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22 de marzo 2007 - 00:00

El nazismo, obsesión que no cesa para el arte contemporáneo

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Horacio Roca en «Camino del cielo», estrenada por el Teatro San Martín la semana pasada. Su autor, el español Juan Mayorga, dice que a veces el nazismo inspira obras «por la simple exhibición de la violencia».
Para el teatro y el cine, el Holocausto y el nazismo son una obsesión recurrente. En estos días, coexisten en la cartelera porteña al menos dos obras vinculadas con el nazismo y los campos de exterminio como «Camino del cielo» («Himmelweg»), primer estreno de la temporada del Teatro San Martín, y «Yo soy mi propia mujer», unipersonal donde Julio Chávez recorre las memorias de un travesti alemán que sobrevivió al régimen de Hitler. En mayo, volverá a subir a escena «Hic et Nunc» de Alejandro Ullúa.

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Estas piezas teatrales se suman a los varios films sobre el Holocausto estrenados en el país el año pasado, como las alemanas «La caída», de Oliver Hirschbiegel, «La secretaria de Hitler», de Andre Héller y Othmar Schmiderer; «El noveno día», de Völker Schlondorff, o la húngara «Sin destino», basada en una novela de Imre Kértesz. También se aanuncia el estreno de dos películas que pasaron por el último Festival de Berlín, como «Mein Führer» de Dani Levy (en tono de parodia), y «Los falsificadores», película germano-austríaca de Stefan Ruzowitsky basada en la historia real de Adolf Burger, un militante comunista judío eslovaco que pasó dos años en el «taller del diablo»: la imprenta donde se fabricaban dólares y libras falsas.

«El nazismo atrae a los creadores no siempre por buenas razones. A veces, en obras que representan aquel período descubrimos la obscena exhibición de la violencia o la manipulación sentimental del espectador», dice a este diario el dramaturgo español Juan Mayorga, autor de «Camino del cielo», obra en la que Horacio Roca encarna a un delegado de la Cruz Roja que visita un campo de concentración comandado por un militar nazi (Víctor Laplace) y no cuestiona la actuación de normalidad que deben montar los reclusos para preservar la imagen internacional de sus carceleros.

«A mí las obras que más me interesan son las que pueden ayudarnos a pensar sobre nuestro propio mundo», continúa Mayorga, «En particular, las que se ocupan de aquellos personajes que pertenecen a lo que Primo Levi llamaba 'la zona gris', y que siguen viviendo entre nosotros: personajes no abiertamente malvados, pero que con su cobardía, o su indiferencia, allanan el camino de los criminales. Uno de esos personajes es el delegado de la Cruz Roja de 'Himmelweg': alguien que, como muchos de nuestros contemporáneos, quiere ayudar a las víctimas, pero acaba siendo útil a los verdugos».

«Camino del cielo» plantea un conflicto similar al de «La vida es bella», donde el protagonista crea una ficción para su pequeño hijo, aunque la puesta en escena es bien diferente. Así lo explica Mayorga: «El Comandante de 'Himmelweg' construye una ficción enmascaradora, como el personaje interpretado por Begnini, pero lo hace para que, debajo de la bella máscara, la máquina de la muerte siga funcionando. En todo caso, lo que engaña al delegado de la Cruz Roja no es la calidad de la representación que se le da a ver, sino más bien su propia cobardía».

Mayorga agrega: «No soy judío, pero debo mucho al espíritu judío. Escribí mi tesis doctoral en Filosofía sobre Walter Benjamin, y ningún escritor influyó tanto sobre mi trabajo como Franz Kafka. El deseo de escribir 'Himmelweg' procede de una conferencia en la que escuché que un delegado de la Cruz Roja visitó el campo de Auschwitz y la ciudad-ghetto de Terezin, y acerca de ésta redactó un informe útil a los nazis. Inmediatamente quise llevar a escena a ese hombre al que engañaron, o que se dejó engañar.»

Consultado sobre cuáles son, a su juicio, las obras más importantes en esta materia, responde que «la primera obra teatral importante sobre el exterminio de los judíos es anterior a la llamada ' solución final'. Me refiero a 'La mujer judía', de Bertolt Brecht. Luego 'La indagación' de Peter Weiss, 'Cenizas a las cenizas' de Harold Pinter y 'Plaza de los héroes' de Thomas Bernhard. La cuestión más importante para el teatro del Holocausto es cómo evitar la tentación de ponerse en lugar de la víctima, de erigirse en portavoz de los sin voz. Creo que «Shoah» de Claude Lanzmann es no sólo la gran película sobre el Holocausto sino, en cierto aspecto, la película más importante de la historia. Lanzmann consigue convertir a los espectadores en testigos».

Desde mayo se presentará la segunda temporada de «Hic et Nunc», de Patricia Zangaro con dirección y puesta en escena de Alejandro Ullúa en el Teatro Del Borde, que viene a sumarse a la «Trilogía sobre el nazismo», para la que el director seleccionó «Edgardo practica, Cósima hace magia» de Patricia Suárez, una comedia negra ambientada en la Argentina de los '90, que muestra el hastío de un matrimonio alemán que oculta los cuadros de Hitler en el desván de la casa; «Herr Klement» de Suárez y Leonel Giacometto, que aborda tres días del secuestro de Adolf Eichmann por un grupo de la Mossad israelí, en la Buenos Aires de 1960; «Alle Juden aus Europa» («Todos los judíos fuera de Europa»), de Giacometto, que muestra el vínculo de un profesor de geografía alemán con su escribienteesclavo judío, mientras prepara una propuesta (llevar a los judíos a una isla) para la Conferencia secreta de Wansee, pueblo cerca de Berlin, en 1942, momento donde se decidió la «solución final».

  • Vigencia

    Ullúa también se refirió a cuáles son las razones de la vigencia del tema del nazismo en el teatro y el cine: «La violencia anida en su esencia mas íntima, pero descubrir que una sociedad culta, que no era más antisemita que otras naciones europeas de aquellas décadas del 20' o 30' (Francia, Austria e Inglaterra, a la cabeza, no lo disimulaban)o la norteamericana (que restringió, aún comenzada la guerra, el ingreso de judíos a EE.UU.) fuera capaz de organizar semejante genocidio, reveló sin tapujos que toda la 'cultura' era apenas un barniz. Todo indica que por mucho que avancemos tecnológicamente, es posible que vuelva a surgir un arrebato bélico, quizás de distinto modo, de igual intensidad y crueldad».

    En cuanto a su interés en el tema y las influencias que reconoce, apuntó: «No lo abordé por nada familiar. En 1996 estrené 'Canciones de Cabaret', con canciones líricas (de Kurt Weill, Poulenc, Satie, Schoenberg) y que transcurría en un cabaret adonde una judía asistía para conseguirun pasaporte falso y era arrestada por un miembro de la Gestapo. Por supuesto, estaba influido por 'La caída de los dioses' de Visconti, 'Portero de noche' de Liliana Cavani, el documental de Alain Resnais 'Noche y Niebla', y hasta las norteamericanas 'El juicio de Nuremberg' o 'El viaje de los condenados' de Stuart Rosenberg.»

    «Pero sin dudas», continúa Ullúa, «el pionero que vislumbró las terribles consecuencias que escondía la entronización de Hitler fue Chaplin en 'El gran dictador'.

    En cuanto a la autora de la pieza, dice Ullúa: «Desde la ironía de Brecht con 'La irresistible ascensión de Arturo Ui' o Georg Tabori con la farsa-'Mein Kampf', hasta el edulcorado tratamiento de 'Bent', la rosarina Patricia Suárez es quien mejor abordó el nazismo entre los nuevos dramaturgos argentinos, con una diferencia fundamental: ver en qué medida afectó a la historia del país».

  • Sistemático

    Patricia Suárez dice a este diario que «el nazismo tiene la particularidad de haberse tratado de la aniquilación sistemática de seres humanos. No a mansalva como en las guerras e invasiones, sino a través de un sistema de confinamiento, y donde la víctima es utilizada en servicios para la guerra hasta el final, y luego hasta su propio cuerpo es objeto de utilidad. Soy hija de un matrimonio mixto, y en mi casa imperaba un gran temor al antisemitismo. Se me enseñó a negar mi condición de medio judía, para preservarme».

    Ullúa concluyó: «La facilidad para la ilegalidad en la Argentina habla no sólo del prejuicio antisemita que existe entre nosotros, se quiera admitir o no, sino que propició entre otros actos el atentado a la Embajada de Israel y la destrucción de la AMIA. Simón Wiesenthal habla en un libro sobre la necesidad de la justicia porque, si no, los procesos históricos no sólo generan repetición sino que producen vértigo y deseo de ser repetidos. Vaya como ejemplo aquello que Hitler decía ante la discusión sobre la Solución Final: «¿Quién se acuerda ahora del genocidio armenio?».
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