23 de septiembre 1999 - 00:00

"EL TREN DE LA VIDA"

N ada tan alejado del temperamento sanguíneo de «La vida es bella» como esta melancólica fábula que sabe al cine de la vieja Europa Oriental, y que firma el rumano Radu Mihaileanu con capitales belgas y franceses. Hubo, sin embargo, una guerra de sospechas y acusaciones que exacerbó la prensa, originada en el hecho de que Mihaileanu, quien en 1996 buscaba algún actor conocido para su «comedia que tiene de trasfondo el Holocausto», le propuso a Roberto Benigni protagonizarla. Benigni rechazó la oferta, y algunos meses después se lanzó a su propia película, con los resultados conocidos. «El tren de la vida» está ambientada en Rumania, en un pacífico «shtetl» (pueblito judío de la Europa Oriental), en el otoño de 1941. Un día, el «loco» del lugar -papel que tenía asignado Benigni-llega del otro lado de los montes para anunciar que los nazis están arrestando a los judíos. Algunos le creen, otros se resisten a hacerlo, pero por las dudas elaboran un plan audaz: comprar un tren entre otros, simularlo de deportación, y marcharse los más lejos posible del dominio alemán. Igualmente, algunos de ellos tienen que disfrazarse, rasurarse y fingirse oficiales nazis a cargo del operativo.
Las alternativas del viaje configuran una película de humor triste, asordinado y pacífico, casi como los rasgos del estupendo actor Rufus, a cargo del protagónico Mordachai, un sabio jasídico que debe camuflarse como jefe SS para poder salvar a su gente, y de paso impedir que algunos de los viajeros más jóvenes, que predican la fe de Marx, terminen convirtiendo a los otros.
Salvo una única escena cuyo inspirador parecería Mel Brooks (un plano general sobre los falsos nazis rezando, con inclinaciones del cuerpo, según la ortodoxia judía), «El tren de la vida», en la siempre arriesgada tarea de encontrar algo de humor en semejante tema, se reconoce menos en el «film rival» que lo eclipsó como en la rica tradición de humor judío sobre la que se apoya. Aunque el libro genere claras situaciones de conflicto, como los dos casos en que detienen al tren, la riqueza es fundamentalmente verbal. Un ejemplo es la sorpresa que se lleva uno de los menos iluminados habitantes del «shtetl» cuando descubre cuánto se parece el alemán al yddish: «el alemán es yddish al que se le ha extirpado hasta el último rasgo de humor» le explica el profesor.
El final de la película, además, es la prueba más rotunda de cuán diferente es un film del otro.
Mihaileanu, hijo de judíos deportados y él mismo un exiliado del viejo comunismo rumano, sabe de qué habla. Su película no emplea ninguna de las armas de las que se valió Benigni para conmover, hacer reír y provocar polémicas al mismo tiempo (por lo cual su público será naturalmente más limitado), pero, en clave menor, logró también un film atractivo y despojado de sentimentalismos.

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