Sobrino posee
un estilo
determinado
por el uso de
rectángulos de
colores
radiantes que
confronta con
el negro, por
la búsqueda
de contrastes
que subraya
con el brillo
acharolado de
sus telas.
Lo primero que llama la atención al ingresar a la galería Braga Menéndez, es el esplendor de un conjunto de pinturas geométricas de Andrés Sobrino sabiamente dispuestas sobre una pared. Los colores y las formas de los 14 cuadros, al igual que las piezas de un rompecabezas, encajan a la perfección y parecen conformar una única obra de grandes dimensiones, que al verla como un todo, genera la situación de distancia que impone el muralismo tradicional. Mirada en perspectiva, en la pared resuenan como un acorde, los orígenes de la abstracción geométrica. Sin embargo, al acercarse, cada pintura cobra vida propia y cada cuadro arrastra su evocación particular.
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Sobrino es dueño de un estilo determinado por el uso frecuente de rectángulos de colores radiantes que suele confrontar con el negro, por la búsqueda de contrastes que subraya con el brillo acharolado de sus telas. Pero en esta muestra utiliza el blanco sobre blanco, para citar a Malevich; se apropia de las geometrías básicas del constructivismo ruso (cuadrado, rectángulo, círculo, cruz), busca el apoyo de nuestros artistas concretos y Madí, sin perder nada de su peculiar identidad. Y las citas más o menos literales o distanciadas, resultan eficaces: las pinturas ostentan la jerarquía que poseen las grandes obras de arte, el aura que las torna inalcanzables y lejanas, condición que se reitera en los dos cuadrados minimalistas que descansan sobre el piso y en las maderas con forma de cruz que atraviesan la sala.
En una muestra que tiene características de antológica, ya que recorre gran parte de la producción del artista, como sus limpias diagonales apoyadas en la pared de la sala, o unos textos seleccionados por sus tipografías, se destacan cuatro fotografías que representan la luz. Ante unos cuadrados que muestran una atmósfera azulada con vibraciones color rosa, Sobrino explica: «estas fotos son tomas directas, aproximaciones de la lente hasta salir de foco tomando la luz que reflejan ciertos objetos». Luego, frente a un cuadrado de madera que en sucesivos recortes va adquiriendo la forma de un círculo, el artista agrega: «Girando 180 veces un cuadrado se obtiene la forma de un círculo».
En suma, el mayor interés de la muestra radica en que Sobrino supo encontrar su propia fórmula para recuperar la esencia de un arte «puro», para volver a hablar de lo absoluto y la perfección. El resultado es un paseo por ese universo cargado de las sensaciones plenas que brinda la abstracción.
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En la sala del primer piso se exhibe una muestra de Max Gómez Canle, artista de frondosa imaginación que también remonta la historia del arte para reinventarla. Ante sus cuadros, son válidos los interrogantes. ¿Cómo reunir en una misma obra, una ventana que tiene la forma de un cuadro con el marco recortado de Rod Rothfuss y un paisaje que parece extraído de una pintura flamenca? ¿Cómo agregarle a esa obra una escalinata surrealista que desde el bosque asciende directo hasta el cielo? Y, finalmente, ¿cómo lograr que estos elementos disímiles conjuguen armónicamente? Para ensayar una respuesta se puede decir que el talentoso joven Gómez Canle, pintor preciosista con la habilidad de un mago, logra que congenien sus evocaciones de la pintura clásica y romántica con la moderna, y además, que el resultado de ese mix se vea como eminentemente actual.
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Más allá, en la trastienda poblada de obras en aparente caos, trabaja la galerista Florencia Braga Menéndez que, como un director de orquesta, es curadora de las muestras que exhibe, escribe textos críticos, asesora coleccionistas, vende las obras, estimula la creatividad de sus artistas de modo sistemático a través del análisis, y diseña estrategias comerciales con nivel transnacional, como la exposición del pintor Hernán Salamanco que el 12 de agosto presentará en la galería paulista Baro Cruz. Por la galería fluye la energía que perciben los extranjeros que llegan a Buenos Aires.
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Recién llegada de Mallorca, Claudia Mazzucchelli despliega una serie de telas que expondrá el año próximo, y poco a poco aparecen sus misteriosos personajes femeninos. Las pinturas de la joven artista tienen rasgos de familia que la unen a Norah Borges. Si bien las mujeres de Mazzucchelli son más sólidas, menos ingrávidas que las de Borges, ambas artistas comparten una misma tendencia a la síntesis idealizada, y ambas se alejan de la realidad empujadas por el mismo aire metafísico.
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Leonel Luna, otro artista de la galería, trabaja en sus flamantes fotografías abstractas.
Cuenta que a través de un proceso digital, compone seductoras formas abstractas a partir de las imágenes de sus paisajes urbanos. La búsqueda de la síntesis a través de los planos de color, es similar a la que emprendió Pettoruti en la Galería de los Uffizi, cuando al copiar un cuadro del Beato Angélico, en vez de los «detalles» seleccionó «dos partes de azul celeste brillante (el del cielo), dos de negro (disperso), cuatro de blanco (distribuidos en diversos puntos), ocho de grises azulados (los ropajes), tres de verde, dos de oro, una de rojo y una de rosado». De este modo, pintó los colores de la obra, que fraccionados y dispuestos según su gusto, configuraban un cuadro abstracto. «Lo cómico del asunto era el revuelo que esto causaba entre los copistas y el público de 1914», señalaba Pettoruti en «Un pintor frente al espejo». Así, mientras se esfuma el entusiasmo por las « novedades» y reaparece el pasado, se amplían al infinito las distintas formas de conexión con el arte de todos los tiempos.
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