3 de enero 2002 - 00:00

Elenco argentino capta la esencia del flamenco

Graciela Ríos Saiz
Graciela Ríos Saiz
(03/01/02) «Andalucía flamenca». Coreog. y dir. gral.: G. Ríos Saiz. Int.: G. Ríos Saiz, O. Urraspuro, N. Bonansea (baile); H. Romero (guitarra) y M. Santiago (canto) e invitados. (Espacio Artístico Colette, Corrientes 1660, domingos a las 21.)

En un escenario totalmente despojado, con paredes blancas y un telón de fondo también de gasas blancas, se alinean algunas sillas. Eso es todo. Es decir que la magia comienza cuando las luces iluminan el espacio aunque siempre conservando la intimidad del colmao español y la música y la danza capturan la atención del espectador, por algo más de noventa minutos.
 
La bailarina argentina
Graciela Ríos Saiz -como el resto del elenco- es una de las mejores exponentes de la danza flamenca de nuestro medio y así lo demuestra en cada una de sus performances. «Andalucía flamenca» es un espectáculo de cámara, en el cual su talento y su impronta están presentes tanto en la danza que ella cultiva con arte refinado y musical como en la preparación de las coreografías destinadas a Omar Urraspuro, su habitual acompañante, que pasa con igual fortuna del ballet clásico a la danza flamenca, y a Natalia Bonansea, su hija, que luego de recibir instrucción en España ha vuelto para bailar al lado de Ríos Saiz con brillo y sentimientos similares.

Rigor y belleza

Una serie de «palos» del flamenco de los gitanos andaluces se enhebra en el show donde todo tiene el profesionalismo riguroso y la belleza estética que han hecho de Ríos Saiz su definición artística. El dolor y la tragedia del pueblo andaluz, su manera casi salvaje y visceral de manifestar drama y alegría en cuotas parecidas y antagónicas tiene en Ríos Saiz una fiel exponente de la dinámica hecha de rítmicos taconeos y del sonido de las castañuelas.
 
Urraspuro y Bonansea le siguen de cerca con características de baile similar. La voz herida y convenientemente ronca de Manuel Santiago, también hábil en el manejo de las cajas, y la guitarra de Héctor Romero completan la fiesta íntima, perturbadora, de profunda belleza étnica de esta «Andalucía flamenca» de gran fuerza comunicativa.

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