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17 de julio 2007 - 00:00

El retrato, mucho más que una copia

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Un autorretrato de Henri Matisse forma parte de la exposición «El espejo y la máscara», en el Kimbell Art Museum de Fort Worth, Texas.
En el Kimbell Art Museum de Fort Worth, Texas, se inauguró hace pocos días «El espejo y la máscara. El retrato en el siglo de Picasso», que expone más de ciento cincuenta obras de artistas del siglo XX. Tomado de una fábula de Jorge Luis Borges, el título de la muestra resalta el tema de la identidad y su relación con el retrato moderno. Fue concebida y organizada por los curadores Paloma Alarcó del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, y Malcolm Warner del Museo Kimbell.

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Centrada en la permanencia y el cambio de este género en el período 1890-1990, la muestra toma como hilo conductor los retratos de Picasso. Presenta algunas de las mejores obras pintadas por los mayores creadores modernos como Cézanne y Van Gogh, Picasso y Matisse, Schiele y Kokoschka, Beckman y Dix, Bacon y Freud.

En el contexto de una sociedad industrial y tras la invención de la fotografía, el género tradicional del retrato como encargo con el ritual de las largas sesiones de pose y la captación de los modelos, parecía destinado a extinguirse. Se mantuvo sin embargo vigente en el siglo XX y se transformó radicalmente gracias a las innovaciones propias de las vanguardias. La verdad como copia, el espejo, es desplazada por el hermetismo de la máscara. Los artistas no sólo experimentan con la figuración sino que también algunos lo convierten en el eje de su obra: una de las principales transformaciones es la ruptura con el compromiso entre el modelo y su imagen.

«Las máscaras africanas fueron el origen de muchos de los rasgos formales del primitivismo europeo del siglo XX, pero en un sentido más general, la máscara era una potente metáfora de la identidad como algo mutante, que puede ser creada y recreada en cada ocasión», sostienen los curadores en el prólogo del libro que acompaña la exposición.

El espejo remite a la tendencia de los artistas modernos a imponer sobre los personajes su sensibilidad: el retrato es más un reflejo del creador que la representación de su visión del modelo. El artista Basil Hallward en la novela de Oscar Wilde «El retrato de Dorian Gray» (1890) anticipa: «Todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo».

Los géneros tradicionales conocidos -retrato, paisaje y naturaleza muerta- comenzaron a replantearse en el siglo XIX. Artistas como Gustave Courbet y Édouard Manet, entre otros, combinaron varios géneros en una misma obra. Desde finales del XIX y durante el siglo XX, los artistas modernos continuaron realizando retratos pero sin el encargo previo. Sus modelos eran habitualmente sus amigos o ellos mismos en los autorretratos. No eran clientes que pagaban y si los vendían, no era necesariamente a sus modelos sino a marchands y coleccionistas. En el retrato moderno, además, no predomina la vanidad de la figuración sino la voluntad del artista: los modelos pueden quedar totalmente irreconocibles.

Luego de varias sesiones, Picasso repintó la cabeza de su famosa Gertrude Stein, hasta lograr la apariencia de una máscara basada en las obras del medioevo español y la antigua escultura ibérica. Ante algunas quejas por la ausencia de parecido, respondió: «Todo el mundo piensa que no se parece en nada a su retrato, pero no importa, al final acabará pareciéndose».

Aunque en la pintura tradicional los modelos posaban en el taller del artista, estaban representados ante majestuosas columnas y telones.

Desde Picasso a Giacometti, esas columnas y cortinados fueron reemplazados por lienzos acumulados, bastidores, marcos y elementos del estudio. Se puso en evidencia un cambio en la pintura moderna: es el artista quien elige e impone sus condiciones. No se plantean cuestiones como la apariencia, la ocupación o la posición social, sino representar su subjetividad.

Si bien Henri Matisse no impuso una imagen exótica a sus modelos, compartió con otros la representación de rostros alejados de la tradición occidental. Desde su famosa obra «Mujer con sombrero de 1905» (su mujer Amélie), fue acentuando en sus pinturas la tensión entre intimidad humana e impersonalidad de la máscara. En «Madame Matisse» de 1913 pinta una mujer vestida a la moda, pero que termina en una máscara gris e inexpresiva.

Amedeo Modigialini incorporó la estilización de las máscaras africanas pero sólo como un punto de partida para construir formas abstractas, que luego con pocos cambios particulariza con los rasgos de sus modelos. James Ensor también se interesa por las máscaras así como por las marionetas.

Las máscaras, vinculadas con la comedia del arte o las tradiciones del carnaval, son reiterativas en su trayectoria. Es singular el caso de Andy Warhol que pinta rostros con las imágenes de sus modelos, y con ellos alude al aspecto fugaz de las celebridades -Elizabeth Taylor o Marilyn Monroe-, o a su presencia por razones políticas en los medios de comunicación, como en la conocida fotografía de Mao Tse Tung.

«La ironía del gusto de Warhol por lo superficial puede revelar una comprensión profunda de la sociedad del espectáculo», señaló John Klein en su ensayo «Las máscaras como imagen y estrategia». Es el caso de las series de Picasso sobre las mujeres de su vida: la modelo puede verse como una actriz que representa distintos papeles: diferentes representaciones de la personalidad o estados de ánimo. Algunos se inventan una identidad, como Picasso lo hizo en sus autorretratos, disfrazado de El Greco y de Velázquez.

Con instantáneas de su rostro impasible, Marcel Duchamp se autorretrató a la manera de un cartel «se busca». En su «Autorretrato» de 1937, Joan Miró valiéndose de un espejo convexo pintó una imagen monumental y distorsionada. En los rostros de muchos retratos modernos se materializan los temores borgianos: «... temía que el espejo me mostrara otra cara o una ciega máscara impersonal que ocultaría algo sin duda atroz. Temí asimismo que el silencioso tiempo del espejo se desviara del curso cotidiano de las horas del hombre y hospedara en su vago confín imaginario seres, formas y colores nuevos. Yo temo ahora que el espejo encierre al verdadero rostro de mi alma, lastimada de sombras y de culpas.»

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