» en el Colón cuando se reabra. ¿Cuándo se reabre? Tengo un fuerte amor por Buenos Aires, por su mezcla de razas y culturas. Se siente que acá, más allá de lo que digan, puede existir un futuro. Los jóvenes se lo plantean. Los italianos, en cambio, tienen pocas ganas de afrontar el futuro.

P.: Parece que varios tampoco tienen ganas de mezclar las razas.

F.T.: Hacen mal. Ahora estamos recibiendo dos migraciones muy fuertes: los europeos del Este, que se integran con relativa facilidad, porque son blancos, y los africanos. Por el momento lo único señalable es que los italianos del Norte dejaron de llamar africanos a los sicilianos. Igual los siguen llamando mafiosos, aunque la peor mafia sea la calabresa.

P.: Su documental «Forse Dio è malato» («Quizá Dios está enfermo») cierra precisamente con el drama de la migración africana.

F.T.: Los entrevistados me dicen «¿Con qué derecho impide Europa nuestro derecho a la sobrevivencia?», «Negociamos el precio de la esclavitud moderna, nos pagan para seguir aquí, o nos pagan para echarnos». ¿Qué puedo agregar?

P.: ¿Cómo surgió ese documental?

F.T.: De un libro muy fuerte de Walter Veltroni, el perdedor de la pelea electoral con Berlusconi. Me ofrecieron llevarlo al cine, me negué, pero el Africa, como sucede siempre, aferra y no deja. Recorrimos cinco países, visitamos tribunales de delitos sexuales, basurales inmensos, hoteles de lujo convertidos en mísero refugio de cientos de víctimas de la guerra, asilos de mujeres con sida, de huérfanos y chicos de la calle, y también un hogar de la ONU para ex niños soldados, autores de crímenes espantosos, que se preparan para volver a sus aldeas, donde la gente, en una ceremonia, les perdona haber matado a sus propios padres y hermanos. Vimos mucha bondad, y mucha pobreza, ignorancia, embrutecimiento, degradación. Cosas similares pasan en otras partes, pero allí son más evidentes. Es como un espejo de la humanidad. En Dakar un joven con estudios prefirió arriesgarse a volar en el tren de aterrizaje de un avión a Paris, antes que seguir una vida sin futuro.

P.: ¿Los europeos ven esa película?

F.T.: Le está yendo mejor que a Veltroni. Lo bueno es que hasta los medios de Berlusconi la elogian, y recomiendan pasarla en las escuelas. Eso que algunas cosas demasiado duras me pareció delicado ponerlas. Hay que cortar, un film se hace cortando y cortando. Como decía Ernest Hemingway, «Hoy escribí 40 líneas y dejé una. Pero en ella estaban las otras 39».

P.: Pasemos a «Una strana vacanza», sobre dos soldados ingleses protegidos por los campesinos en la Segunda Guerra.

F.T.: Eso es gracioso. Presenté en Ginebra «El puente del diálogo», sobre la reconstrucción del puente de Mosar, en la posguerra serbia, y viene un auténtico gentleman: «Me gusta su modo de contar, quisiera que filme mi historia». Fue muy lindo recorrer con él y su compañero de armas los lugares de su juventud, verlos reencontrarse con sus salvadores. Lo curioso es que el cuñado de este hombre también era director de cine.

P.: Pero él lo eligió a usted. ¿Cómo define su modo de contar?

F.T.: Sencillo, lo más ajeno posible a eso que llaman « documental de autor». Para mí es justo que todos filmen, pero hay que distinguir entre comunicación y veleidad. ¿Cuántos escriben poesías inútiles? Por suerte existen los editores de libros.

P.: A propósito, entiendo que su libro «Il tesoro» cuenta su versión del drama de San Miniato, llevado al cine por sus hermanos Paolo y Vittorio en «La noche de San Lorenzo».

F.T.: Bueno, ellos lo vivieron, y ahí también perdieron la casa familiar. Yo era un bebé, no tengo siquiera nostalgia de la casa. Lo que cuento es cómo después de la guerra nos dio albergue un judío al que los nazis habían torturado porque decían que ocultaba un tesoro. ¡Pasé mi infancia buscando ese tesoro! Y creo que era la vida.

P.: ¿Qué es su película «La necropoli vaticana»?

F.T.: Ah, en este oficio hice de todo, incluso una serie sobre el vino, a la que renuncié solo por razones hepáticas. ¡Qué gratos momentos viví haciendo ese trabajo! Pero me pagaban en especias, y al final el vino ya resultaba mejor que la serie. Bueno, le cuento: Nerón, de fiesta, quema varios cristianos y crucifica a un palestino, un tal Pedro, al cual sepultan en un cementerio pagano, vecino al circo. Años después, peregrinaciones cada vez más notables visitan su tumba. Con el sincretismo propio de los romanos, en pleno cementerio pagano surge un altar cristiano. Que se va haciendo cada vez mayor, hasta que alguien viene, tapa todo, y funda una basílica. En suma, hoy la Santa Sede se erige exactamente encima de un cementerio pagano. «La necropoli vaticana» es, justamente, el registro de la exploración arqueológica que descubrió todo ese subsuelo, como otra Pompeya. Y es también uno de mis trabajos más difundidos, con un pico de audiencia europea altísimo desde su primera emisión, precisamente por el CTV, el Centro Televisivo Vaticano.

Entrevista de Paraná Sendrós

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